Ahora vivimos tiempos de políticos mediocres, los líderes parecen caricaturas de sí mismos, basta con mirar a Donald Trump o Kim Jong-un. Pues precisamente Vladimir Putin, uno que no tiene nada que envidiar a los anteriores ha prohibido en su país La Muerte de Stalin.

La Muerte de Stalin acaba de llegar a las salas de cine, película del escocés Armando Iannucci (Veep), adaptando un cómic de Thierry Robin y Fabien Nury. No resulta sencillo provocar risas partiendo de un personaje tan siniestro. Ya se han hecho parodias de su archienemigo Adolf Hitler como la magnífica “El gran dictador”, que el genial Charles Chaplin creó en vida del Führer (1940). Iannucci lo hace con Stalin cuando este lleva 65 años muerto y consigue su propósito gracias a las reacciones disparatadas en el politburó soviético, tras la repentina muerte de Stalin en su dacha (casa de campo) de Kuntsevo el 5 de marzo de 1953.

La Muerte de Stalin: Un poco de historia

Oficialmente, Iósif Stalin (Adrian McLoughlin) falleció aquel 5 de marzo de un derrame cerebral. Pero Nikita Khruschev (Steve Biscemi) contó en sus memorias que fue envenenado. El principal sospechoso sería Lavrenti Beria (Simon Russel Beale), el oscuro personaje director de la Policía Política (NKVD) y responsable de los arrestos y ejecuciones realizadas duran la conocida como Gran Purga.

Stalin era un paranoico y durante el último año de su vida había logrado aterrorizar hasta a sus más cercanos colaboradores. Por culpa de sus paranoias desaparecerían su secretario personal o su guardaespaldas. En una ocasión ordenó la detención y tortura de nueve médicos acusados de intentar envenenar a los altos mandos del ejército, sin tener ninguna prueba de ello. Esas circunstancias no ayudaran a comprender lo sucedido el 28 de febrero de 1953 cuando Stalin estaba celebrando una cena con diversos mandatarios entre los que estaban Khruschev y Beria. En esa cena se discutió sobre la liberación de los médicos pero Stalin se negó rotundamente. Tras la tensa reunión el dictador se fue a dormir. Desde ese momento todo está envuelto en misterio.

Stalin no salió de su habitación en todo el día siguiente. Y hasta la noche del 1 de marzo nadie tuvo el valor de molestarle, hasta que su mayordomo, con gran valor por su parte, entro en su cuarto, encontrándose al dictador tirado en el suelo. Inmediatamente se avisó a los miembros del gobierno, que poco a poco fueron apareciendo. Nadie se atrevió a llamar a un médico. Todos tenían miedo a la posible reacción de Stalin. Pasan 24 horas más cuando Beria ordena que traigan a varios doctores a la dacha del líder. Estos determinaron que  había sufrido un accidente cerebrovascular.

Durante los siguientes días fue tratado con sanguijuelas en el cuello y un sinfín de inyecciones y fue visitado por diversos líderes del Partido Comunista y militares. Nadie sabía qué hacer. ¿Le ayudaban o le dejaban morir? Ante esta cuestión sus ministros se reunieron varias veces sin llegar a ningún acuerdo.

A las diez y diez de la noche del 5 de marzo de 1953, finalmente el líder de la Unión Soviética fallecía. Ahora llegaba el momento de la lucha por el poder.

El 9 de marzo se celebró el multitudinario funeral de “El Padrecito” Stalin, en el que fallecieron cientos de personas por asfixia o aplastamiento. Hasta 1961 su cuerpo embalsamado estuvo acompañando al de Lenin en el mausoleo de la Plaza Roja cuando fue trasladado a una tumba junto al mismo mausoleo.

Creador de sátiras políticas

La Muerte de Stalin es una comedia muy ácida, con muy mala leche, en la que los actores convierten magistralmente a sus personajes en auténticos esperpentos caricaturescos. En unos seres aborrecibles. Un auténtico vodevil político. No es una película perfecta pero es una excelente parodia de los entresijos del poder donde cada uno intenta salvarse pisoteando al contrario. Armando Iannucci sabe mucho de sátira política. Es el creador de la serie “The Thick Of It”, sobre el Gobierno británico y de “Veep”, donde se ríe de la política estadounidense.

Juanjo Ortiz. Historiador. Apasionado por la historia militar y especialmente por la II Guerra Mundial.