James Salter (1925) forma parte de una prodigiosa estirpe de narradores estadounidenses que han llegado a España con cierto retraso: como Wallace Stegner (aunque sin su punto de bonhomía humanista); como Richard Yates (pero sin su pavorosa y exacerbada tragedia vital a cuestas); o, incluso, como John Cheever (si bien carece de su recato como forma discursiva).

Un sentido artículo de Antonio Muñoz Molina aparecido en El País en abril de 2013 significó un paso adelante para muchos a la hora de descubrir a este singular talento literario.

Cuando publicó Años luz (1975) James Salter acababa de cumplir cincuenta años y ya habían ocurrido unas cuantas cosas a lo largo de su vida: había cambiado de trabajo (tras ser piloto militar y combatir durante la guerra de Corea); había cambiado de nombre (del inicial James Arnold Horowitz); y estaba a punto de cambiar de pareja y comenzar la convivencia con la dramaturga Kay Eldredge.

Este libro va de lo que Cronos hace con nuestras vidas: de cómo los años se nos escurren entre las dedos de las manos sin poder remediarlo; de relaciones que se desgastan de manera inexorable; de personas que decepcionan; de derivas particulares; de expectativas que no se cumplen…

Con estos materiales James Salter ha construido una novela que, casi cuarenta años después, mantiene (e incrementa) su vigor narrativo. En su momento el libro tuvo tan sólo una discreta acogida, tanto por parte de la crítica como del público. Apenas vendió unos miles de ejemplares y algunas valoraciones fueron especialmente hirientes (hoy nos pueden parecer patéticas por su carencia de perspicacia): «personajes inconsistentes y de nombres absurdos», «novela recargada, snob y bastante tonta».

Los personajes que pueblan Años Luz tienen un punto en común con los que nos encontramos en los libros de William Maxwell o en los de Sloan Wilson: sólidos, reflexivos, honestos, corpóreos al tiempo que dolorosamente humanos. Ante nuestros ojos aparecen con una cadencia espléndida el matrimonio compuesto por Viri y Nedra Berland, sus hijas Franca y Danny, sus amantes, amigos y conocidos como Peter y Catherine Daro, Larry Vern, Arnaud y Eve Roth, Gerald y Marina Troy, Robert Chaptelle… y una extensa lista de animales con personalidad propia: la poni Úrsula, el perro Hadji, el conejo Laurence…

Sumergirse en las páginas del libro no siempre es fácil, por su intensidad narrativa, aunque su propuesta resulta apasionante para una lectura pausada y sin distracciones. James Salter nos ofrece viajes, adulterios, sexo, fiestas, cócteles y celebraciones familiares; padres que mueren e hijos que crecen; diálogos ingeniosos y chispeantes y descripciones a caballo entre el impresionismo y la técnica naif; y muchas alusiones literarias: Valle Inclán, Cervantes, Céline, Madame de Staël, Whitman, Proust, Ibsen, Wilde, Tolstói, Cocteau, George Sand, Pavese, Lawrence Durrell, Keats, Montaigne… (no es de extrañar que en ocasiones haya sido considerado un escritor de escritores).

Y para el recuerdo quedan, entre otras, algunas frases cinceladas de sabiduría y vigor literario: «La ciudad es una catedral de posesiones; su aroma es el de los sueños»; «El humor proviene en gran medida de la indiferencia»; «Tuvo un atisbo de lo que era una depresión nerviosa: el acto de perder el control de la vida».

Si estás interesado en saber cómo se gestó la novela, te recomiendo este inteligente análisis de Nick Paumgarten que la excelente revista digital fronterad.com publicó, con la traducción de Vanessa Pujol Pedroso y la revisión de Inés Guerrero Congregado, del original aparecido en The New Yorker.

Lo bueno de que James Salter haya llegado tan tarde a España es que casi toda su obra está por leer para la inmensa mayoría de nosotros. La editorial Salamandra ya tiene en su catálogo Juego y distracción, Quemar los días y La última noche y, dada la buena acogida obtenida por el autor, es de prever que traduzca en breve su último libro All that is, así como algunos de sus guiones cinematográficos. El Aleph Editores publicó en su momento algunas de sus obras aunque hoy son bastante difíciles de encontrar.

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James Salter. Años luz. Salamandra. Barcelona, 2013.

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