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Los aficionados, cada vez más numerosos entre los cincuentópicos, a la música Barroca y aún anterior conocen bien el sonido de un clavicembalo. Un timbre brillante, de características particulares de una cuerda metálica pinzada por una púa o plectro que nos trae a la mente los salones cortesanos del siglo XVII y XVIII donde era el instrumento rey. Es un instrumento de teclado y por ello muchos lo identifican con el antecedente del piano y aunque su estructura y la forma de accionar el mecanismo que hace vibrar las cuerdas mediante teclas es parecida, no es exactamente lo mismo. Son de la misma familia, podríamos decir, pero también como ocurre en todas las familias tienen caracteres muy distintos.

Tiene varias denominaciones. Clavicémbalo (que solemos pronunciar clavichémbalo italianizando el término), clavecín (más español, nos llega desde el francés clavecin, sin tilde) o sencillamente clave, en inglés harpsichord y en alemán Klavier. Estas palabras definen el mismo instrumento aunque hay una plétora de acabados diversos dependiendo de las necesidades musicales y artísticas de la partitura a interpretar. Con dos teclados, con una rango mayor o menor, con dos o más registros incluido el registro de laúd, con un pedalero, etcétera.

Se confunde a veces con otros instrumentos de teclado barrocos y renacentistas como la espineta o el virginal, que también son instrumentos de cuerda pinzada. O el mismísimo clavicordio, que era el preferido de don Juan Sebastián para inspirarse en casa, aunque éste está a medio camino entre el clave y el piano, antecedente más claro del último ya que aquí las cuerdas son golpeadas por una especie de macillo, en este caso de metal. Es el antecedente más directo del pianoforte o fortepiano de Christophori porque en él se puede conseguir cierto grado de variación de dinámicas que en el clave no es posible.

Pianistas y clavecinistas

No es lo mismo tocar un piano que un clavicémbalo, igual que no es lo mismo tocar un órgano. Parece que si uno puede interpretar melodías en un teclado de un piano, es capaz de hacerlo en cualquier otro instrumento, pero no son lo mismo. No sólo por el sonido, el tacto de la tecla debido al mecanismo que acciona los elementos que harán sonar la cuerda es completamente distinto, así como ocurre en el órgano. Son, además, instrumentos mucho más delicados y a los que el instrumentista tiene que prestar mucha más atención. Lo más práctico es afinárselo uno mismo y cuenta tan sólo con una cuerda por cada nota. La afinación anterior al sistema temperado es otra de sus características, aunque no es asunto baladí.

Actualmente cualquiera puede acceder a descargarse en el teléfono móvil una aplicación que le ayude a afinar un clavicémbalo, pero antiguamente había que aprender lo que se denominaba afinaciones históricas. Para ello, los constructores actuales han sabido adaptarse y cualquier instrumento de nueva construcción tiene la posibilidad de tocarse en dos afinaciones distintas: la barroca (medio tono por debajo de la afinación a la que están acostumbrados nuestro oídos actuales) y la que se utiliza habitualmente. Mediante una pequeña palanca se desplaza todo el teclado del instrumento de forma que los plectros pinzan la cuerda siguiente, un semitono por encima o por debajo.

Cuatro siglos de repertorio

El repertorio para clavicémbalo es colosal, mayor que el de muchos instrumentos solistas posteriores. No da tiempo en una única vida a disfrutarlo todo. Como quiera que es un instrumento que ha tenido más vida que el piano moderno hay una ingente cantidad de autores que han dejado su impronta en la historia de la música. No sólo el Barroco y el PreBarroco, toda la música anterior de teclado del siglo XVI tiene bastante que ver con ello. Incluso más allá de la antigüedad ha sido prolijamente utilizado en la música del siglo XX, incluso en la popular.

«El clave bien temperado» (Das Wohltemperierte Klavier), de don Juan Sebastián Bach, es una de las obras de referencia para este instrumento. El Antiguo Testamento del Piano, que se le ha llamado, contiene 24 preludios y fugas en cada una de las tonalidades, mayor y menor, de las doce notas de la escala diatónica. Y no sólo eso, sino que hay un segundo libro, con el cual se completan 48 preludios y fugas. La otra obra cumbre del instrumento, menos conocida, del público en general que no de los aficionados a la música Barroca es «El arte de tocar el clavecín» (L’Art de toucher le Clavecin), de François Couperin, compendio de todo el saber clavecinístico en la Francia Barroca. Pero, como digo, el repertorio es tan amplio que abarca no sólo más de cuatro siglos de música, sino que geográficamente abarca toda Europa.

Aunque aquí he señalado tan sólo dos cumbres del Barroco, hay numerosos otros compositores para disfrutar el clavicémbalo: coetáneos de Francia también son Rameau, Royer o Duphly; Alemania con los hijos de Bach Wilhelm Friedemann o Carl Phillip Emanuel, Buxtehude o Kuhnau. O grandes compositores en todo el Occidente conocido: Italia con Frescobaldi, Geminiani o Rossi, Países Bajos con Sweelink, Inglaterra con Purcell, Gibbons o Byrd, y España con Scarlatti, Soler, Cabezón y muchos otros.

Explosión de constructores

Los instrumentos históricos de teclado son una pasión. A mediados del siglo pasado, cuando comenzó la tendencia de las interpretaciones con instrumentos de época, comenzó también el interés por la reconstrucción de instrumentos antiguos, réplicas. Los museos están llenos de ellos y aunque existen numerosas piezas originales por todo el mundo, no es un instrumento que, de forma similar al violín, gane en sonoridad y efectividad con el paso del tiempo. Los más antiguos son del siglo XIV y XV, representados en numerosas pinturas.

Por otra parte, hay que tener en cuenta que el clavicémbalo es el desarrollo de un instrumento anterior, el salterio, que aparte de referencias bíblicas a los Salmos, encontramos todavía en activo. Es ese instrumento en el que tenemos las cuerdas al aire en un marco más o menos con forma de prisma y se tocan percutiendo con unos macillos o pinzando con púas. La referencia más fácil para reconocerlo es la del salterio que se toca en la música húngara o zíngara que podemos ver en cualquier restaurante con música del centro de Budapest. Después de mucho quebrarse la cabeza se inventó el mecanismo por el cual se añadía un teclado al sistema de cuerdas para hacerlo sonar. De ahí que se trate de un instrumento de cuerda, cordófono, pulsadas y no percutidas como el piano.

Hanneke van Proosdji tocando Les Barricades Mystériuses (Las barricadas misteriosas) de F. Couperin

Infinidad de constructores se dedicaron a sus instrumentos y en la actualidad los artesanos se dedican a realizar réplicas de aquellos. Dependiendo del repertorio y de las exigencias de la partitura deberemos elegir uno u otro. Ningún clavecinista que se precie tiene un único instrumento. Son muy distintos, aunque de la misma época, los clavicémbalos italianos de los alemanes, los ingleses, franceses o los flamencos.

Entre todos ellos el que más fama tiene es Iohannes Ruckers, flamenco de principios del siglo XVII. Los constructores actuales se basan en modelos históricos, si bien han actualizado algunas características de aquellos para adaptarse a la interpretación actual. Aparte de que las púas ahora son de plástico y no de caña de pluma de ave, que los hacía bastante delicados, en los actuales claves existe también un mecanismo para adaptar la afinación. Es decir, si queremos tocar con la afinación barroca (La 415Hz) sencillamente una palanca hace que todo el teclado se desplace medio tono. Si escuchamos un Ensemble Barroco o Renacentista tocan generalmente con aquella afinación, distinta de la actual (La 440Hz).

Virginal

Otros parientes de la familia instrumental

Los parientes cercanos del clavicémbalo son la espineta o el virginal, que aunque instrumentos también de cuerda pulsada su morfología es distinta y por supuesto también su sonido. Normalmente una de las características básicas de estos instrumentos es que tienen un único registro, mientras que el clave normalmente tiene varios, además de, en muchos casos, varios teclados. Ello nos permite interpretar con más facilidad algunas de las piezas de Bach escritas originalmente para tocar en dos teclados. Los claves tienen normalmente un registro de ocho pies, a veces dos, otro de cuatro pies que hace sonar la misma nota pero una octava superior (esto se resuelve con otro juego de cuerdas de la mitad de extensión que el anterior), y en muchas ocasiones un registro de laúd con un sonido más seco que la cuerda al aire. Espinetas y virginales tienen un único registro de ocho pies. La evolución de estos instrumentos, eslabón entre el clave y el piano, fue el clavicordio. Al contrario que en los anteriores este es un instrumento de cuerda percutida y unos macillos metálicos que hacen la función del posterior macillo pianístico.

Espineta-Delin

El clavicémbalo moderno: siglo XX

La aparición del fortepiano y el piano en el siglo XIX hizo que el clavicémbalo y su repertorio fueran despareciendo. Incluso los instrumentos originales cayeron en el olvido y los constructores de principio del siglo XX fueron realizando piezas mucho más modernas y pesadas que aquellos originales de Ruckers. La gran clavicembalista mundial Wanda Landowska tocaba en esos instrumentos, los Neupert que tenían una sonoridad mucho mayor que los claves iniciales, aunque esta casa también se ha adaptado actualmente a la corriente de construir réplicas.

Si vemos grabaciones de mediados de los años 70 del siglo pasado en los que el director se sienta ante un clave y realiza las partes de acompañamiento de bajo continuo en los oratorios veremos que son unos instrumentos mucho más sobrios en la decoración, más pesados y más sonoros. Tiene también que ver con el repertorio para clavicémbalo estrictamente compuesto en aquellos años. En el siglo XX hay una plétora de compositores que utilizan este instrumento es sus obras. Sin ir más lejos Falla tiene un magnífico Concierto para Clave y Cinco Instrumentos, que normalmente requiere un instrumento más sólido que un clave renacentista o barroco. O el Concierto Campestre de Poulenc. Dos referencias imprescindibles.

Comprar un clave

Si alguien quiere comprar un instrumento así tiene que acudir a un constructor artesano que lo hará por encargo. No son muchos en todo el mundo, pero sin duda existen numerosas opciones. En España hay una veintena de ellos, que realizan unas magníficas piezas dignas de cualquier composición de la era dorada del clavecín. Italia, Holanda, Inglaterra y Francia tienen también una buena nómina de constructores. Como curiosidad dejo aquí la página de uno de ellos, en un pueblo de la sierra madrileña, que realiza numerosas piezas para numerosos artistas, Rafael Marijuan. La otra opción es lo que se llama kit de construcción. Hay diversas empresas que venden las piezas del clave, espineta u otro tipo de instrumento que se solicite, fabricadas ad hoc, y no hay más que montarlo. Bueno en realidad se trata de un trabajo de artesanía fina que no todo el mundo está capacitado para abordar. Es más barato y más entretenido, pero el resultado depende de la habilidad para trabajar con las manos y de la paciencia de cada persona.

Hasta el momento la serie de Santiago Martínez Arias sobre música clásica se compone de las siguientes entradas publicadas en Cincuentopía:

Santiago Martínez Arias

El sobrenombre define bien a Santiago Martínez Arias. Como cualquier personaje de extraña biografía profesional es difícil seguir su pista vital. Tiene altos estudios musicales internacionales y ello se evidencia rápidamente en su conversación. Inevitablemente también se comprueba que es experto en seguridad y defensa y doctor en relaciones internacionales, jefe de prensa editorial, profesor universitario, además de tener un pasado, lejano ya, como corresponsal de ‘El Independiente’ en Europa oriental. Más parece que sea un agente, y aunque su pasado pianístico fuera glorioso, sólo quedan los restos del naufragio. Ha representado a Stingray CLASSICA.

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