Segunda parte del relato La orquesta de Cleveland

En cuanto al rapto, el bosquejo quedaba así: los dieciséis primeros violines quedaban descartados porque suponía añadir un innecesario grado de dificultad al asunto y la primera premisa era pasar lo más desapercibido posible. De los dieciséis segundos violines, eliminaba a las ocho mujeres, a los dos calvos, al asiático y al par de aspecto sexagenario. De los tres nominados, uno era el principal de los segundos violines y otro el assistant principal. El tercero en discordia parecía ser soldado raso. Así que respetando la jerarquía, centré mi objetivo en el señor Warner. Y en cuanto al plan B, no veía el modo, por discretos que fuesen mis movimientos, de auparme al escenario sin pasar desapercibido, pero alguna forma de llegar a bambalinas tenía que haber. Ambos planes me generaban dudas, muchas, de hecho cuando imaginaba cualquier situación con cualquiera de los dos, siempre me despedía del Palau de la música esposado. Pero eran los únicos factibles.

Los escasos momentos en los que no dedicaba mi cuerpo y mi alma a pulir dichos proyectos, los empleaba en sentarme, violín en ristre y practicar una y otra vez la número cuatro. Incluso una noche me obligué a soñar que al director le gustaba tanto mi interpretación que me ofrecía un puesto, pero una vez rendido en brazos de Morfeo, mis sueños tomaban sus inescrutables senderos, desacatando mis órdenes y crispando mi sistema nervioso.

Y cuando quise darme cuenta, estaba montado en el Alsa, rumbo a la gran aventura de mi vida.

Apelando a la lógica, acerté con el alojamiento y la oportunidad de convivir en el mismo edificio con ellos desterró al plan B. El sábado lo dediqué a marcar en corto a mi objetivo, sin dejar de lado al grueso de la orquesta; desayuno, comida, cena, paseos por la ciudad y por un precio muy asequible, algo crucial: acceso al ensayo general, lo que me permitió recrear en tiempo real mi momento de gloria. Además, localicé mi asiento y comprobé para colmo de mi gozo que estaba al pie de los peldaños que enlazaban la platea con el proscenio, por lo que el plan B se mantenía latente, a expensas de lo que pudiese ocurrir. Algo curioso, que no me sorprendió, fue ver como el guardia de seguridad permitía el paso a todo aquel que llevase en sus poder un maletín con forma de instrumento musical, sin molestarse en comprobar ninguna credencial. Mejor para mí, desde luego.

El señor Warner también parecía dispuesto a dar facilidades y en todas las comidas tenía por costumbre ir al excusado después del postre, evitando siempre ir en compañía, por lo que apuraba bastante la sobremesa.

Cumplidas mis labores de espionaje, ya sólo me quedaba velar armas, repasando la partitura y las confabulaciones. Y descansar, que falta me hacía.

Me levanté pronto en previsión a que se pudiese adelantar mi violinista, pero no, apareció más bien de los últimos para desayunar. Así que tuve que alargar el tercer café una eternidad, esperando el momento preciso para atacar a la presa, como si de un leopardo en la sabana se tratara. Y el momento llegó. Cronometré diez segundos y me encaminé hacia el baño. Cuando entré no me topé con él, ya se había encerrado en la última letrina. Perfecto, ya sólo había que esperar paciente el movimiento del picaporte y en ese instante empujar la puerta, abalanzarme sobre él y reducirle.

La orquesta de Cleveland (segunda parte)La verdad es que lo esperaba más enclenque, pero aún así, no me parecía dificultosa la operación. Me lavé las manos y me refresqué el rostro, por hacer tiempo más que por otra cosa y cuando cesó el zumbido del secador, me pareció oír unos gemidos con sordina… de mujer. Con la estupefacción por delante, arrimé la oreja a la puerta para cerciorarme de que los suspiros salían de allí y de inmediato pegué mi cara al suelo para ver que ocurría al otro lado. Mis ojos se encontraron con unos relucientes zapatos de tacón y la tirantez de unas bragas de encaje a la altura de unos tobillos que no eran del señor Warner, pues los suyos estaban entre medias. ¡El tipo se estaba amancebando con alguien ahí dentro! Eso sí que quedaba fuera de mis esquemas. Y para colmo, un incipiente hormigueo en el pantalón me alertó de una imprevista tensión de mi propia carne. La concatenación de despropósitos me obligó a abortar la misión y abandonar el lavabo despavorido. Desconcertado, pensé en una huida furtiva a mi habitación para repasar el plan B, que pasaba a ser, de repente, el único factible, pero la curiosidad me pudo y me senté junto a los restos de mi reciente desayuno y esperé para adivinar quien había saboteado mi plan. ¡La arpista! Y parecía tonto, el amigo.

Una vez duchado y más calmado, traté de buscarle algo positivo al contratiempo: ahora la entrada al Palau era más fácil aún y mi asiento estaba en un punto estratégico para la invasión. Había que seguir adelante. Además, me acababa de sacudir de encima los cargos de agresión y secuestro, algo en lo que no había reparado hasta ese mismo momento.

Mientras luchaba cuerpo a cuerpo con el histerismo, tomé asiento a diez minutos de que diese comienzo el programa, dejé abierto el estuche bajo mis pies y me dispuse a disfrutar del Euryanthe, mientras esperaba mi momento. Y llegó. Mientras se desvanecían en la atmósfera los aplausos dedicados a la obra de Weber, Saqué con mimo, entre las pantorrillas, mi casi Stradivarius, abandoné mi asiento y como una lagartija me encaramé al escenario por las estudiadas escaleritas y antes de que pudiera agazaparme detrás de los segundos violines y ante la inquisidora mirada de toda la orquesta, me percaté de que traicionado por los nervios, me había dejado el arco debajo de la butaca. ¿Mi reacción? Ejecuté el pizzicato más breve de la Historia de la música, seguido de una fuga sin tocata que de manera inexplicable me llevó a la calle sin ser visto.

Tras un largo paseo con el violín bajo el brazo, di con mi aturdido ánimo en la playa de la Malvarrosa y sentado en su arena, con la risa floja y la lágrima fácil, desligado ya de toda la tensión vivida a lo largo de la mañana, me auto complací pensando que mi reliquia tenía ahora una historia con la que encandilar a las generaciones venideras, que aunque por escasos segundos, había compartido escenario con mi venerada orquesta de Cleveland y que por la noche dormiría en la cama del hotel y no en un calabozo.  -¡La arpista, qué cabronazo!-

 

Fin del relato La orquesta de Cleveland

Primera parte del relato La orquesta de Cleveland

 

Daniel Quesada

Maestro de música en la escuela pública. Fuera de la grey, pseudo astrónomo, poetastro, triatleta adicto a las lesiones y “menor de edad”.