Relato literario “En la otra orilla” (segunda parte)

 

Dos lágrimas redondas como dos puños que quisieran arrasar su rostro fatigado terminaron por precipitarse en los laderos de su barbilla hacia la tierra, regando de desconsuelo una mínima porción de ésta. Se había inclinado hacia delante dejando caer su cabeza sobre las manos apoyadas en sus muslos en confluencia con los codos, volcando de esa forma su desazón y su hartazgo que ahora emergía con aquel llanto dulce pero intenso.

En aquel momento, en aquella noche, se sentía la mujer más desafortunada del mundo, como si de repente hubiera alcanzado la conciencia de que no era nadie, y de que nadie no ocupa lugar alguno en las vidas ajenas, ni siquiera en los pensamientos ajenos. Al fin y al cabo sus padres, ya jubilados, se habían marchado para la costa levantina a vivir entre olas y paseos sus últimos años, y apenas mantenía contacto con ellos, sabedores todos de la suficiente capacidad de los demás para afrontar sus respectivas existencias. Con su hermano mayor hacía tiempo que no contaba, ni para la convivencia, ni para la confidencia, y mucho más desde que éste emigrara recientemente a un país nórdico para obtener la estabilidad laboral, y también emocional, que le era imprescindible. Sus amigos la querían, pero ella percibía que era un cariño casi obligado, acotado para días, horas, quizás momentos en que era oportuno, sin que existiera ningún lazo de incondicionalidad. Y para qué hablar de amores. En su vida, las tres relaciones que había mantenido habían resultado calcadas. Llenas de entusiasmo en un principio y de hartazgo mutuo con el devenir de unos pocos meses. En los tres casos habían quedado como amigos, aunque lo cierto es que el trato con ellos había desaparecido en su totalidad.

En la otra orilla (segunda parte)Aquella maldita tarde había resultado ser la espita para el cuestionamiento de toda su estructura vital. Aquel comportamiento absurdo no había sido sino un grito de auxilio, no hacia los demás, sino hacia si misma. Estaba segura de ello, y probablemente pese a todo, era positivo abrir los ojos aún de forma tan dolorosa. Las imágenes de aquellas dos o tres horas se le presentaban confusas, pero suficientes. De esta forma y atropelladamente rememoraba como había imitado lamentablemente para empezar a Chiquito de la Calzada, de forma que había destrozado torpemente unos cuantos chistes ante el cruel regocijo de sus sorprendidos compañeros. Más adelante se veía cantando a pleno pulmón la canción del torito guapo, mientras esbozaba unos pasos grotescos de pasodoble en solitario, colocando los brazos como si sostuviera una pareja invisible, tal y como había visto hacer tantas veces a sus mayores en los bailes verbeneros. También le torturaba la imagen de ella misma brincando descontroladamente y profiriendo gritos a favor del Rayo Vallecano, de la autosuficiencia femenina y contra el arte de la tauromaquia. Eso ya debió de ser en plena calle, pues con seguridad abandonaron el local por temor al escándalo.

Lo que más abrumador le resultaba era recordar las sonrisas aviesas, y hasta las risotadas indisimuladas de quienes la rodeaban, cada vez en menor número según avanzaba el tiempo. Dudaba de que a la mañana siguiente pudiera mirarles a la cara. No. Definitivamente no. Llamaría para alegar algún malestar físico y ausentarse al menos durante un día, esperando a que el recuerdo se difuminase levemente…

La penúltima imagen que recordaba era la de su intento de striptease en plena vía pública mientras tarareaba desacompasadamente la canción interpretada por Joe Cocker y que sirviera para la exhibición erótica de una espléndida Kim Basinger. Ni qué decir tiene que su baile resultó mucho menos seductor, y que, afortunadamente, gracias a la intervención de dos compañeras (los hombres no movieron un músculo para interrumpirla), se quedó en un amago en el que apenas se entrevió su elegante sujetador rojo de lencería fina.

Por último, y como si de repente aquella exhibición de absurdo hubiera llegado a su fin con un horario prefijado, abandonó intempestivamente el grupo residual de compañeros, sin atender alguna amable solicitud de compañía, deseando repentinamente desaparecer de la faz de su locura. “Estoy bien, estoy bien” repetía con energía intentando convencer a todos, incluida ella, de que nada necesitaba y de su autosuficiencia para el retorno a casa y a la lucidez.

Y hasta aquel banco de patas oxidadas había llegado, apenas a diez minutos de su casa, caminando al principio velozmente, para gradualmente y en perfecta armonía con la conciencia de lo sucedido, bajar el ritmo de su explosión física e incrementar el del torbellino de sus pensamientos.

Ahora mismo se sentía absolutamente vacía de energías y de predisposición para caminar, para continuar. Sacó fuerzas de flaqueza y consiguió ponerse en pie, con un ligero temblor, como si sus piernas apenas pudieran mantenerla. Tras unos segundos de vacilación, emprendió lentamente el camino hacia su casa, hastiada de dolor y apremiada por la necesidad, ahora sí, de descansar, de volver a sentirse ella. Cuando ya alcanzaba el final del jardín se detuvo en seco, absorta, tanto que incluso abrió su boca en señal quizás de asombro, quizás de rabia.

Una última imagen le había atropellado el cerebro. Y lo hacía a cámara lenta y repetidamente, como si estuviera discerniendo si aquello era o no penalti. Y de repente lo vio todo muy claro. Tan claro, tan revelador y tan liberador como el sentimiento de indignación que le producía. Allí estaba Nacho con su mirada de besugo trasnochado ofreciéndole una pequeña pastilla rojiza, asegurándole que era una estupenda vitamina y que le ayudaría a sobrellevar el cansancio que ya sentía después de media hora de celebración. E instantes después el Rolex volaba atenazado a aquella muñeca gordezuela, mientras entonaba simpáticamente el “Carpe Diem”…

La fatiga y la angustia vital desaparecieron súbitamente. Sus pies adquirieron la ligereza de una joven gacela. Mañana iría al trabajo, y callaría, y sonreiría cómplice si alguien le recordaba episodios turbios, y le reiría las gracias a Nacho, para cuando nadie la viera escupir en su termo repleto de té verde del que bebía con ansia durante toda la mañana. Al fin y al cabo su trabajo no estaba mal. Estaba aprendiendo mucho y había un ambiente agradable. Luis el de contabilidad le hacía ojitos y la verdad es que era un muchacho interesante, serio y laborioso, no como el impresentable de Nacho. Estaba deseando llegar a casa para llamar a sus padres y charlar un rato con ellos. También le mandaría un mensaje a su hermano para saber cómo le iba.

La vida antes, durante y después de la digestión de una pequeña pastilla, puede convertirse en una incoherente montaña rusa… Montaña rusa. Sí. Le apetecía. Mañana hablaría con sus amigos para ver si quedaban en el parque de atracciones el sábado. Hacía tanto tiempo.

 

Fin del relato literario “En la otra orilla”

Primera parte del relato literario “En la otra orilla”

Jesús Pinar

Vano aspirante al conocimiento. Persigue alejarse de la concepción de una cultura pseudotrascendente. Escribe porque le satisface, procurando compartir de forma cómplice, sin más, su deformada visión lúdica de la realidad.