Después de muchísimo tiempo volví a toparme con él, vino a visitarme de forma inesperada como siempre. También como siempre, compartimos un estado mental afectado por el alcohol y algún opiáceo de baja intensidad. Su vehículo corpóreo era sin embargo distinto, aunque el fondo y las sensaciones eran idénticas. Al final acabé echando el corazón por la boca no sé si por la mezcla de sustancias tóxicas o por su oferta.

Recordé rápidamente que en mi época adolescente leía con fruición, inherente lentitud añadida, el Doktor Faustus de Mann. Al igual que Adrian Leverkühn en la novela, yo no sabía si aquella primera aparición era real, como real parecía ésta última, pero al igual que el personaje de Mann pensé en la posibilidad de desearlo, con auténtico terror por el diabólico planteamiento. Obviemos por un momento dichas circunstancias para dejar paso a la parte artística. Así como mi editor Parra es un gran americanófilo, en lo literario, en mi adolescencia yo aspiraba a la germanofilia artística. Nietzsche y su atormentada existencia, Th.W. Adorno como el diablo, pensamiento estético de Schönberg, Dodecafonismo y Escuela de Viena, Stravinsky y Mahler ¿por qué no? y Esmeralda en Venecia, el Nazismo y la Guerra Mundial, todos los temas que gobernaban mi inquietud.

Pianista frustrado y callado hasta ahora... Fausto

Thomas Mann (derecha) conversa con Albert Einstein en presencia del rabino Stephen Wise en 1938. Bettmann Archive

No habría espacio aquí para apuntar todas aquellas emociones. Intentando descifrarlas acudí a “La novela de una novela”, del propio Mann, y me quedé con una sensación más clínica que expresionista. Claves, claves, claves –no palabras- para descifrar el mundo, para descifrar el arte… ¿dónde están? quizás en el mismo sitio en el que se encontraban entonces, pero no era capaz de encontrarlas y aquel personaje podría ayudarme. Pasados ya tantos años, encuentro la novela en una reacomodación de librerías casera. Repasando y navegando por la novela en actitud hipertextual lo encuentro: capítulo VIII de DOktor Faustus (con acento, que no tilde en la primera O germana, no es una errata). El arte está inicialmente en las conferencias del profesor Kretzschmar en la Sociedad de Actividades para el Bien Común de Kaisersaschern. ¿Por qué la última de las sonatas para piano de Beethoven, Op. 111, tiene tan sólo dos movimientos? “Por falta de tiempo”, parece ser que dijo el propio Ludwig van; Beethoven ¿sabía escribir una fuga?; en “La música y lo visual” se busca la belleza y la coherencia en la representación gráfica de la música, de Lasso a Mozart.

Pero el tema que más impactó a Adrian fue la música norteamericana de Johann Conrad Beisse, en la conferencia “Lo Elemental en la Música”. Beisse era un emigrante alemán a EEUU a mediados del siglo XVIII que, tras quedarse huérfano a temprana edad aprende el oficio de panadero y escuchando su inclinación “al culto independiente de la verdad y al libre convencimiento religioso”, lidera una secta religiosa de rito anabaptista. Tras una difícil y escasa instrucción y la creación de numerosos textos poético-religiosos, a los 60 años Beissel crea su propia teoría musical “propia y apropiada a sus fines” adaptando un sistema demasiado simplista las melodías corales llegadas desde Europa –¡si Bach levantara la cabeza!-, en Ephrata (Pensilavnia). A pesar de la realidad de este sistema fallido y de la aparente infinitud de internet es difícil encontrar recreaciones de aquella construcción pseudointelectual.

Pianista frustrado y callado hasta ahora... Fausto

Libro de Himnos, manuscrito, de la comunidad de Ephrata, 1746

Todo el texto de Mann rezuma música, que serviría para una o varias tesis relacionadas con ello, como por ejemplo lo es la muy reciente de Laura Leslie. La auténtica tesis comienza en el capítulo VIII y más en la conferencia sobre Beissel. Cuando lo leí por primera vez creí que todo era una construcción literaria de otro hombre atormentado por las circunstancias en la figura del narrador, Serenus Zeitblom. Hoy acudo a Google y en 0,88 segundos me abofetea con 111.000 referencias sobre Beissel, para comprobar que no es sino una realidad de la que quizás partiera Leverkühn, o seguramente permaneciera en su subconsciente a la hora de realizar su creación. No la sífilis, no la relación con su sobrino, no las conversaciones con Zeitblom, y el, seguramente subconsciente, encuentro con las tinieblas, todas estas circunstancias y ninguna especialmente son utilizadas por Mann para construir un sistema estético, el Dodecafonismo, que ocupa un lugar preeminente en la Historia de la Música del siglo XX, no superado, como lo demuestra también desde Cambridge mi admirado Roberto Gerhard.

La auténtica construcción artística llega, mediado el texto, en el capítulo XXV, donde Adrian Leverkühn toma la palabra a través de un cuaderno secreto conservado por su amigo y que él mismo reproduce literalmente. Es donde el diablo, inquietante y heladora presencia, ilumina el genio del artista. Adrian le espeta: “¡Despreciable embustero!” Si Diabolus non esset mendax et homicida!… a lo que contesta «Él: ¿Crees tú en la existencia de un genio que no tenga nada que ver con el infierno? […] ¿Crees tú que ha sido nunca posible componer una obra de gracia y diversión sin que su autor comprendiera algo de la existencia del criminal y del demente?»…

Cualquiera que quiera entender la música, y la música del siglo XX en particular debe obligatoriamente sumergirse en el capítulo VIII del Faustus, antes de cualquier aparición diabólica. Cuando a mí me ocurrió –Viena 1988-, adolescencia superada y cargada de referencias germanas, de Mann a Rilke, y de Heine a Hesse y a Zweig, no me llevó a los tejados de la capital del ex imperio austrohúngaro para enseñarme el mundo, como hiciera a otro en el desierto, pero me sumergió en un brebaje alucinógeno del que tardé mucho tiempo en salir a la superficie para darme cuenta del ahogo que estaba padeciendo. Ayer volvió a mí, pero eso ya es otra historia… Un ejemplo: «La mayoría de los hombres, Kamala, son como hojas que caen y revolotean indecisas en el aire, antes de caer al suelo. Sin embargo otros, menos, son como los astros: siguen una ruta fija, ningún viento los alcanza y llevan en su interior su propia ley y trayectoria». Siddhartha H. Hesse

Anteriores relatos de Santiago Martínez Arias:
Pianista frustrado: Plan de 1966
Pianista frustrado y un programa de concierto

Santiago Martínez Arias

El sobrenombre define bien a Santiago Martínez Arias. Como cualquier personaje de extraña biografía profesional es difícil seguir su pista vital. Tiene altos estudios musicales internacionales y ello se evidencia rápidamente en su conversación. Inevitablemente también se comprueba que es experto en seguridad y defensa y doctor en relaciones internacionales, jefe de prensa editorial, profesor universitario, además de tener un pasado, lejano ya, como corresponsal de ‘El Independiente’ en Europa oriental. Más parece que sea un agente, y aunque su pasado pianístico fuera glorioso, sólo quedan los restos del naufragio. En la actualidad representa a Stingray CLASSICA.