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Lampedusa es un claro ejemplo de lo que supone pertenecer a la categoría de Creadores cincuentópicos. Autor de una única novela, El gatopardo, ha pasado a la historia como un extraordinario literato.

Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896-1957) nació en Palermo. Era hijo de nobles e hijo único tras la muerte de su hermana de corta edad. Según subrayan los estudiosos, se trataba de una persona a quien le gustaba estar a solas en los palacios familiares, que prefería los libros a las personas y que pasaba buena parte de su tiempo leyendo y meditando.

Tras una vida en la que alternó los viajes al extranjero con la administración de las fincas familiares y el servicio a la patria (participó en ambas Guerras Mundiales), en 1953 comienza a frecuentar a un grupo de jóvenes intelectuales. En plena cincuentopía surge en su cabeza la idea de escribir una novela, con fuertes tintes autobiográficos, en la que se describiera el proceso de desintegración de aquel mundo que había conocido en su niñez.

En 1956 Lampedusa ha finalizado El gatopardo. Pero el libro es rechazado por distintas editoriales, circunstancia que le genera una considerable amargura. En 1957 se le diagnostica un cáncer de pulmón que provoca su fallecimiento en apenas meses.

Su novela se publica un año después. En 1959 obtiene el Premio Strega, el más importante galardón de narrativa de Italia, y se convierte en todo un hito para crítica y público. Aprovechando el éxito editorial salen a la luz algunos relatos y ensayos, todos ellos escritos como creador cincuentópico.

En 1963 Luchino Visconti dirigió la película del mismo nombre basada en la novela, convirtiéndola en todo un clásico. Queremos compartir con los cincuentópicos uno de los momentos más bellos del film: la entrada de Angélica (interpretada por Claudia Cardinale) en el salón del Príncipe de Salina (Burt Lancaster) ante la mirada de éste y de su sobrino Tancredi (Alain Delon).

 

Cincuentopía

«Dejadme aprovechar -escribió- el afecto que todavía hay en mí, para contar los aspectos de una vida atribulada y sin reposo, en la que la infelicidad acaso no se debió a los acontecimientos por todos conocidos sino a los secretos pesares que sólo Dios conoce».