Hace algún tiempo que no hablamos de creadores cincuentópicos. Hoy nos centramos en la figura de Daniel Defoe y vemos hasta qué punto es merecedor de dicho calificativo.

El británico Daniel Defoe (1660-1731), cuyo nombre real era Daniel Foe, aunó las facetas de escritor, periodista y panfletista. En sus primeros años desarrolló su actividad en los oficios más dispares (su padre era cerero), casi siempre en el ámbito de los negocios y no de manera particularmente rentable (de hecho, llegó a ser encarcelado por sus deudas, una condena que se unió a otra recibida por sus actividades políticas a comienzos del siglo XVIII).

Al margen de su participación en la elaboración de numerosos panfletos y escritos en algunos periódicos de la época, no es hasta 1715 cuando comienza su actividad como escritor, siendo ya por tanto un cincuentópico de pro. Inicia esta etapa con la novela The Family Instructor y la culmina en 1719, con su obra más conocida: Las aventuras de Robinson Crusoe, donde narra las aventuras y desventuras de un hombre que naufraga en una isla desierta.

A lo largo de los siguientes años Daniel Defoe continúa produciendo novelas de notable interés, muchas de las cuales han pasado a la historia de la literatura universal: Las aventuras del capitán Singleton, Moll Flanders, Un viaje por toda la isla de Gran Bretaña, Diario del año de la peste, La historia política del diablo

Daniel Defoe falleció en 1731, muy probablemente mientras vivía en la clandestinidad huyendo de sus acreedores (¡cómo no!).

Hoy en día Daniel Defoe no sólo está considerado como uno de los principales padres de la novela británica sino que también se le considera pionero de la prensa económica. Una gran demostración de lo que dan de sí los creadores cincuentópicos.

Otros creadores cincuentópicos a los que hasta este momento hemos prestado nuestra atención son:
Ludwig Van Beethoven
Immanuel Kant
Giuseppe Tomasi di Lampedusa

Cincuentopía

“Dejadme aprovechar -escribió- el afecto que todavía hay en mí, para contar los aspectos de una vida atribulada y sin reposo, en la que la infelicidad acaso no se debió a los acontecimientos por todos conocidos sino a los secretos pesares que sólo Dios conoce”.