A partir de un hecho anecdótico como tener el mismo nombre y apellidos que un anarquista ejecutado en 1924, Pablo Martín Sánchez ha dado forma a El anarquista que se llamaba como yo, su primera novela. El texto ha sido publicado por Acantilado.

El escritor plantea una obra sumamente ambiciosa, que va más allá de la mera narración de las andanzas del anarquista Pablo Martín Sánchez: intenta dar a conocer y hacer comprender algunas de las bases del movimiento anarquista español así como explicar la evolución social, política y económica de España durante las últimas décadas del siglo XIX y comienzos del siglo XX.

Mientras tanto la novela también nos cuenta la peripecia documental del autor en busca de apuntes biográficos adicionales del anarquista. Y, por si todo ello fuera poco, se atreve a gestionar en forma paralela lapsos históricos bien diferenciados en el tiempo y que discurren en distintos escenarios de España, Francia y Argentina.

Es cierto que esta manifiesta y admirable codicia literaria puede ir en ocasiones en detrimento de la obra, sobre todo en la construcción de algunos personajes, un tanto arquetípicos, así como en el desarrollo de determinados diálogos que dan la sensación de ser en exceso estereotipados. Quizá ahí se advierte que nos encontramos ante una novela del primerizo que es Pablo Martín Sánchez (con anterioridad publicó un libro de cuentos titulado Fricciones, publicado por e.d.a., que recibió unas cuantas críticas elogiosas).

Pese a todo el autor jamás ceja en su pulso narrativo sustentado en dos ejes directrices: por una parte, un torrente de hechos históricamente verificados (buena parte estremecedores, por cierto); y, por otro lado, la constante aparición de personajes, muchos de ellos bien conocidos por el lector medio (desde escritores como Pío Baroja, Vicente Blasco Ibáñez o Miguel de Unamuno hasta artistas como Raquel Meller, más allá de las inevitables figuras políticas de aquellos años).

La obra contiene algunas frases realmente lapidarias, que sin duda contribuyen a la reflexión del lector (aunque quizá también aporten un innecesario engolamiento al tono general del libro). En ocasiones son plenamente aplicables a situaciones actuales, como cuando un anciano maestro ciego de la localidad francesa de Meaux afirma: “El vino me huele a sangre, el pan me huele a muerto y el canto de los gallos se me antoja el grito de las muchachas violadas”.

Otras veces quizá nos muevan a la amarga sonrisa por lo que de contradictorio tienen; tal sería el caso del aserto a modo de bienvenida expuesto por el director de la Prisión Provincial de Pamplona, quien dice a los reclusos sintetizando las normas de funcionamiento del recinto penitenciario: “La disciplina de un cuartel, la seriedad de un banco y la austeridad de un convento”.

El espíritu del libro queda recogido en una de las reflexiones del Maestro, uno de los anarquistas que protagoniza el amago de levantamiento contra el gobierno del general Miguel Primo de Rivera: “Cuánta razón tenía Hegel cuando dijo que la Historia consigue a menudo calcarse a sí misma y que los grandes hechos suceden siempre dos veces. (…). Además, lo que Hegel no dijo y Marx añadió es que los grandes hechos suceden dos veces, pero la primera como tragedia y la segunda como farsa”.

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Pablo Martín Sánchez. El anarquista que se llamaba como yo. Acantilado. Madrid, 2013

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