De nuevo pianista frustrado al ataque, en esta ocasión con la entrada sobre “Pianista frustrado y los enigmas de internet”. No descubro nada si digo que el Primer Secreto para tener presencia en internet es saber cómo utilizar las palabras clave. Son las palabras con las que definimos nuestros escritos de forma que si alguien realiza una búsqueda en Google con dichos términos, esas palabras que habíamos marcado hacen que aparezcamos los primeros en su lista de resultados. Empezamos por las palabras clave y terminamos enredados en el SEO sin saber por dónde salir. Pero esto no es nuevo, ya que el Thesaurus aplicado se ha utilizado toda la vida.

Además de ser efectivo hay que sorprender. Siempre han llamado la atención las palabras soeces, y las salidas de tono, el sexo, los excrementos y los exabruptos. Para internet esos recursos son técnicas black hat. Pero dependiendo del contexto suelen ser socialmente admitidas, cada vez más, ¿o cada vez menos debido al prurito de la corrección política? Ejemplos hay todos los días en los medios e incluso en el parlamento nacional. Ya nadie se asusta al ver escrita o escuchar la palabra «mierda», sin embargo no deja de sorprender el verla impresa en el título de un libro. “Música de mierda” es una interesante reflexión sobre el buen gusto en la música, del crítico canadiense Carl Wilson, donde hace un análisis de la música más consumida por el público utilizando como ejemplo central a Céline Dion.

 

La mierda y la música

Aquel libro se ocupa de la música pop o popular, por definir un amplio espectro que va desde la copla al rock&roll, y tiene segunda parte: “Mierda de música”, versión española con adjetivo y sustantivo intercambiados en el que una plétora de críticos, doce en concreto, reflexionan sobre la reflexión o, manteniéndonos en el mismo campo semántico, defecan sobre lo defecado. Editores espabilados siempre los ha habido, créeme querido lector que sé de lo que hablo, y el de este libro ha colocado, además, una pegatina en la cubierta que reza: «La secuela del ensayo de culto Música de mierda».

Pianista frustrado y los enigmas de internet

Estación de Teplice

Si tuviera que salvar uno de los doce mini ensayos sería el de Mercedes Cebrián «Dadme unas cuerdas y me calmo», víctima también del Plan del 66. Es con el que me he sentido más identificado. Aprovecho amigo lector para recordarte que la idea de estos escritos es agitar un poco tu memoria y hacer, conseguir, que compartas tus recuerdos. Hecho el paréntesis continúo extractando algunas de las que me han parecido felices frases entresacadas del texto de la Cebrián …«lo borroso de sus recuerdos relacionados con el aprendizaje del lenguaje musical y de su terminología, algo que no nos pasa a quienes, después de cinco años de solfeo, continuamos estudiando armonía, contrapunto […] Esos, como yo, accedieron de verdad a una jerga que hoy llevan cincelada en sus mentes con letras de molde…». […] «Por su parte, los cinco contratenores confiesan en su vídeo promocional que se limitan a cantar las arias más populares de las obras barrocas. Su público se ahorra así los poco tarareables recitativos de una Pasión según San Alguien de Bach».

Esto es lo rescatable, loable lo justo, de este libro, amén de sesudas reflexiones musicales que pierden la gracia al hacer constantes referencias al libro anterior que si no hemos leído no sabremos en qué consisten. Aunque hay algo en común en ellos y es que en todos la «Movida Madrileña» planea entre líneas, aunque no se hace presente como protagonista del texto. Le dedicaremos otro espacio más adelante, merece la pena ya que forma parte de esa memoria colectiva de una época y vendrá muy bien analizar hasta qué punto la música de aquella época es también digna de este título.

 

Secretos de internet

Pianista frustrado y los enigmas de internet

Antigua frontera de la República Democrática de Alemania y Checoslovaquia

Segundo Secreto para ser leído en internet: párrafos cortos. Aquí Baudelaire o Waugh hubieran fracasado rotundamente. El ahorro es importante, yo no soy precisamente un buen ejemplo. Dice mi amigo el editor Emilio Pascual que es bueno conocer las opiniones de tu gente cercana sobre determinados productos culturales, personas afines en gustos artísticos o culturales, para ahorrarte mucho tiempo en escuchar tal música, ver tal obra de teatro o leer tal ensayo o novela. Este es buen ejemplo de ello, sobre todo para los amantes de la música clásica. Parece que nunca ha habido mierda en la clásica, pues no se equivoquen, la música clásica es un producto cultural de consumo como otro cualquiera y el comportamiento de los consumidores y lectores del sector es el mismo que en cualquier otro. También precisa de las frases cortas, como en la música pop y nos ahorrarían mucho tiempo las positivas/negativas recomendaciones.

Y Tercer Secreto revelado de internet: hay que adaptarse a las nuevas formas de narración audiovisuales y/o multimedia. Si yo fuera un poco más diligente grabaríamos este comentario en vídeo y lo incluiríamos en un canal mejor adaptado a estos menesteres de las redes, así nos haríamos youtubers de oro… plata, bronce o latón, quién sabe. Podríamos dramatizar el relato y quizás obtener más lectores. Ello me daría pie para contar en formato audiovisual, si no más atractivo sí más acorde a los tiempos que corren, entre otras cosas que estudié en Madrid con Encarnación López Arenosa, Adrián Cobo, María del Carmen González, María Luisa Villalba, Antonio Areta, Daniel Vega, Enrique García Asensio y, además, con Enrique Llatzer ‘Regolí’, Genoveva Gálvez, Antonio Calvo-Manzano, y muchos otros. Además estudié en el extranjero con otros que iré esbozando en futuras «sabatinas intempestivas» que diría mi admirado Gregorio Morán, en mi caso en vez de sabatinas serían mensualinas.

 

Palabras clave e idiomas

Corría el mes de febrero de 1987, inaugurado musicalmente –no lo olvidemos- con el concierto de Año Nuevo de Karajan. Inmersos en el frío centroeuropeo el Primer Secreto se hizo presente, pensando otra vez en su forma demoníaca y arcaica en este caso. Acompañaba a Mónica, una pianista italoaustriaca que había conseguido, gracias a un premio en un concurso, un contrato para un concierto en la ciudad de Chemnitz, antigua República Democrática Alemana. Él viajaba con su máquina de escribir portátil, una Olivetti Pluma heredada de su padre, por si las musas decidían visitarlo. Equipaje absurdo para un viaje tan corto, y más pasando por fronteras poco amigables, pero la personalidad que se estaba creando en aquel momento exigía algún que otro sacrificio.

En un momento de la cerrada noche sin luna, se dieron cuenta por el paisaje y el paisanaje de que probablemente tenían que hacer un cambio de tren o de vagón en la estación de Teplice, o seguir viaje hasta Dresde y allí transbordar. No estaban seguros pero una oficial del ejército, que solicitó la revisión de sus pasaportes en plena noche oscura y dentro del vagón, pareció que así se lo indicaba, en checo evidentemente -de ahí la duda- y sin demasiadas buenas maneras. Aquella actitud la achacaron al objeto subversivo que portaban, la máquina de escribir, o a que el convoy estaba en una encrucijada de caminos y se dividía partiendo cada sección hacia destinos distintos. Descendieron de aquel vagón más viejo que antiguo esperando encontrar a alguien que les informara, en una estación mínimamente iluminada por las escasas farolas que remataban el solitario andén y que a duras penas dejaban ver el cartel con el nombre de la ciudad. Tan sólo vieron un rótulo que pensaron que era de la «Cantina». Si hubieran tenido un mapa a mano habrían visto que estaban muy cerca del otro lado de la frontera. Su destino, llegar al Teatro de la Ópera de Chemnitz y encontrarse con el intendente, parecía cada vez más lejano e imposible.

Pianista frustrado y los enigmas de internet

Vías en la estación de Teplice

La comunicación, de forma equívoca, pudo producirse gracias a que Mónica por curiosidad adolescente había recibido lecciones de ruso en la escuela secundaria y se dio cuenta de que había llegado el momento de utilizar las palabras clave, sin necesidad de ordenador. En aquel salón que efectivamente resultó ser una aparentemente desabastecida cantina vieron al que parecía ser también, por una aparatosa gorra que descansaba sobre la mesa, un factor de estación, pero que en realidad se trataba de otro uniforme militar. Parece ser que la división social del trabajo no había funcionado tan bien como se esperaba allende el telón de acero y el ejército en todos los países de Europa del Este estaba presente en la mayoría de los trabajos. Ese fue el problema y la clave a la vez, el idioma ruso. Después de intentar comunicarse en alemán, Mónica recordó algunas palabras de sus estudios de ruso, lo justo para hacer una pregunta de la que sólo se hacía comprensible la palabra de la ciudad hacia donde se dirigían: Chemnitz. Pero lo único que provocó fue una tremenda crisis en el funcionario que a voz en cuello fue empujándoles para sacarles de aquella estancia y hacer que cruzaran las vías del tren, directamente sin pasar por ningún subterráneo que comunicara los andenes, y prácticamente subirles en volandas a un tren parado al otro lado de la estación.

Ya subidos a aquel convoy un hombre con aspecto de campesino, camisa de rayas gruesas, sin corbata y con chaqueta americana de tonos oscuros cruzada a modo de blazer, cuyo único equipaje consistía en una caja de cartón sujeta por varias cuerdas, les explicó en perfecto hochdeutsch la situación. El hombre, que había visto la escena desde la ventanilla del vagón, les dijo que en la mayoría de países del Este había sido obligatorio para los niños el aprender ruso en la escuela, de forma que la gente acabó por odiar el idioma del «hegemón» regional. Aquellas palabras clave estuvieron a punto de desatar un enfrentamiento diplomático, o por lo menos eso les pareció en aquella noche centroeuropea. Tres horas más tarde llegaron a Chemnitz donde les esperaba Mathias, el intendente del teatro, y al día siguiente Mónica triunfó con aquel diabólico 3º de Prokofiev, casi tan endiablado como el de Rachmaninov, las crónicas de la época recogen el acontecimiento: ¡a la hemeroteca!

Otras entradas de la serie Pianista frustrado de Santiago Martínez Arias:
Pianista frustrado: Plan de 1966
Pianista frustrado y un programa de concierto
Pianista frustrado y callado hasta ahora… Fausto
Pianista frustrado en Navidad
Pianista frustrado peleando con la tecnología

Santiago Martínez Arias

El sobrenombre define bien a Santiago Martínez Arias. Como cualquier personaje de extraña biografía profesional es difícil seguir su pista vital. Tiene altos estudios musicales internacionales y ello se evidencia rápidamente en su conversación. Inevitablemente también se comprueba que es experto en seguridad y defensa y doctor en relaciones internacionales, jefe de prensa editorial, profesor universitario, además de tener un pasado, lejano ya, como corresponsal de ‘El Independiente’ en Europa oriental. Más parece que sea un agente, y aunque su pasado pianístico fuera glorioso, sólo quedan los restos del naufragio. En la actualidad representa a Stingray CLASSICA.