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Aquellos singulares años

Aquellos singulares años, un relato diferente de Jesus Pinar

– Señor Fuentes, haga el favor de salir al encerado y explicar a sus torpes compañeros lo que es un logaritmo neperiano. Estoy seguro de que usted ha sido capaz de entenderlo perfectamente… ¡No es tan difícil, caramba!

Y allí estaba Ramiro, el pluscuamperfecto Ramiro, como yo le denominaba en un claro y vano intento de desprestigio hacia tal personaje dirigido a mí mismo, puesto que yo era tan introvertido que guardaba mis jamás ofensivos apodos dentro de mi cerebro, un órgano al que intentaba dar un uso brillante, sin conseguirlo más que parcialmente, pese a lo cual prorrumpía en ovaciones absolutamente imaginarias cuando consideraba que mis ocurrencias eran dignas de mi categoría intelectual, e incluso llegaba a jalearme con “¡Bravos!” que resonaban tan sólo dentro de mi peculiar entramado neuronal.

Ramiro intentaba infructuosamente compartir su inestimable talento con el resto de tarugos que aspirábamos a comprender lo que nos transmitía desde su inabordable condescendencia, desde la plena conciencia de aquel que se sabe superior y que se ve obligado a desperdiciar su tiempo con aquella turba de ignorantes que, mientras hablaba, lanzaban furtivas miradas al reloj de pared de tonos verde pálido y beige, deseando que corrieran las manecillas con mayor alegría para que acabara cuanto antes aquella perorata repleta de vocablos de un idioma desconocido y desquiciante.

Don Juan, el profesor de Matemáticas, un hombre resignado a combatir estérilmente la ignorancia bañada en desidia de la inmensa mayoría de nosotros, observaba con indisimulado orgullo a aquel discípulo tan sumamente aventajado, entre los tres ó cuatro buenos muchachos espabilados y dispuestos con los había contado en su ya larga trayectoria docente. Y aunque Ramiro se estaba limitando con cierta desgana a repetir lo que él ya había anticipado con superior énfasis, no dudaba de que aquel joven llegaría tan alto como se propusiera y rogaba porque la divina providencia le reservara la excelencia profesional que sin duda merecía. Y si podía ser teniendo a su merced a cientos de hombres, integrantes de la nebulosa de mediocridad que se adivinaba en ciernes ante sus ojos, mucho mejor.

Y es que en aquel aula, supongo que como en otras muchas, se reunía una fauna tan diversa como apasionante. Ya he hecho referencia al pluscuamperfecto Ramiro, que no sólo era el más aplicado en las materias que requerían de la exhibición de sus virtudes intelectuales, sino que además era el más ágil, el más rápido, el que mejor jugaba al fútbol, el que contaba los mejores chistes, el que, secretamente, mejor imitaba a los profesores con incuestionable crueldad, y además el que tenía la mejor hermana, de nombre Clara y con un par de años más que nosotros, la cual volvía locos a aquel regimiento de contenedores de hormonas revueltas que estudiábamos en un colegio sólo de chicos, con la consecuente entronización del sexo opuesto.

Contábamos en aquel micromundo que compartíamos durante tantas horas también con todos aquellos elementos que configuraban el manido racimo de tópicos en los cachorros de aquellos tiempos y edades. Estaba Antonio, alias “el guarroman” especialista en lucir manchas de importante extensión e indefinibles color y textura en todas sus ropas, y poseedor de una cajonera en su pupitre que constituía todo un universo desolador en aquello que la vista alcanzaba a ver pues jamás nadie, salvo él mismo, habría osado a meter la mano en aquella oscura cueva que prometía sorpresas inimaginables, tales como la existencia de alguna perturbadora criatura del inframundo, sin ojos y con incisivos dientes venenosos. Pese a ese aura de misterio insondable, sí que había atisbado yo algún resto de bocadillo de pasados cursos, verdoso y amenazante, virutas desprendidas lejanamente de sacapuntas pringosos, trozos amorfos de gomas de borrar que parecían pegados a la madera resignada, papeles amarillentos arrugados o convertidos en bolitas de redondez mejorable, y aquel lápiz extrañamente largo, de color rojo desvaído, casi irreconocible entre los cientos de huellas de mordiscos, algunos superficiales y otros tan profundos que casi dejaban ver el delgado esqueleto de grafito, configurando una inquietante forma en espiral anárquica.

Teníamos a Pablo, “el empollón”, quien a diferencia de Ramiro, contaba con las características propias de tal condición. Es decir, con gafas, con escasos amigos y con nula predisposición para la actividad física, lo que le ocasionaba problemas tanto en los juegos comunitarios en los que era preciso moverse con presteza y coordinación, como en las clases de gimnasia, en las que era un inmenso zote incapaz de dar hasta la voltereta sin caer premiosa y humillantemente hacia alguno de sus costados, todo ello por supuesto entre la insolidaria chufla general de aquellos que aprovechaban tan excelente ocasión para resarcirse de la prepotencia académica del protagonista. Tampoco faltaba Carlos “el gordo”, que en realidad tampoco era un niño obeso pero quien comparativamente y para su desgracia contaba con carnes más lustrosas que la generalidad de esmirriados preadolescentes, y al que unos cuantos gozaban hurtando sus generosos bocadillos en el recreo aduciendo cruelmente que no le convenía añadir más grasas a su, según ellos, cuerpo fofo y repleto de michelines vergonzantes.

Muchos más ejemplos existían en aquel aula tan heterogénea pues también contábamos con el “rubiales”, el “enano”, el “bigotón”, el “melenitas”, el “monaguillo”, el “mariquita”, el “jirafa”, el “cuatro ojos”, el “paticorto”, el “paella”, el “lameculos”, también conocido como “boing, boing, boing” (sí, efectivamente era el más pelota de aquel histérico universo), y hasta teníamos al “buitre leonado”, y no me pregunten cual era el origen de su sobrenombre, porque al igual que en los demás casos la explicación era ociosa, en éste constituía un absoluto misterio irresoluble, pues ni por aspecto físico, ni por comportamiento, guardaba ninguna lógica la etiquetación del bueno de Mario Santos.

Atendiendo a los ruegos de muchos, la campana sonó rubricando con estrépito las últimas palabras de Ramiro, ante lo que sus compañeros comenzaron a revolverse inquietos en sus asientos, preparando la habitual estampida hacia la puerta de salida, pues aquella era la última clase de la sesión vespertina, cuando ya los calores empezaban a agobiar sin piedad alguna a maestros y pupilos. Don Juan recordó las tareas a presentar para el día siguiente y autorizó con un ademán desganado la retirada, insistiendo, una vez más inútilmente, en que ésta fuera ordenada y acorde al elemental civismo. En realidad esa instrucción no era más que una pose resignada porque asumía de antemano que los jóvenes primarios que ya corrían desenfrenadamente hacia la salida, se apretujarían en las puertas, en los pasillos, en las escaleras, ignorando que todo se ralentizaba más si no renunciaban a su gusto por el caos contraproducente.

A mí me disgustaba profundamente aquella amalgama de brazos, ojos saltones, carteras a medio cerrar, sudores mal combatidos higiénicamente, gritos ahogados y respiraciones agitadas que se entremezclaban en aquellos barullos estúpidos, agravados además a menudo por la recurrente manía de algunos descerebrados de fabricar barreras artificialmente y que eran saludadas alegremente al grito de “¡Tapón, tapón!”, por lo que optaba siempre por esperar un par de minutos sentado en mi pupitre recogiendo parsimoniosamente mis libros, cuadernos, bolígrafos, y el sacapuntas metálico y mal afilado que guardaba como oro en paño desde hacía un par de cursos. Todo un record para quien estaba acostumbrado a que su menaje escolar desapareciera por unos u otros motivos con una frecuencia rayana en lo desesperante, y que me obligaba, avergonzado, a recibir las miradas frías y recriminatorias de mis padres cada vez que necesitaba reponer existencias.

Aquella tarde de finales de mayo, las prisas aturulladas aún eran mayores y se percibía una cierta tensión nerviosa que flotaba, eléctrica y excitada, en el aire. Antes de que hubieran pasado ni cinco minutos, un grupo numeroso de muchachos enardecidos bramaban en el descampado situado a doscientos metros de la puerta de salida del colegio. Y es que aquel era el lugar elegido para la pelea programada entre el omnipresente Ramiro Fuentes, el pluscuamperfecto, y Andrés Molina, alias “el rubiales”. Al parecer el alumno ideal había malgastado parte de su ingente talento en urdir, con el conocimiento de su pléyade de admiradores rendidos, una trama consistente en esparcir el “simpático” rumor de que a Marcos García, alias “el mariquita” le hacía ojitos, preso de sus encantos, el “rubiales”. Sospechando éste que algo extraño sucedía, más que nada por las constantes sonrisitas zumbonas y retorcidas de los integrantes del complot que ponía en entredicho su incipiente virilidad, consiguió que confesara Jaime Vaquero, el “lameculos”, quien para no perder ocasión de entrenamiento oportuno también hacía la pelota miserablemente al gran líder de la manada, y que sólo con sentir la presión de las manos de su interlocutor en el cuello de la camisa, soltó cuanta información le demandó el rubiales, quien pese a sus cabellos rubios y rizados, no gastaba ni un aspecto, ni tampoco un comportamiento de angelito mofletudo.

En aquellos años la simple sospecha de que se dudara de la firme heterosexualidad de cualquiera estaba lejos de ser asumida con naturalidad. Faltaba aún mucho tiempo para que la condición sexual careciera de una desmesurada trascendencia, y por ello resulta evidente pensar que a Andrés Molina, la víctima de la perfidia del pluscuamperfecto, no le hizo gracia alguna la ingeniosísima trastada planeada para menoscabar impíamente su imagen. Al minuto de enterarse ya había cruzado con Ramiro cuatro frases cortas, secas y de indudable interpretación en las que ponía en entredicho la honorabilidad de la madre de éste, y le retaba a solventar sus diferencias a la manera tradicional entre machos y machitos poco evolucionados, es decir, a puñetazo limpio.

La expectación era desbordante. Hacía tiempo que no se había dado la oportunidad de asistir a una pelea realmente seria. La mayoría aplastante apoyaba al macho dominante, y sólo unos cuantos, entre los que yo me contaba, deseábamos fervientemente que el pluscuamperfecto mordiera el polvo, hartos de su despliegue avasallador de vanidad. Objetivamente el rubiales tenía poco que hacer. Ramiro era casi invencible teniendo en cuenta que además de su extraordinario físico, del que hacía constante gala, por su irrefutable coordinación, reflejos y rapidez, contaba con la indudable ventaja de asistir a clases de judo, en las que por supuesto también destacaba, y contaba con un cinturón de diversos colores que no recuerdo, pero que al parecer resaltaban su meritoria pericia. Además de todo ello jugaba en casa, por lo que el miedo escénico debía jugar a su favor, y ya cuando aún el combate no se había iniciado se escuchaban enfervorizados gritos de ánimo con poco edificante mensaje en los que daban por hecho que el rubiales iba a ser machacado justamente. Al fin y al cabo se lo merecía. Simplemente porque sí.

Por su parte, el retador ofendido contaba con escasos argumentos que apoyaran favoritismo alguno. Es cierto que parecía también ágil y fuerte, pero jamás se le había visto pelear, era callado, discreto, casi invisible normalmente. Mediano alumno que aprobaba con solvencia pero sin brillantez. Regular jugador de fútbol, poco participativo en juegos colectivos, y con sólo un par de amigos conocidos, quizás los más marginados de aquel colectivo, “el paella” y el “monaguillo”, los únicos que valientemente le expresaban su apoyo en aquel momento, ajenos a las miradas despectivas y burlonas que ello les acarreaba.

Ya se encontraban frente a frente, apenas separados por un metro de distancia. Arremangadas sus camisas. Blanca la de Ramiro y azul verdosa la de Andrés. El pluscuamperfecto sonreía mostrando la blancura inmaculada de sus dientes perfectamente alineados, demostrando al menos exteriormente que estaba disfrutando aquel momento que antecedía a una nueva gloria, sensación que aunque conocía sobradamente, estaba encantado de volver a sumergirse en ella cuantas veces fuera posible. Mientras tanto el rubiales le miraba fijamente, serio, imperturbable ante los ánimos dirigidos a su oponente, y con una aparente tranquilidad. Erigido en árbitro por designios inescrutables, el “lameculos” se situó junto a los contendientes. Sonreía al igual que su líder, ya repuesto del susto sufrido cuando el repelente rubiales le había cogido de la pechera exigiendo información, y ahora alegre sabiendo que el pluscuamperfecto le agradecería de algún modo haberle brindado la oportunidad de volver a lucir su preponderancia en la manada. Alzó los brazos con energía indicando que contaría hasta tres, y que después de bajarlos sería el momento de iniciar la pelea.

Uno…dos…y…¡tres! Aún esperó un segundo más hasta bajar los brazos, disfrutando posiblemente de aquel instante de gloria en que todos los ojos se centraban en él. Y cuando lo hizo se apartó raudo a fin de evitar sufrir algún golpe indeseado y accidental. Los protagonistas del combate guardaron la distancia durante unos segundos, moviendo los puños en círculo Ramiro y con las manos bajas y la mirada muy fija en los ojos de su rival Andrés. Los gritos ahora eran aún más ardientes en su contenido y más potentes en su volumen, proporcionando la cobertura coral que precisaba un acontecimiento de tal índole. Pero ante la sorpresa de todos, el combate sólo duró cinco segundos.

Cinco segundos. Los precisos para que el rubiales pasara de su pose hierática a descerrajar un puñetazo rapidísimo y certero al estómago del pluscuamperfecto que parecía más ocupado en sonreír a la grada que en activar convenientemente sus recursos defensivos. Ramiro se dobló sobre si mismo, dolorido física y emocionalmente, y sólo necesitó un nuevo movimiento más Andrés para acabar con su rival mediante la ejecución de un brillante y eficaz puntapié dirigido a las partes nobles (léase huevos), y que consiguió el fulminante efecto de la caída, innoble y estrepitosa, de su fracasado contendiente a la tierra polvorienta del descampado, moteada de hierbas irregulares.

Tan precipitada y sorprendente resolución del combate produjo un silencio repentino, asombrado y general, sólo roto por los alaridos de dolor del vencido que se revolvía furiosamente gravitando sobre su eje, con lo que terminaba de dejar en un lejano recuerdo la inmaculada blancura de su camisa. En breves segundos también rompieron la quietud inesperada la posterior explosión de júbilo del “paellas” y el “monaguillo” que acudieron, alborozados, a saludar al ganador. Unos instantes más tardaron el “lameculos” y algunos escogidos incondicionales en acercarse al cuerpo, más menudo que nunca, hecho un ovillo y rebozado en suciedad de Ramiro. Hubieron de esperar un buen rato hasta que éste recuperó parcialmente su dignidad y se puso en pie, comprobando cómo la práctica totalidad del público, inmensamente decepcionado con su líder, había desaparecido de la escena dejando en la sórdida y dolorosa soledad al pluscuamperfecto y a sus tres o cuatro acólitos de encomiable (o quizás rastrera) fidelidad.

Podría pensarse que aquella breve batalla entre el poder establecido y la silenciosa oposición cambió radicalmente el espectro social de aquel aula de octavo de E.G.B. Realmente no fue así. Es cierto que el rubiales se ganó el respeto de todos los que no se lo tenían, hasta tal punto de que jamás osaron a importunarle en forma alguna, con lo que éste ganó la recompensa que buscaba, puesto que no pretendía mayor premio. Pero poco más. Ramiro, con el paso de los días, se autoconvenció de que su derrota fue un accidente debido sobre todo a la innoble actuación de su rival y en poco tiempo recuperó su prestigio con alguna que otra demostración de su valía, intrascendente pero suficiente para sus seguidores, con lo que prolongó su reinado hasta que, finalizado tercero de B.U.P., desapareció del colegio y de las vidas de la mayoría de su manada. Quizás fuera Jaime, el “lameculos” quien saliera peor parado de aquel episodio, pues pese a su incondicional apoyo al líder fue repudiado por éste, quien posiblemente le culpabilizaba de tan ingrato recuerdo, condenado a la marginación social, apareciendo además unos días después de la pelea rapado al cero, sin que quisiera o supiera explicar a nadie el origen de tan sorprendente modificación de su look.

Y aquí acaba la historia, si bien no quiero resistirme a añadir una información que estoy seguro que será del interés de los lectores. Hace unas semanas fui invitado a una reunión de antiguos alumnos del colegio. Esto implicaba que me encontraría con aquellos compañeros de lejano pero persistente recuerdo más de treinta años después. Acudí con grandes expectativas y éstas no fueron defraudadas, pues asistieron prácticamente todos, lo que me permitió bucear en el pasado rememorando viejas historias y navegar también por el presente de cada uno de ellos.

Para no alargarme más me centraré en lo más llamativo. En principio señalaré que uno de los pocos ausentes fue precisamente Ramiro. Unos cuantos años atrás había tenido noticias suyas pues se había convertido, de manera poco sorprendente, en un personaje de peso al erigirse en brillante abogado de gente muy importante. Pero parece ser que su “rubiales” particular o el tío del mazo, habían aparecido de nuevo en su vida, y la realidad es que no pudo acudir al evento por hallarse recluido en Alcalá Meco, concretamente en una celda de alta seguridad ya que tras haber sido condenado por una inmensidad de delitos relacionados con fraudes y hurtos a gran escala de diversa índole, al parecer había delatado a muchos de sus clientes en aras de obtener un cierto trato de favor. Para su desgracia alguna de las víctimas de su indiscreción compartía en la actualidad con él espacio en tan moderna cárcel, y dicha circunstancia le estaba acarreando graves inconvenientes asociados a su integridad física.

Quien me lo comentó lo hizo con gesto adusto, sin formular comentario valorativo alguno, pero el brillo chispeante de sus ojos me indicó claramente que disfrutaba con aquella historia. Mi interlocutor era Jaime, el “lameculos”, poseedor en la actualidad de una larga melena plateada y pintor expresionista de suficiente éxito para vivir de su arte. También departí con el “rubiales”, hoy calvo como una bola de billar, y reputado juez de la Audiencia Nacional, así como con el “paellas”, modernísimo asesor de imagen, el “monaguillo” convertido actualmente en dueño de un puticlub, el “mariquita” asesor fiscal y casado con una ex Miss España de incuestionable belleza, el “enano”, entrenador de baloncesto de la ACB, el “empollón”, fracasado aspirante a Notario y próspero dueño de una tasca en el centro de Madrid, el “gordo”, poseedor de una extensa red de clínicas de estética especializada en liposucciones, y el “guarroman”, contable de profesión, coleccionista de antigüedades como devoción, y que no parecía haber evolucionado demasiado, dado su aspecto y olor corporales, en cuanto a sus hábitos higiénicos. También he de reconocer que se me escapó una sonrisita aviesa cuando Mario, el “buitre leonado” me comentó que trabajaba como Inspector de Hacienda. Al fin el apodo tenía sentido.

“Que pena de chico…” no hacía más que repetirme el septuagenario Don Juan, el profesor de matemáticas, que nos honró con su presencia y que rebosaba satisfacción salvo en lo que a su discípulo Ramiro concernía. Le insté con afán travieso a que me explicara lo de los logaritmos neperianos, pero rehusó amablemente dándome a entender que ya no me serviría de mucho, aunque sospecho que quizás ya tampoco lo recordaría con plenitud.

La reunión resultó más agradable de lo que preveía, aunque siempre concluye uno con la duda de si realmente todos te cuentan la verdad de sus vidas, y si ese afecto algo desmesurado no guarda en su interior una parcela de correcto fingimiento. Comimos con moderación, bebimos discretamente (salvo el “monaguillo” que ratificó con su actitud su antigua pasión por el vino de misa y nos mostró la faceta desconocida de su risa floja y desenfrenada), despidiéndonos más tarde entre deseos sinceros de volver a vernos y la alegría del reencuentro, con ese punto de amargura que supone el final de tanto interrogante.

El año que viene volveremos a vernos. Ojalá le concedan el permiso penitenciario a Ramiro. Sería fabuloso que se reencontrara con el “rubiales”, aunque ellos se vieron hace poco tiempo con gran frecuencia. Al fin y al cabo, fue el juez que dictó su sentencia. Viva la paradoja.

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