En Todo lo que era sólido Antonio Muñoz Molina vendría a ser el (incómodo, doliente y certero) mensajero y los españoles los (atónitos, sufridos y enfadados) ciudadanos de un país que ha pasado de la euforia desmedida a la honda depresión y al que ya no son capaces de reconocer.

Fue Leslie Poles Hartley quien escribió la frase «El pasado es un país extranjero; allí hacen las cosas de otra forma», con la que se abre su libro The Go-Between, publicado en 1953 y traducido ¡sesenta años después! en España como El mensajero. De esta obra Joseph Losey hizo una adaptación al cine, con guión de Harold Pinter, en 1970.

Comencemos por una obviedad: existen varias clases de escritores (hay quien diría que existen muchas clases de autores, casi tantas como literatos pululan por el universo de las letras). Están los de tipo crisálida, consagrados en exclusiva a su arte y parapetados ante los embates de la sociedad; los estajanovistas de la escritura, capaces de generar páginas y páginas de manera constante; los creadores de best sellers, que de forma indefectible consiguen convertirlos en éxito de ventas; y luego nos encontramos ante la figura del intelectual, quien no sólo tiene la capacidad para opinar sobre asuntos de particular relevancia social sino, además, de ser escuchado por dicha opinión pública.

Antonio Muñoz Molina me parece un paradigma de esta última categoría. Un intelectual que no duda en expresar sus consideraciones y juicios de valor sobre una extensa amalgama de temas, amable en la forma (el desabrimiento no es lo suyo) pero contundente en el fondo.

Sin negarle su valor literario como autor de una ya extensa producción novelística, esta condición se percibe con singular relevancia en sus ensayos y artículos en medios de comunicación, así como en los numerosos prólogos a obras de otros literatos.

He aquí una constante de Muñoz Molina: su generosidad con los colegas de profesión. Gracias a él pude acceder a Primo Levi y su terrible trilogía de los campos de exterminio; también él me introdujo en la no menos estremecedora Quiero dar testimonio hasta el final, la formidable obra de Víctor Klemperer perdida durante décadas, o en la apasionante autobiografía Semillas de gracia de Thomas Mermall. Y ya de manera más reciente me ha servido para conocer a James Salter a través de su libro Años luz, del que hace apenas un mes publiqué una reseña en Cincuentopía.

Todo lo que era sólido sintetiza bien lo que representa Antonio Muñoz Molina. Es difícil que a un escritor sin su trayectoria una editorial como Seix Barral le hubiera facilitado publicar un libro de esta índole; y es imposible que un autor sin su categoría de referente socio-moral hubiese logrado el indudable impacto que está teniendo con el libro.

Todo lo que era sólido va sobre España: va sobre cómo hemos llegado a la situación de marasmo en la que, más allá de cualquier consideración ideológica, nos encontramos; va sobre cómo fuimos deslumbrados y sobre cómo nos dejamos deslumbrar; va sobre cómo fuimos engañados y sobre cómo nos dejamos engañar; va sobre el enojoso silencio de medios de comunicación, clase política e intelectuales ante el formidable latrocinio producido.

Pero en modo alguno desdeña la parte alícuota de responsabilidad de la sociedad española ante este estado de cosas. Y lo sintetiza con una frase lapidaria: «Cuando la barbarie triunfa no es gracias a la fuerza de los bárbaros sino a la capitulación de los civilizados».

De la misma manera que Mario Vargas Llosa se formulaba a finales de los años sesenta, a través del personaje Santiago Zavala Zavalita en su novela Conversación en la Catedral, su celebérrima pregunta «¿En qué momento se había jodido el Perú?», Muñoz Molina se cuestiona cuál fue el instante en que España se colapsó.

Todo lo que era sólido es un libro centrípeto y centrífugo. Porque, por un lado, su lectura produce tal frenesí en el lector que desea seguir pasando sus páginas hasta leerlo de una única tacada; pero, al mismo tiempo, es de tal magnitud la gravedad de lo que expone que lacera nuestra sensibilidad hasta extremos difícilmente soportables.

Antonio Muñoz Molina habla de España y de los ciudadanos que pueblan este país. Pero lo que cuenta es aplicable a buena parte de las actuales sociedades de esta segunda década del siglo XXI. Hasta tal punto que es legítimo plantearse el interrogante: ¿cómo será conocido este periodo de tiempo por los libros de historia dentro de cincuenta o de cien años? ¿La década perdida? ¿El gran cambio de ciclo? ¿Acaso la antesala de lo que estaba por venir? ¿O, simplemente, ya no habrá pasado por recordar?

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Antonio Muñoz Molina Todo lo que era sólido. Seix Barral Planeta. Barcelona, 2013.

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