Bien podría ser ésta una de esas reliquias que transitan por la línea del tiempo, engarzando generaciones y engrosando un pomposo currículo de gestas y calamidades que terminan por convertirse en la gran epopeya familiar. Pero no, por fortuna, ninguno de mis predecesores se vio en la tesitura de llevarlo escondido en el culo para preservarlo de las atrocidades de la guerra, o como medio de transporte para sortear infranqueables fronteras. No tiene condecoraciones de esa índole. Ni de linaje tampoco, porque siendo yo niño, recuerdo con detalle como mi padre lo degradó con un golpe bajo, directo al pedigrí. Lo confió a un lutier y éste le confirmó que no era un Stradivarius, vitola que lucía cuando cayó en sus manos, sino un simple “Expósito”. Si bien es justo decir que le otorgó el honor de ser una estupenda réplica, que también tienen su valor. No obstante, a pesar de la carencia de épica o medallas en su existencia, resulta pieza indispensable de la trama. Y es que cualquier sicoanalista certificaría que la génesis de mi melomanía brota de la fascinación que me producía este instrumento en la infancia.

 

Los hechos:

Llevaba tiempo rondándome la idea de formar parte de mi orquesta sinfónica favorita, sueño inane, pues siempre me topaba con los mismos hándicaps que me cerraban sus puertas: mi parco dominio de la lengua de Shakespeare, no haber salido nunca de Ciudad Real y sobre todo, no saber tocar el violín, constituían la santísima trinidad de mi abnegación. Muchas eran las veces que me animaba especulando con los millones de hispanohablantes que hay en Estados Unidos y que una porción de ellos, por exigua que fuese, viviría en Cleveland. Pensando que si en su día fui hasta Villamanrique, podría dar un paso más y plantarme en Jaén la próxima vez, y otro y otro hasta verme en Ohio. Pero el inconveniente más escabroso, el violín, se convertía siempre en la cortapisa que cercenaba las alas de mis ensoñaciones. Las veces que habré intentado aprender y los fracasos en mi empeño se cuentan en mismo número. Método Suzuki, Maia Bang… nada. Nunca hubo manera. Pero dejemos las lamentaciones y vayamos al grano. Octubre del dos mil once; hoy se cumple un año. El dios internet me da una noticia que tambalea los cimientos de mis constantes vitales: La orquesta de Cleveland está en España y finaliza la gira en el Palau de la música de Valencia el domingo veintitrés. La misma deidad me facilita la tarea de conseguir una entrada. De primeras no logro comprender como a diez días del evento pueden quedar asientos libres. Después reparo en el país que me ha tocado habitar; esto no es fútbol. Tal vez alguno al leer la noticia  pensó en los Cavaliers, de moda por perder a su solista, pero no en pagar el precio de una entrada para este evento único.

La orquesta de Cleveland (primera parte)De repente, ya no había que cruzar el Atlántico para presentarme ante la sinfónica, atravesar Albacete bastaba. Autovía cuarenta y tres y nacional tres, casi una recta. Y la traba del idioma se reducía a un posible contacto directo con algún miembro de la orquesta. Las buenas vibraciones fluían, desde luego. La imposibilidad de ser integrante de la sinfónica de mis amores estaba más que asumida, pero ¿una colaboración? Eso mitigaría mi quimera, sin duda.
Pergeñar un plan ágil y sin fisuras me ocupó por completo aquella semana de locos. Lo más fácil fue elegir el momento de la irrupción. No es la sinfonía número cuatro una de mis predilecciones, siendo sincero, pero el mero hecho de imaginarme infiltrado en ese ejército de violines interpretando a Piotr Illich Tchaikovsky, subía mis pulsaciones de allegro a presto en décimas de segundo. La manera de entrar en el recinto tampoco me quitó tiempo ni sueño, pues ya tenía mi entrada comprada e impresa. Ni la indumentaria fue óbice alguno. Adentrarme en esa plétora de músicos y pasar desapercibido fue lo que me robó el día y la noche durante cuatro jornadas. Tras desechar múltiples ideas, a cual más peregrina, me quedé con las dos, a mi juicio, menos descabelladas. Y ante la indecisión de por cual optar, decidí planear las dos a la perfección y que fuesen mi instinto y el devenir de los acontecimientos los que en último momento, decidiesen. Plan A: secuestrar a un violinista y usurpar su identidad y asiento en el escenario. Plan B: Abandonar mi butaca en la platea y auparme al escenario provisto de mi casi Stradivarius y actuar como espontáneo, confiando en que no pararían la sinfonía, maniatados a su impecable profesionalidad. Todo esto con el sigilo de un reptil, claro, no como el maletilla que salta al coso taurino, aunque el concepto sea el mismo.

Segunda parte del relato La orquesta de Cleveland

 

Daniel Quesada

Maestro de música en la escuela pública. Fuera de la grey, pseudo astrónomo, poetastro, triatleta adicto a las lesiones y “menor de edad”.