Aludir a Campos de Castilla de Antonio Machado es referirnos a uno de los grandes hitos de la poesía en lengua castellana no ya del siglo XX sino, a mi juicio, de toda la historia. Comprobemos lo que da de sí esta afirmación.

¿Es posible añadir nada nuevo de particular relevancia sobre Antonio Machado (1875-1939)? Quizá lo más apropiado sea reiterar aspectos que en tantas ocasiones han sido destacados por notables especialistas en su obra: su formidable capacidad lírica, su extremada integridad intelectual, su completo dominio de los recursos poéticos hasta el punto de aparentar facilidad en la dificultad del quehacer literario o su innegable capacidad para combinar toda clase de elementos en la versificación.

Campos de Castilla de Antonio Machado se enmarca en el gradual abandono del espíritu modernista que hasta ese momento impregnaba la obra del poeta y su decantación por una temática de índole más noventayochista, sobre todo en lo que se refiere a la reflexión en torno a Castilla, su paisaje y su papel en el devenir de España.

En gran medida, la estancia de Antonio Machado en Soria a partir de 1907 marca un antes y un después en su concepción lírica. El contacto diario con la tierra soriana y su preocupación por el destino de su país se combinan hasta conformar una línea de pensamiento filosófico caracterizado por el hondo valor del componente intuitivo, en la línea de Ralph Waldo Emerson o de Henri Bergson.

La primera edición de Campos de Castilla de Antonio Machado se publicó en 1912 aunque no fue hasta cinco años después, justo hace ahora un siglo, cuando nos encontramos con la versión definitiva tal y como hoy la conocemos. En ese lapso de tiempo, se ha producido el fallecimiento de su joven esposa Leonor, con el consiguiente cambio vital en Antonio Machado que se percibe en los nuevos poemas incorporados.

Desde la primera de las composiciones del libro (la celebérrima “Retrato”) hasta la última (la jovial “Mi bufón”) nos encontramos ante una sinfonía lírica de inusitada belleza, notable profundidad de pensamiento e innegable capacidad para conmover al lector. Cómo permanecer impasibles ante la belleza de la descripción del paisaje castellano, ante los terribles sucesos narrados en “La historia de Alvargonzález” o ante el amor acechado por la muerte y posteriormente cercenado por la parca…

¡Qué delicia es sumergirse en las ensoñaciones poéticas de Antonio Machado, qué maravilla encontrarnos de vez en cuando con vocablos que ya son raramente empleados (ganapanes, alcor, hetiquez, borbollonear, pegujales, bardas, alfanje…), qué raro privilegio compartir la congoja del artista ante la deriva que toma su trayectoria vital!

Campos de Castilla de Antonio Machado jamás se agota, nunca finaliza; por muchas veces que se lea siempre hay una idea, una rima, una palabra, una expresión… que llama nuestra atención, que ilumina nuestra mente, que despierta el gozo de nuestros sentidos.

En Campos de Castilla Antonio Machado culmina su completo dominio sobre el arte menor, al que eleva a las más altas cotas de excelencia poética, y extiende hasta los límites más memorables su sapiencia a la hora de incorporar el encabalgamiento como recurso que va más allá de lo estilístico y enraíza con lo plenamente conceptual.

Leer Campos de Castilla de Antonio Machado es una forma de reconciliarnos con nosotros mismos, con quienes nos rodean, con el mundo que tenemos a nuestro alrededor. Y, con toda sinceridad, creo que conocer la obra lírica completa de Antonio Machado es hoy más que nunca una obligación moral para quien desee comprender mejor al ser humano y sus andanzas por este planeta llamado Tierra. ¡Qué mejor que comenzar a hacerlo con este libro tan espléndido!

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Antonio Machado. Campos de Castilla. Cátedra.

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David Parra

Especialista en nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones aplicadas al ámbito del periodismo. Ha publicado alrededor de diez libros y más de treinta artículos en revistas científicas. Le gusta leer.