El Museo del Prado de Madrid dedica una exposición a las pinturas religiosas de Antonio María Esquivel durante los días 10 de julio de 2018 al 20 de enero de 2019.

Bajo el título «Antonio María Esquivel. PInturas religiosas«, la muestra presenta tres notables obras religiosas del pintor: La caída de Luzbel, El Salvador y La Virgen María, el niño Jesús y el Espíritu Santo con ángeles en el fondo. Entre ellas solo la primera se había expuesto, durante muy poco tiempo, en el Casón del Buen Retiro.

El conjunto permite comprender los principios del estilo de Antonio María Esquivel, fundado en buena medida en la pintura barroca andaluza, de la que se consideraba su principal valedor, en oposición a otras tendencias que favorecían el dibujo frente al colorido. Realizadas en su madurez, muestran una formación académica atenta al estudio de la escultura antigua y la precisión anatómica.

Antonio María Esquivel estuvo muy vinculado a los escritores de su entorno. De muchos de ellos realizó retratos, como el que se expone de José de Espronceda, el más sobresaliente poeta de su tiempo, interesado en el tema luciferino y que intervino leyendo un poema en la sesión que en 1840 celebró el Liceo a beneficio de Esquivel. Esta efigie, que el artista incluyó en Los poetas contemporáneos (obra en la sala 63B), se presenta por vez primera.

Indicativo de su cultura es también su Tratado de Anatomía Pictórica presente en la muestra del Museo del Prado. Concebido como un manual de apoyo a la labor docente que desempeñó en la Academia de San Fernando, donde ocupó la Cátedra de Anatomía Artística, incluye dieciocho láminas litográficas realizadas por él mismo y por su hijo Carlos María. Esta publicación fue una referencia para los artistas, como muestra el ejemplar manuscrito que conserva la Biblioteca del Museo del Prado. En él se copiaron el texto del tratado original y sus diferentes láminas, a lápiz junto al texto o bien, en el caso de los dibujos de mayor calidad (debidos a otra mano), en encartes de hojas sueltas.

Cincuentopía

«Dejadme aprovechar -escribió- el afecto que todavía hay en mí, para contar los aspectos de una vida atribulada y sin reposo, en la que la infelicidad acaso no se debió a los acontecimientos por todos conocidos sino a los secretos pesares que sólo Dios conoce».