Corría el año de 1974 y el régimen franquista daba sus últimos coletazos. Panorama incierto, pero cuando se tienen tan sólo 10 años de edad poco importa la política. Durante el curso anterior había acudido al Conservatorio de Madrid, en el Teatro Real, para estudiar 1º de Solfeo con Encarnación López Arenosa. Entrada por la calle Arrieta, amplias colas para subir a las aulas, miércoles y sábados, grupo masificado, Alfonso y Alberto se turnaban para acompañarme a la Plaza de Ópera desde Plaza de Castilla, examen extraordinario para obtener Matrícula de Honor… sólo el examen, del premio nunca se supo. De esta forma, un año después, pude comenzar mi primer curso de Piano.

Pianista frustrado: Plan de 1966

EDIFICIO DEL TEATRO REAL, ANTIGUO CONSERVATORIO SUPERIOR DE MÚSICA DE MADRID – (Foto – ARBOL Web Site – MyHeritage) (En esta foto se aprecia un Teatro Real, sin fecha determinada, que bien puede reflejar una etapa un poco, muy poco, anterior a las fechas descritas en este texto. Se ve que todavía está cerrado por las ventanas y puertas cegadas por ladrillos, pero refleja claramente esa época gris, como el tiempo meteorológico que acompaña a esta imagen, en la que se atisba cómo la posguerra empieza a quedar a una distancia suficiente como para empezar proyectos de reconstrucción como el impulso a la vida cultural madrileña. “En 1966 se abre al público como auditorio y sede del Real Conservatorio Superior de Música y Escuela de Arte Dramático, pero sin duda Madrid necesitaba un teatro de ópera que se equiparara a los mejores del mundo” –Teatro Real web-).

Así empezó el curso 74-75, que cualquier músico cincuentópico de Madrid recordará ya que debido a la masificación se llegó a un acuerdo para que varios Institutos de Bachillerato abrieran sus aulas a la música oficial. Me tocó el Beatriz Galindo. Llenaron de pianos los institutos y, venga, todos a aprender solfeo, piano, guitarra, violín. Abordé en casa con entusiasmo mi 1º de Piano en un antiguo Gaveau que mi padre había alquilado en el Rincón Musical (100 pesetas al mes). Empezaron de esta forma los sueños y las decepciones, la lucha contra los dioses y las musas, Pan y Euterpe, la inquietud y la inseguridad de los primeros compases. En el Beatriz Galindo las clases se daban con un pequeño piano de pared Yamaha encajado en un armario, mi profesora, MariCarmen González, mantenía perennemente un Winston echando humo en un cenicero sobre el lateral del piano, mientras yo iba luchando contra Bela Bartók, J.S. Bach, Burgmüller, Schumann, Beethoven y Schönberg. También asomó la inquietud de la creación de alguna pieza inspirada en esos primeros pasos.

Pianista frustrado: Plan de 1966

Ayer (©orozon leefoto) y hoy del Instituto Beatriz Galindo de Madrid, en la esquina de Lagasca con Goya.

Aquel año pasó rápido, habida cuenta de que con la ampliación de la enseñanza musical a los institutos se había retrasado mucho el inicio del curso. Pasado aquel, comencé mi tercer año d’Arezziano y el 2º de Piano, todavía no sé cómo aprobé 1º. El curso 1975-1976 fue el de la revolución, incluida la hormonal. Se murió Franco y acabó y empezó todo. Yo seguía ahí, en la puerta de aquel armario sin poder entrar ni salir, respirando el humo del Winston y luchando contra Bertini, otra vez Bach, otra vez Schumann, Haydn Sonata nº 7 en Re mayor –obra obligada-, y, el mejor, Prokofiev «Marcha» de su Musique d’enfants Op. 65. Al final del curso ninguna sorpresa: suspenso. Todavía hoy se me resisten aquellos estudios Op. 100 de Bertini.

Ello me provocó cierto recelo hacia el estudio de la música, repetir no sienta bien a un preadolescente. Sin embargo el Solfeo lo llevaba bien ¿sería un teórico de la música sin darme cuenta? Había cambiado de profesor, dejando a la López Arenosa, y me tocó uno muy ‘molón’, Adrián Cobo, que nos hacía solfear la 40 de Mozart. Sin embargo comenzaron a invadirme el desánimo clásico y los flirteos con la música popular. Triunfaban en «300 Millones» los perjúmenes de los de Palacagüina y yo quería tocar la guitarra, tener éxito, y aunque despreciaba todo lo que tuviera cierto olor a música popular española –la arrogancia del adolescente- pensaba que el folclore sudamericano podía ser una buena salida. No sólo el folclore nicaragüense, también el mexicano, argentino, boliviano, etc. etc. etc. me atraían con magnetismo inusitado.

Pianista frustrado: Plan de 1966

Imágenes publicitarias de la tienda de pianos en Madrid El Rincón Musical. A la izquierda el piano en el que estudié mis primeros cursos de piano, con un alquiler de 100 pesetas al mes (1974).

Finales del 1976, mi cuarto curso, fue duro no sólo por ser repetidor de 2º de Piano. Referéndum para la reforma política. En el Conservatorio toman las riendas algunos estudiantes mayores que nos hacían reunirnos cada tarde en asamblea. ¡Asamblea, asamblea, huelga, huelga! Mientras, ya había vuelto aquel año a la Plaza de Ópera a dar clase de Solfeo y también de Conjunto Coral con otro personaje no menos curioso, Julián García de la Vega. Recuerdo la constante suspensión de las clases por ‘la huelga’. Las primeras asambleas eran emocionantes, por lo que de transgresora subversión tenían, la costumbre las fue volviendo aburridas y sin sentido. Allí estábamos los que íbamos quedando de aquellos primeros años, padeciendo los rigores del cambio y la transición. Entre clase y clase, un sándwich de salami en Ferpal como cualquier otra tarde, bajábamos corriendo por la calle Arenal ¿por qué? no lo sabía en aquel momento, pero cuando ves a la gente correr tú también tomas las de Villadiego. Los ‘grises’ repartían generosamente sin discriminar edad, sexo o ideología. A Consuelo le atizaron un porrazo en el culo que la sumió en un ataque de casi histeria del que tardó en recuperarse. Nos dan un spray de pintura y nos dicen, corriendo claro está, escribe ‘No a la Reforma’, sigue el movimiento en la calle, y siguen abandonados Prokofiev, Bach, Bertini y aquel armario.

De forma que un día, después de subirme al M-3 camino de casa (Santo Domingo-Plaza de Cuzco… ya no me acompañaban mis hermanos mayores), tarde como siempre ya que acaba las clases a las 10, y mientras mis padres cenaban en una pequeña mesita de madera y cristal del salón les dije: «que lo quiero dejar…» El mundo se vino abajo, lágrimas hasta altas horas de la madrugada ¿por qué? por las ilusiones rotas. Más tarde me recuperaría comenzando con más fuerza y convicción, pero eso es ya otra historia por contar.

Si alguien recuerda a alguno de estos personajes o las circunstancias que no dude en refutar todas las mentiras que aquí se han contado. Por cierto, me llamo Santiago Martínez Arias. Mentiras o literatura, vaya usted a saber…

Santiago Martínez Arias

El sobrenombre define bien a Santiago Martínez Arias. Como cualquier personaje de extraña biografía profesional es difícil seguir su pista vital. Tiene altos estudios musicales internacionales y ello se evidencia rápidamente en su conversación. Inevitablemente también se comprueba que es experto en seguridad y defensa y doctor en relaciones internacionales, jefe de prensa editorial, profesor universitario, además de tener un pasado, lejano ya, como corresponsal de ‘El Independiente’ en Europa oriental. Más parece que sea un agente, y aunque su pasado pianístico fuera glorioso, sólo quedan los restos del naufragio. En la actualidad representa a Stingray CLASSICA.