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Una Mirada (segunda parte) por Mar Andrade

Paz es distinta, nada que ver con la matriusca. ¿Por qué se empeñará en venir ella?, ¿para amargarme el día? Pero ¡Paz! Es aún una cría. En una ocasión me dijo su edad, “veintialgo”, pero no recuerdo cuántos. Cuando yo le comenté que tenía “noventa y tantos” –por supuesto, no dije los “y tantos”-, se asombró; no sé si por haber llegado a esta edad o porque, según me decía, no los aparentaba. ¡Qué encanto! ¡Cuánto les cuesta a algunas mostrarse agradables!; lo digo por la matriusca. Ya sé que era mentira. ¡Total!, una mentirijilla no veas cómo anima, y ¡a mi edad!

Siento que estoy viviendo de regalo. ¡A ver!, ¿qué pinto yo aquí, renqueando? Me siento como un punto, de ésos que dan en los bancos, o ¿ya no los dan?; bueno, no viene al caso; tantos años has cumplido, tantos días de regalo.

– Buenos días Joaquín. ¿Qué tal estás?

¿Ves?, ésa es Paz. Nada de Don y tampoco habla en plural.

A estas alturas, lo único a lo que puedo aspirar es a que me traten con humanidad y no como a un trasto viejo que se abandona en un rincón a la espera de que la carcoma haga lo suyo para después retirarlo.

Se lo he dicho muchas veces, que no cambie nunca, que no pierda la dulzura y esa alegría en el trato; pero ya se encargará la vida, ya, de irla cambiando.

– ¿Sabes? Hoy he soñado con ella.- le digo ya en la ducha.
– ¿Con su mujer?
– No, con aquella otra que te conté.
– ¡Eres un pillín!, Joaquín.
– No, no es eso. Los jóvenes siempre pensando en lo mismo. Estos días no sé, algo me pasaba; sólo tenía ganas de dormir. Como si no fuera a tener suficiente tiempo el resto de mi muerte. Sí, he soñado con ella y apareció en el sueño tal como lo recuerdo, repitiéndose todo tal cual ocurrió. ¡Qué extraño! Es cierto que nunca lo he olvidado, ¿pero soñar?, jamás me había pasado.
– Lo siento Joaquín, pero ahora tengo prisa. Ha venido una nueva residente y he de ir a arreglarle el cuarto. Luego me paso y me cuentas el sueño.
– Es cosa de la matriusca ¿verdad? La vieja ésa está celosa y además te explota.
– No sé por qué la tienes tanta manía. Es muy buena, de verdad.
– No, si encima te tiene comido el tarro.
– ¡Hombre!, que no es para tanto. Bueno, cuando termine charlamos. Hasta luego.

¡Qué barbaridad!, ¡sí que tenía prisa!, ¡pues no me ha abrochado mal la camisa!, y con lo torpe que estoy yo de manos…. ¡Qué tristeza!, a lo que llegamos.

Ya estoy solo otra vez. Tengo que ir a desayunar. ¡Me da tanta pereza! Por no ver tantos viejos chochos… ¡Claro!, que yo debo de estar igual, otro chocho más.

 

Dicen que nos volvemos refunfuñones cuando llegamos a viejos. ¿Cómo no vamos a serlo?; si no te duelen los huesos, te mata la artrosis y si no, cualquier otra cosa; si hay días que no sé de dónde me vienen los dolores. ¡Qué fácil es hablar cuando se es joven!

No se lo he contado más que a Paz. No se rió, como yo me temía. Escuchó atenta y sorprendida. Sé que la impresionó de verdad, pues al día siguiente, al comienzo de su turno, vino derecha a mi habitación con la taza de café que se toman todos juntos antes de comenzar a trabajar aún humeante. “No he podido quitármelo de la cabeza”, aseguró. “¡Es increíble!”, me dijo, “¿Cómo puede ser después de tantos años?”. “Eso mismo me pregunto yo”, fue mi respuesta.

¿Cómo se puede recordar durante toda una vida una mirada? Pero así fue. Ocurrió en los años veinte, concretamente el 10 de marzo de 1928. Ni siquiera se me ha olvidado la fecha; pero no es cuestión de buena memoria, es que aquel día me licenciaron del servicio militar después de tres años, sí, ¡tres! Así se las gastaban entonces. El que podía, pagaba y se librara, pero al pobre, como siempre, lo obligaban, y, por supuesto, yo era pobre. Claro, que en aquella España había cuatro ricos y el resto, muertos de hambre.

Ya sé que soy un poco exagerado. Ya me lo decía mi Silvia, que en paz descanse.

Me tocó en Madrid, lejos de mi familia. ¿Qué les habría costado dejarme en mi Valladolid natal? Si, ahora no se comprende, todo pilla a mano, pero entonces, por no haber, no había ni carreteras. Bueno, haberlas, las había, pero ¡qué carreteras!, parecían caminos de cabras, y tampoco se viajaba, ¿cómo íbamos a viajar si con suerte teníamos para llenar el estómago? Y lo peor, estaba por venir. ¡La guerra!, ¡la maldita guerra! No está tan lejos, aunque lo parezca, pero no quiero acordarme de ella, ni de aquel maldito día cuando me llamaron a filas. ¡Cuánto dolor para nada! Dejó las cosas peor de lo que estaban.

¡Mierda!, ya llueve otra vez.

Toda la vida trabajando como un animal. Se quejan ahora, pero ¡cómo hemos vivido! Y encima, sus mujeres también trabajan; ¡no veas algunas lo que ganan! ¡Qué idiotas éramos! Teníamos por ofensa el que nuestra mujer trabajara, ¡ya ves!

¡Vaya!, ya me he vuelto a perder. Esto, de joven, no me pasaba. ¿Dónde estaba?

¡Ah!, sí. Madrid, 10 de marzo de 1928. ¿Lo he dicho ya? Mis padres tenían unos amigos que se habían trasladado a la capital. Vivían mejor que nosotros. No es que tuvieran dinero, pero el sueldo les permitía vivir con desahogo. Pasé la noche en su casa, en espera de coger el tren por la mañana.

Me presenté después de comer. Hay que agradecer que en el cuartel tuvieran el detalle de soltarnos comidos. Para celebrarlo, habían invitado a unos amigos a merendar; eso era a lo más que llegaba la paga. Bueno, realmente, entonces no se llevaba; sólo las clases altas invitaban a cenar. Pero algunos, en cuanto mataban el hambre, creían también haber mudado de clase y se afanaban por imitarles.

La conocí en aquella merienda-cena. Ni siquiera recuerdo su cara, claro que tampoco su voz, no pronunció palabra en toda la velada; pero su nombre…, se llamaba Josefa, Josefa Villaplanas.

Si he de ser sincero, no reparé en ella cuando llegó, ni durante la cena. Vino acompañada de sus padres y de su prometido, porque entonces, éramos prometidos, no como hoy en día que son sólo amigos o amigos con derecho a roce. Y hacen bien. Ahora, hay que reconocer que son creativos ingeniando definiciones.

Aunque prometidos, yo digo que éramos paseantes. ¡A ver!, era lo único que podíamos hacer: paseo arriba, paseo abajo, cogidos del brazo. ¡Dios!, ¡cómo nos educaron! Ni un beso le había dado yo a mi Silvia hasta que nos casamos. Nunca lo intenté, por si acaso; pero si lo hubiera intentado, que no se la hubiese ocurrido dejarme hacer, allí mismo la hubiera plantado. ¡Qué asco de tiempos! ¡Por un beso, la que habría yo liado!

¡En fin! No ocurrió nada especial. Hablamos de Madrid, de nuestras respectivas ciudades, de la mili y de mis planes de futuro; un futuro que aventuraba incierto pero esperanzador, como cualquier otro joven de cualquier tiempo; pero aquel futuro se cebó en mi generación.

Fue en los cafés. Estaba distraído, dando vueltas con la cucharilla, cuando advertí que me observaba.

Levanté la vista hasta alcanzar su mirada. Era penetrante, carente de sentimientos; fría y cálida a la vez; llena de vida y vacía también. Pude ver la luz más radiante y la obscuridad absoluta; el todo y la nada juntos. Vi y no vi.

Ni siquiera parpadeé. Tampoco pude apartar los ojos de aquella mirada extraña; tenía la mía atrapada. Un punzante escalofrío recorrió mi cuerpo bajo la piel. Traté de entender e interrogué con mi mirada a la suya. Sentí que chocaba contra una pared y rebotaba volviendo a mí, quemándome, aturdiéndome; luego, un dolor intenso en los ojos que me cegó. Poco después comenzaron a llorar. Más tarde, pude cerrarlos pero seguían lagrimeando. Así, cegado, me levanté de la mesa, me excusé y los enjuagué en el lavabo.

Todo esto ocurrió en unos segundos. Cuando me recuperé, volví a la tertulia con los ojos irritados. Nadie hizo ningún comentario, pero debieron de creer que había llorado. Y es que en aquel entonces, a los hombres no se nos estaba permitido llorar. ¡Qué educación!, ¡cuánta estupidez!; ¡como si no tuviéramos el mismo sistema lacrimal!

No volvimos a mirarnos. ¡Vamos!, yo ni lo intenté. Al despedirnos nos dimos educadamente las manos. Muy dentro de mí quedó una inexplicable sensación que me ha acompañado todos estos años.

¡Joder!, ¡qué mal rato paso recordándolo! ¡Bueno!, ya protesta el gusano que domina mi estómago. Cogeré mi cachaba e iré a ver cómo está el patio.

Digo yo que podrían poner el comedor algo más cercano; ¡que esto es una residencia de ancianos! Cada día el pasillo se me hace más largo, ¡cómo me cuesta dar un paso!

Ya huelo el café. Como vuelvan a poner pan tostado de anteayer se lo doy a la matriusca, a ver qué tal lo mastica ella. ¡Ni que tuviéramos todos los dientes sanos!; bueno, eso si los conservamos. ¿Cómo no vamos a dar asco?, mordisqueando con estos dientes de plástico.

– Joaquín, ven, siéntate aquí. Quiero presentarte a la nueva residente. -Me dice Paz, cogiéndome del brazo y ayudándome a sentar- Se llama Josefa.

La tiendo la mano, la miro y… ¡Dios mío!, ¡esa mirada! … No puede ser. No. ¡Oh, Dios!, ¿qué me pasa?; todo me da vueltas. No noto los brazos, ni las piernas. Todo me dá vueltas. ¿Y la luz?, ¿qué me ocurre?, ¿qué me está pasando?

– ¡Joaquín!, ¡Joaquín! ¡Contéstame! ¡Por Dios!, soy Paz. ¡Vamos Joaquín!… ¡Un médico!, ¡que venga un médico a la sala!