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La comunicación no verbal en la música clásica resulta más importante de lo que a primera vista se piensa. Para un aficionado puede resultar un dato importante saber qué elementos, distintos de los musicales, pueden hacer que algunos artistas destaquen por encima de otros.

Si todos tocan la misma Suite de Bach o el mismo Preludio de Rachmaninov, por qué unos resultan más atractivos. La respuesta parece sencilla: el público y la crítica son los que dan y quitan el reconocimiento. Pero hay que tener en cuenta que además de la música tienen otros elementos de juicio. Entre ellos están el gesto del intérprete, qué cara pone para tocar, el vestuario, qué se ha puesto para el concierto, y también podemos considerar por último el abrazo y el saludo final, directamente relacionado con la simpatía o no del artista o con la capacidad de agradecer el reconocimiento o la empatía con el público. Es decir, estamos hablando en buena medida de la faceta referida a la comunicación no verbal.

Yuha Wang

Cuanto más consumimos las interpretaciones de un artista, más reconocimiento tendrá, se trata de una mera cuestión cuantitativa, y cuanto más curioso nos parezca más lo consumiremos. Esto que parece sencillo implica una cantidad de factores en los que el público en general no repara, verbigratia: qué agente representa al artista, qué sello discográfico lo acoge, quién lo promociona, cuál es su historia personal, cuál es su curriculum, con quién ha tocado, dónde ha tocado y muchos otros más.

Un joven LangLang en el Carnegie Hall

Paso 1: el gesto del artista

El primer factor extramusical a considerar entre los que refiero me parece de particular incidencia en las posibilidades de triunfo de un artista, cual es: qué cara pone el artista, cuál es su gesto. El público empatiza más con artistas que acompañan la música con el gesto. Un gesto que subraya la dificultad o el sentimiento de la música. No importa el instrumento que toque, si un intérprete ‘pone caras’ tendrá muchas más posibilidades de que su arte sea reconocido.

Itzak Perlman

Parece que en la música clásica no existe tal valor de comunicación no verbal, frente al músico de rock o pop que basa su actuación en el gesto. En la clásica los tics y los gestos de los intérpretes le dan una dimensión distinta a la partitura. Cuando recordamos a un intérprete, muchas veces tenemos en la memoria su cara o algún tic. Desde la manía tarareadora de Glen Gould o su posición para tocar el piano, sentado casi a la altura de un escabel, a la dependencia de la partitura de Sviatoslav Richter.

Es notoria, por ejemplo, la observada exacerbación del gesto por parte de uno de los pianistas más mediáticos, Lang Lang. Algo que para algunos no es más que sobreactuación a la mayoría del público le entusiasma, como si fuera un ballet en el que los protagonistas son las cejas, los ojos y los labios o los brazos. Cuando yo estudiaba piano me decían que para el repertorio romántico había que mover mucho los brazos, como si volaras. Esto es particularmente llamativo en los directores de orquesta como el bailongo de Bernstein o el hierático de Richard Strauss, como se aprecia en sus grabaciones.

El recientemente premiado con el ‘Rubinstein’ Juan Pérez Floristán

Segundo paso: vestuario

Ha cambiado mucho la etiqueta en los conciertos. Incluso para el público, recuerdo que cuando ibas a butaca en el Teatro Real exigían llevar corbata a los hombres. ¡Que no se te ocurriera ir en vaqueros! Antiguamente, para los músicos el frac era insustituible, pantalón de franjas dobles, lazo blanco y zapato de charol, para los conciertos sobre todo de noche, aunque se usaba también la media etiqueta para las matinées y a veces smoking también para según qué actuaciones. Hoy hasta los más clásicos han prescindido de ello. La vestimenta se ha vuelto más informal, o por lo menos no está tan codificada, y ya se utiliza de todo, con trajes corte sastre, americanas alargadas, y camisas y lazos de extraños y diversos diseños. Salvo raras excepciones, como el director Peter Maag con sus levitas, antiguamente no se saltaba nadie la etiqueta. Es otra faceta de la comunicación no verbal a considerar.

Frac negro

La vestimenta ha evolucionado en el mundo de la música clásica, pero tan sólo para los solistas y directores. Le da cierta variedad al espectáculo, pero la tropa, la orquesta, sigue teniendo que mantener la uniformidad. En el grupo de la orquesta sólo se puede atravesar la barrera de la uniformidad en lo que a corbatas se refiere. Ahora, dejamos que los profesores elijan su propia corbata, siempre y cuando no caigan en la ‘borrachera del color’. Ambos elementos, caras y vestuario, combinados dan como resultado nuestro intérprete preferido. Cuando empezó Lang Lang vestía su frac clásico, pero ya empezaba a poner ‘caras’, a hacer gestos llamativos, como en este su primer concierto en Carnegie Hall de Nueva York. Según fue haciéndose conocido fue ampliando su vestuario y de la etiqueta clásica pasó a la fantasía con indumentarias que incluían algo más que chorreras en las camisas.

Katia Buniatishvili

En el caso de las mujeres, sin embargo, la variación en el vestuario se ha notado más. O menos, según se mire, ya que la etiqueta nunca ha exigido un uniforme, ni siquiera entre las profesoras de orquesta, salvo el negro preceptivo. En el caso de las solistas, sobre todo las cantantes, la variedad y el gusto las ha hecho siempre imprevisibles. A pesar de todo podríamos decir que el gesto es más sobrio que en los hombres, más recogido, lo cual no deja de parecer menos lógico, dada la mayor sensibilidad que es capaz de expresar la mujer en un escenario.

Si atendemos al vestuario, por otra parte, podemos observar que en la mujer ha llegado una época del vestido-fiesta, no precisamente largo sino más bien tirando hacia la media etiqueta o la casi nula. Las imágenes esparcidas vía internet pueden llegar a sugerir que la fama ganada por algunas intérpretes es debida más a un aspecto de la comunicación no verbal como es su indumentaria que a su capacidad para interpretar algo concreto. Los ejemplos son numerosos, pero me quedo con dos: la espectacular, gran pianista y siempre elegante Katia Buniatishvili y una exagerada, o exageradísima, Lola Astanova, de la que tampoco podría decir que llega al nivel artístico de la anterior. Lo cierto es que a la mujer solista le gusta mostrarse proponiendo el juego del aspecto acompañando a la obra, como en el caso de la china Yuha Wang o la rusa Lisitsa.

Lola Astanova

Finale: Thank you very much

Y al final del concierto queda el saludo, otro elemento de comunicación no verbal. El agradecimiento al público por el reconocimiento, con el aplauso. Aquí también se ve y se empatiza con algunos artistas. Cuando han terminado su concierto todo su cuerpo se relaja y vemos a la persona detrás del artista. Esa sonrisa de felicidad y esa mirada es la que humaniza al personaje. Aunque algunos siguen siendo igual de duros, como el caso de Gergiev, que sigue manteniendo esa dureza roqueña del gesto, aunque sea una de los directores más gesticulantes, facialmente quiero decir. Lo del palillo para dirigir en vez de la batuta es otro tema distinto, no en vano le llaman ‘la bestia’. En el otro extremo el tierno abrazo de un Pollini solista y su hijo director llenando la sala de sentimiento familiar. En directo es algo realmente emotivo.

Danielle y Maurizio Pollini

Bis / encore / propina

Cuando vemos la retransmisión de un concierto en la televisión hay una cuestión referida a este particular, que llama mucho la atención, cual es la capacidad de sudoración de los artistas. ¿Realmente el esfuerzo técnico-musical lleva a tamaña transpiración? Si no toda, sí una parte. La otra la proporcionan los focos necesarios para la obtención de una buena imagen, nítida y con calidad técnica para la grabación o retransmisión televisiva. Vemos a solistas y directores sudar como si hubieran corrido los 10K metros en pleno verano en Tokio.

Toradze y Gergiev

Eso hace un gesto de cansancio tremendo (sí, de nuevo la comunicación no verbal a escena). De paso los trajes y vestidos de los solistas se ven empapados como si se hubieran sumergido en una piscina. Pero aún queda lo peor, una vez terminado el concierto, si es con solista, queda el abrazo y el choca-manos impregnado de exudados. Realmente algo difícil de asimilar y que algunos tratan de evitar.

Danili Trifonov sudando la camiseta

Hasta la fecha la serie de entradas dedicadas a la música clásica escritas por Santiago Martínez Arias son las siguientes:

Santiago Martínez Arias

El sobrenombre define bien a Santiago Martínez Arias. Como cualquier personaje de extraña biografía profesional es difícil seguir su pista vital. Tiene altos estudios musicales internacionales y ello se evidencia rápidamente en su conversación. Inevitablemente también se comprueba que es experto en seguridad y defensa y doctor en relaciones internacionales, jefe de prensa editorial, profesor universitario, además de tener un pasado, lejano ya, como corresponsal de ‘El Independiente’ en Europa oriental. Más parece que sea un agente, y aunque su pasado pianístico fuera glorioso, sólo quedan los restos del naufragio. Ha representado a Stingray CLASSICA.

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