A estas alturas de la película existe un sentimiento de práctica unanimidad a la hora de considerar a Richard Ford (1944) como uno de los más grandes novelistas del último cuarto del siglo XX y comienzos del siglo XXI. Y esto no es algo que se pueda aplicar a muchos autores.

Su trilogía protagonizada por el ya archiconocido Frank Bascombe (El periodista deportivo, El Día de la Independencia y Acción de Gracias) forma ya parte de nuestro acervo cultural y, para algunos de nosotros, también de nuestro patrimonio moral e intelectual.

En los primeros momentos Richard Ford fue encapsulado (y entiéndase el término en su sentido más literal) junto a un grupo de autores a los que se presentaba dentro de la (sub)corriente literaria denominada como ‘realismo sucio’ o ‘dirty realism’ y entre los que figuraban Raymond Carver o Charles Bukowski (en un segundo momento se añadirían nombres como John Fante, pese a ser el de mayor edad, o Tobias Wolff).

Dicho encasillamiento tenía que ver más con motivos mercadotécnicos que con merecimientos propios y se sustentaba en que su lenguaje narrativo participara de algunas características de dicho movimiento, como son la concisión e incluso la elusión como fórmula de potenciación del contexto (en realidad dichos rasgos serían aplicables a un elevado porcentaje de escritores).

Richard Ford ha ido generando de manera inexorable una producción literaria de calidad suprema, sobre todo en forma de novelas y cuentos, y nos ha transmitido una sutil sensibilidad literaria en sus antologías (sobre el relato corto norteamericano o acerca de los cuentos de Antón Chéjov, por poner dos ejemplos significativos). En España Anagrama es la editorial que nos ha permitido acercarnos a su obra.

Canadá es un libro excelente y magníficamente traducido por Jesús Zulaika. Se sitúa entre las cimas creativas de un autor en el que es difícil advertir obras mediocres o momentos de escaso hálito creativo. Como él mismo ha indicado en algunas entrevistas, cuando no tiene nada que contar calla y punto (y ello explica lo reducido de su obra desde el punto de vista cuantitativo).

El lector se encuentra y se enfrenta ante una novela de transpiración. Exhala el perfume de las montañas de Montana y de los bosques de Canadá, la fragancia de la madera de las casas de Great Falls y el aroma de la amistad franca; y exuda la pestilencia del miedo, el tufo del desarraigo y la hediondez de la existencia anodina.

Canadá abarca más de cincuenta años de la trayectoria vital de su protagonista, Dell Parsons: desde los quince años cuando sus padres atracan un banco (no destripo la novela porque Richard Ford lo indica en la primera frase) y debe huir de Estados Unidos hasta que tiene más de sesenta y cinco y se produce el reencuentro con su hermana gemela Berner.

Tal lapso de tiempo es gestionado desde el punto de vista de la técnica narrativa de una manera sustancialmente distinta a la de John Irving (por indicar otro autor aficionado a las novelas de largo recorrido biográfico de sus protagonistas). Ford prefiere eludir a contar; opta por sugerir en vez de por señalar; cree más en la pausa que en la prisa; embrida antes que da rienda suelta a sentimientos y sensaciones.

Advertimos en el devenir de los personajes de la novela los ecos de las melancólicas canciones de Woody Guthrie o de Hank Williams y en la descripción de sus paisajes la impronta de los cuadros de Edward Hopper. Historias en las que se mezclan la ternura con la amargura, el libidinoso despertar de la adolescencia con la apacible transición hacia la muerte, la necesidad de mantener la calma en el día a día con la dificultad de definir en qué consiste nuestro propósito en esta vida.

Canadá nos habla de la fragilidad de las relaciones humanas en general y de las relaciones en el interior de las familias en particular. Nos cuenta acerca de la inmadurez de las personas y de su incapacidad para ver la terca realidad. Nos introduce en los oscuros recovecos de las personalidades de Arthur Remlinger y Charley Quarters y en las infantiles mentes de Bev Parsons y Neeva Camper, progenitores del protagonista. Y también nos relata la manera en que conformamos nuestro propio destino, a menudo más guiado por las circunstancias y el azar de los acontecimientos de lo que quisiéramos admitir y menos marcado por la propia voluntad de lo que a todos nos hubiera gustado. Como concluye el autor: «Lo intentamos. Todos nosotros. Lo intentamos».

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Richard Ford. Canadá. Anagrama. Barcelona, 2013

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