Hace más de 25 años que leí Barras y estrellas, el libro con el que William Boyd (1952) alcanzó un más que notable reconocimiento a escala internacional. En su momento fue una de las novelas que más carcajadas consiguió provocarme conforme la iba devorando en el autobús o el metro (con la consiguiente perplejidad e incluso incomodidad de mis compañeros de asiento).

Según la terminé dejé el libro a un buen amigo, con quien se repitió el mismo efecto; y con posterioridad comenzó a leerlo un tercero, siempre con esa consecuencia de risas a granel. A tanto llegó la cosa que entre los tres llegamos incluso a crear nuestro propio repertorio de gags basados en la obra.

Un cuarto de siglo después he decidido volver a leerla no sin ciertos temores: ¿seguirá haciéndome tanta gracia?; ¿habrá aguantado bien el paso del tiempo?; ¿me queda todavía sentido del humor suficiente para apreciar el texto?

Pues el experimento ha resultado, en líneas generales, bastante satisfactorio. Barras y estrellas ha vuelto a arrancarme carcajadas (en este caso ya no en el transporte público sino en mi domicilio). Es verdad que las risotadas no han sido tan abundantes ni tan desatadas como años atrás pero muy posiblemente la responsabilidad deba recaer en el lector y no sobre el autor.

Barras y estrellas cuenta la historia de Henderson Dores, un experto en arte impresionista de origen tan inglés como su habla y sus modales que se encuentra perdido en medio de Luxora Beach, una ignota población del sur más profundo de Estados Unidos, mientras trata de cerrar una operación comercial que puede dar un considerable impulso a su carrera profesional.

William Boyd crea uno de los grandes personajes de la novela anglosajona de la última parte del siglo XX. Dores es un antihéroe bastante en la línea del Ignatius Reilly de La conjura de los necios de John Kennedy Toole: pusilánime, mentiroso, acumulador de fallidas relaciones y en constante estado de lascivia; pero también ingenuo, sentimental, entregado a su profesión y necesitado de cariño.

La principal fuente de humor de la obra proviene de ubicar a su protagonista en un entorno por completo opuesto a sus ideales estéticos, pautas sociales y principios éticos. Las confusiones son casi tan abundantes como las frustraciones acumuladas por Dores ante su incapacidad a la hora de hacerse comprender por los sureños habitantes de Luxora Beach.

Debido a esta dinámica de equívocos la traducción juega un papel especial en este libro. Desde el título original Stars and bars que corresponde a la bandera confederada (y no el característico «stars and stripes» de la bandera oficial de Estados Unidos) hasta el particular habla del sur requieren una notable labor de adaptación lingüística, llevada a cabo en la edición de Alfaguara por Bernardo Moreno.

El libro, que acumula de manera tan constante como inexorable una catarata de desgracias para su protagonista, mantiene el vigor con el que fue escrito hace treinta años. Tanto entonces como ahora es posible ponernos en el sufrido pellejo de Henderson Dores a la hora de analizar su lamentable vida amorosa, sus anodinos momentos de ocio y su estresante actividad profesional. Todo ello hace de Barras y estrellas una obra especialmente recomendada para los lectores que aspiran a pasar un rato agradable con un texto no exento de unas cuantas pullas irónicas sobre la realidad estadounidense del comienzo de mandato de Ronald Reagan.

Como curiosidad, la adaptación de Barras y estrellas dio lugar a una película presentada en España bajo el título Un señorito en Nueva York (1988), dirigida por Pat O’Connor. Pese a su interesante reparto (con Daniel Day-Lewis, Harry Dean Stanton, Laurie Metcalf y Joan Cusack a la cabeza) el filme se sitúa muy por debajo de la novela.

Si a partir de la lectura de este libro hay quien se interese por el resto de la obra de William Boyd, Alfaguara tiene en la actualidad los derechos de su producción en español, incluyendo títulos interesantes como Armadillo, Un buen hombre en África, Como nieve al sol, Sin respiro e incluso Solo (un texto por encargo sobre las andanzas del archifamoso agente 007 James Bond que apareció en el mercado en 2013). Eso sí, que nadie espere (con alguna salvedad) el chorreo de risas de Barras y estrellas.

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William Boyd. Barras y estrellas. Alfaguara. Madrid, 1987.

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