Hace ya casi dos décadas que Frederick Forsyth escribió El fantasma de Manhattan, un libro un tanto atípico en su trayectoria literaria pero no por ello en absoluto desdeñable, pese a las malas críticas recibidas en su momento.

Frederick Forsyth  (1938) forma parte de algunas de las primeras lecturas abordadas por la actual generación de cincuentópicos. Obras como Chacal, Odessa o Los perros de la guerra marcaron en los años setenta el gusto por la novela de acción en particular y por la buena técnica narrativa en general; y textos como El cuarto protocolo o El negociador no hicieron sino incidir en esa faceta.

El fantasma de Manhattan recrea y continúa el mito de El fantasma de la ópera, la novela gótica que Gaston Lereux publicó a comienzos del siglo XX a partir de un cuento popular y que alcanzó una considerable relevancia gracias a las numerosísimas adaptaciones cinematográficas de que fue objeto a lo largo de las décadas (desde la de Ernst Matray en 1916 hasta la de Joel Schumacher casi noventa años después, pasando por las más conocidas de 1925 protagonizada por Lon Chaney y de 1943 con Claude Rains, además de la no menos popular de Brian de Palma en forma de ópera rock en 1974…).

Frederick Forsyth sitúa la acción de El fantasma de Manhattan en la ciudad de Nueva York a comienzos del siglo XX, aproximadamente doce años después de la novela original de Lereux. A lo largo de las páginas del texto no sólo nos introduce en los rincones de la ciudad estadounidense sino que nos presenta algunos personajes particularmente relevantes y variopintos: el presidente Theodor Roosevelt y su sobrino y también posterior mandatario Franklin D., Buffalo Bill, boxeadores como Sharkey o Tommy Burns, magnates como los Vandervilt, los Astor o los Morgan, el gran compositor Irving Berlin…

El fantasma de Manhattan es una novela corta (o acaso un relato extenso) entretenida de leer. Es cierto que, como indicaba al comienzo de esta reseña, fue recibido con pésimas críticas que reprochaban al autor tanto su pérdida de vigor respecto a obras anteriores como su oportunismo al situarse a la estela del musical de Andrew Lloyd Webber que por entonces asombraba a propios y extraños.

Contemplada con cierta perspectiva, la cosa no es para tanto. Creo que incluso el mayor de los detractores de Frederick Forsyth estaría dispuesto a reconocerle su pericia en cuanto a técnica narrativa se refiere y El fantasma de Manhattan no constituye ninguna excepción a dicho principio. Es verdad que a lo largo del texto se abusa de las situaciones manidas y que determinados diálogos pueden resultar en exceso forzados pero no es menos cierto que conforme se avanza en sus páginas una cierta congoja se apodera del lector.

El libro concluye con un capítulo 16, “La lección del profesor Charles Bloom” que a mí, como profesor de periodismo, me parece particularmente interesante. Ahí es nada lo que este personaje exige a los futuros profesionales de la información: comprender, nunca dejar de aprender, desarrollar el olfato para captar al vuelo las historias de interés y tener claro que resulta inherente a este trabajo desconfiar hasta que lo que se nos dice se demuestra cierto.

En suma, El fantasma de Manhattan es una lectura recomendable. No sólo servirá para pasar el rato sino que un análisis más en profundidad nos puede permitir reflexionar sobre valores como lo subjetivo y doloroso de la belleza, la suicida permanencia del amor o la casi imperceptible linde que existe entre dicho sentimiento y el odio.

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Frederick Forsyth. El fantasma de Manhattan. DeBolsillo.

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David Parra

Especialista en nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones aplicadas al ámbito del periodismo. Ha publicado alrededor de diez libros y más de treinta artículos en revistas científicas. Le gusta leer.