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Distintas formas de mirar el agua es una interesante novela de Julio Llamazares en la que, con su habitual competencia, combina la fábula moral, el lirismo formal y la reivindicación intrahistórica ante el desarraigo individual.

Julio Llamazares (1955) es un escritor que destaca por su versatilidad y su enorme capacidad de trabajo. Cuenta con una producción de la más variada índole generada a lo largo de casi cuatro décadas: desde su primer libro (el poemario La lentitud de los bueyes) hasta la actualidad ha pergeñado toda clase de obras que incluyen poesía, novela, ensayo, libros de viajes, cuentos, guiones cinematográficos y numerosos artículos periodísticos. Dado el elevado nivel de la inmensa mayoría de estos trabajos la necesaria conclusión es que nos encontramos ante un autor tan brillante como prolífico, dos circunstancias nada fáciles de encontrar en el panorama literario español.

Distintas formas de mirar el agua plantea una historia que, a primera vista, pudiera resulta trivial: los últimos momentos antes de depositar las cenizas de Domingo, patriarca de una saga procedente de la localidad leonesa de Ferreras y afincada en una yerma laguna de la provincia de Palencia, en las aguas del pantano donde una vez estuvo ubicado su pueblo (y el de su familia). Para conformar la novela el autor recurre al monólogo interior de los más allegados al difunto: su esposa, cuatro hijos y cónyuges y nietos.

Pero es libro es bastante más: es un canto emocionante (también emocionado) a un conjunto de personas que en su momento se vieron despojados de cuanto tenían y arrojadas lejos de su hogar, en un episodio que hasta el momento ha sido poco tratado por los estudiosos de la historia de España; y es también una hermosa reflexión moral sobre las siempre complejas relaciones familiares, sobre la dificultad de expresar los más tiernos sentimientos a los seres queridos, sobre la irreversibilidad del paso del tiempo y su impacto en las personas y en los objetos.

La prosa de Julio Llamazares siempre suena lírica, musical, incluso bucólica. En todos sus escritos resuenan de manera indefectible los dos primeros versos de su ópera prima anteriormente citada La lentitud de los bueyes: “Nuestra quietud es dulce y azul y torturada en esta hora. / Todo es tan lento como el pasar de un buey sobre la nieve. Todo tan blando como las bayas rojas del acebo”. Distintas formas de mirar el agua no es una excepción a tal planteamiento, lo que dice bastante de la solidez del universo creativo del escritor.

Ese mismo tono, en ocasiones levemente elegiaco y nunca exento de una mirada plena de agudeza, hace que conforme leemos las páginas del libro nos venga a la memoria lo escrito por Walt Whitman en Susurros de la muerte celestial, incluida en su celebérrima Hojas de hierba: “Quicksand years that whirl me I know not whither, / Your schemes, politics, fail, lines give away, susbstances mock and / elude me, (…) / When shows break up what One’s-Self is sure?” (Años como arenas movedizas que me arrojáis no sé hacia dónde / vuestros planes y políticas fracasan, vuestros trazos se desvanecen, las sustancias de burlan de mí / y se me escapan, (…) / Cuando el espectáculo concluye ¿qué hay seguro sino el Propio Ser?).

Estamos ante una novela que se lee con rapidez y facilidad, lo que en absoluto resulta sinónimo de futilidad o falta de calidad literaria. Su estructura quizá resulte un tanto convencional y previsible pero no deja resquicio alguno para el titubeo narrativo. Por todo ello puede ser una excelente manera de adentrarse en la obra de este notable creador.

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Julio Llamazares. Distintas formas de mirar el agua. Alfaguara.

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David Parra

Especialista en nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones aplicadas al ámbito del periodismo. Ha publicado alrededor de diez libros y más de treinta artículos en revistas científicas. Le gusta leer.