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Cuentecillo de Navidad (primera parte)

Relato literario Cuentecillo de Navidad

Relato literario Cuentecillo de Navidad (primera parte)

 

Ambrosio había dormido mal aquella noche. Una cadena impía de pesadillas absurdas había plagado su castigado cerebro de imágenes desagradables que ahora, recién levantado, intentaba vanamente erradicar de sus recuerdos de plazo corto. Mientras se afeitaba cuidadosamente con la maquinilla dotada de cabezal ergonómico y doble filo, componiendo esas muecas tan tópicas en los varones en el afán de eliminar la barba en los más complicados rincones, sonreía bobamente mostrando su dentadura inevitablemente amarillenta en comparación con la irrefutable blancura de su crema de afeitar, al tiempo que continuaban persiguiéndole los recuerdos de sus malos sueños en forma inconexa, incrementando la sensación de absurdo de todos ellos pues le parecía recordar que en ellos había retrocedido a la adolescencia pero con sus actuales 48 años, ya que compañeros de trabajo y otros desconocidos se burlaban sin el menor rubor de su nombre de pila, Ambrosio, y le mandaban que sirviera los bombones redondos y envueltos en papel dorado, los cuales al abrirse resultaban ser moñigas de cabra sobrealimentada, y aquellos desagradecidos se los lanzaban a la cara culpándole de tan desagradable experiencia.

Cuentecillo de Navidad (primera parte)Él pedía auxilio desesperadamente y lo único que conseguía es que tres hombres y una mujer que parecían estar en un plató de televisión le miraran con los ojos en blanco y la faz inexpresiva, al tiempo que le prometían una Arcadia feliz si les votaba a cada uno de ellos para presidente de la comunidad de vecinos y se escupían entre ellos con salivazos láser. Uno de ellos se convertía por arte de birlibirloque en un afamado futbolista de abdominales pétreos y le invitaba a viajar con él en un avión privado en el que cientos de mujeres semidesnudas le sonreían y mostraban unas mellas espantosas de las que emergían babas de color verdoso, desprendiéndose con singular torpeza de sus sujetadores de flecos plateados y dejando al descubierto lo que resultaban ser tartas redondas de merengue coronadas por una guinda azulada, de la cual posteriormente nacía un pitufo gruñón que decía: “No soy feliz, quiero más mermelada de arándanos”, ante lo cual el afamado futbolista reía de forma estentórea, pero sus carcajadas resultaban ser un ulular interminable que se mezclaba en una suerte de extraño plano cinematográfico con una ambulancia de ocho ruedas conducida por una locutora del telediario que no hacía más que preguntar que cual era el camino para dirigirse hacia la República de Catalina la Grande.

Ambrosio se lavó la cara, frotándose las mejillas con inusitada energía, pretendiendo de tal manera despejarse y borrar de su mente las grises sensaciones de una noche de mal dormir y sábanas arrugadas. Era Nochebuena y si bien eso no le motivaba especialmente de por si, al menos gozaba de la perspectiva de unos días libres de fatigas profesionales en el despacho de abogados en el que prestaba sus encomiables servicios como especialista en Derecho Civil, subespecialista en lindes, deslindes, herencias e incapacitaciones. Como afirmaba con frecuencia, en su oficio gran parte del tiempo se perdía en escuchar hablar mal de la otra parte, fueran el cónyuge que pronto sería ex, el muerto que dejaba su herencia al gusto de unos y disgusto de otros, el próximamente incapacitado a saber por qué, el colindante que se había apropiado presuntamente de parte de unas tierras que no le pertenecían, e incluso de los profesionales defensores del otro que, a decir de los clientes, eran torpes, falsos, carentes de escrúpulos y hasta delincuentes. Ambrosio sabía que eso podía ser cierto en algún caso, pero también era consciente de que los ajenos podían calificarle a él con idéntica falta de piedad.

No puede decirse que Ambrosio fuera un hombre feliz, ni tampoco éste se consideraba especialmente desafortunado. Su matrimonio con la “zorra asquerosa”, como denominaba para si a su ex cónyuge Rosalía, resultó un espinoso camino intransitable poco después del enlace en la cotizada parroquia de Los Jerónimos. Bastaron unos meses para llegar a la conclusión cada uno de los contrayentes de que la otra parte era insufrible, insoportable e inepta. Las sonrisitas bobaliconas devinieron en miradas gélidas y reproches interminables, si bien en este punto dominaba absolutamente ella, quien poseía una extraordinaria habilidad para repetir hora tras hora una letanía inacabable de frases descalificantes para él en las que volcaba la desesperada decepción de sus expectativas. Quizás fuera éste el problema, siempre pensó Ambrosio. Las elevadas expectativas de Rosalía que, inexplicablemente, contaba con que la vida en común de ambos antes de iniciarse ésta sería un torbellino de pasión, arrobamiento intelectual y experiencias irrepetiblemente gratificantes.

Nada de eso pudo ofrecerle Ambrosio, un hombre decente, trabajador, medianamente inteligente, pero desprovisto de la más elemental brillantez en ningún aspecto. Jamás se sintió tan mediocre como en aquellos dos años y medio de matrimonio, en los que su compañera llegó a responsabilizarle hasta de la incapacidad para embarazarla. Incluso después de que un análisis de fertilidad, demostrara que el semen de Ambrosio era perfectamente normal. “Eso no quiere decir nada. No sabes, no sabes,…” le espetó entre rabiosa y sollozante Rosalía, hasta tal punto de que nuestro hombre acuñó un cierto sentimiento de culpabilidad por su falta de tacto, mezclado con la turbia inquietud de querer interpretar a qué se refería su mujer con aquello del no saber, hasta que en una paradoja más de la vida consideró que era mejor no saber lo que quería decir con no saber.

Cuentecillo de NavidadAsí se encontró solo Ambrosio desde los treinta años. Sin compañera, sin hijos, sin demasiadas ilusiones. Todos sus intentos de reencontrar alguien con quien compartir alegrías y duelos resultaron infructuosos. En las pocas citas que consiguió concertar en los dieciocho años posteriores a su separación, se puede afirmar que el balance había sido deprimente, a veces por lamentable y en ocasiones por desconcertante, como cuando intentó besar a Cándida, una estanquera de buen ver con la que había hecho buenas migas pese a jamás comprarle tabaco, quien reaccionó haciéndole una cobra ejemplar al tiempo que farfulló a media voz un mensaje moralizante en el que creyó entender que afirmaba que nadie mancillaría su cuerpo, que no era una cualquiera y que el Señor castigaría su desatino e inmoralidad.

Cinco años después de separarse consideró que era recomendable retomar la convivencia con sus padres y decidió invitarlos a compartir su espacioso piso, pero éstos declinaron cortés y taxativamente explicándole que estaban mejor cada uno en su casa y Dios en la de todos, y que cuando uno de los dos abandonara este mundo, ya verían si el superviviente se lo replanteaba para huir de la soledad, tan terrible a avanzada edad. Al morir su padre, Ambrosio también llamado, su madre María Virtudes había decidido irse a vivir con Nicolás, un viejo amigo viudo también y con el que hacía buenas migas, después de contraer nuevas nupcias como Dios manda, contando con el honor Ambrosio hijo de ser el padrino de la novia, y con el placer de degustar unos opíparos langostinos resecos con mayonesa de bote en la modesta e íntima celebración posterior en el pisito con calefacción central de Nicolás.

Concluye la primera parte del relato literario Cuentecillo de Navidad

Segunda parte del relato literario Cuentecillo de Navidad

 

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Jesús Pinar

Vano aspirante al conocimiento. Persigue alejarse de la concepción de una cultura pseudotrascendente. Escribe porque le satisface, procurando compartir de forma cómplice, sin más, su deformada visión lúdica de la realidad. [/author_info] [/author]

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