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El abuelo Tomás y familia, un relato de mi juventud

Aún afloran a mi rostro gruesos lagrimones cuando revivo aquella inigualable Nochevieja de 1987. Mi singular familia, en su inevitable pluralidad, se reunía en la casa de los abuelos Tomás y Merceditas (siempre fue Merceditas, anclada en el diminutivo cariñoso hasta el final de sus días). Mi madre Merche (el caso era no llamar Mercedes a nadie) era la mayor de los cinco hermanos, y por tal condición se veía obligada a coordinar de mala gana los festejos que se celebraban tumultuosamente a lo largo del año. A saber, el cumpleaños del abuelo, de la abuela, el aniversario de bodas cada 18 de septiembre, la cena de Nochebuena y la de Nochevieja, siendo ésta la estrella indiscutible pues ahí estábamos todos. Afortunadamente las efemérides que atañían a los 16 primos (sí, entonces lo del envejecimiento de la población aún no amenazaba tan ostensiblemente el sistema público de pensiones), así como las de los hermanos y sus cónyuges, se celebraban parceladamente, más que nada para evitar suicidios colectivos, restando sólo los dos menores, Alberto Luis y Alejandra, por ratificar sus firmes convicciones religiosas con la llegada de la primera comunión y los correspondientes banquetes en los que siempre el tío Manolo bebía hasta los límites de lo inhumano y acaba cantando “Que bonito es Badalona”, siendo, como era, natural de Plasencia, provincia de Cáceres.

La responsabilidad organizativa de mi pobre madre implicaba indefectiblemente numerosas comunicaciones telefónicas con sus cuatro hermanos, ante el evidente mal humor de mi señor padre, dado que entonces aún no se habían inventado las tarifas planas, y menos aún los mensajes instantáneos gratuitos. Esa comunicación supeditada a la factura de Telefónica acarreaba también indiscutibles ventajas, tales como la de que cuando la familia se reunía tenía cosas que contarse y chistes que narrar con mayor o menor acierto, circunstancia hoy imposible dado el estado de hipercomunicación en el que nos movemos hasta el hartazgo, y que conduce a que cuando nos vemos las caras tenemos que recurrir al fútbol o a la política para impedir que legiones de ángeles regordetes nos arrollen mientras desgranamos con desgana conversaciones que se tornan incómodas. Ocioso resulta añadir que era mi tío Manolo el que se encargaba de amenizar, con un voluntarismo encomiable, aquellas reuniones antes de que el alcohol restringiera su memoria RAM, y nos ilustraba con sus vastos (a veces bastos) conocimientos de la sabiduría popular encarnada en cientos de chistes, los cuales, curiosamente, a quien más hacían reír eran a él mismo, cautivo de su propio talento narrativo, hasta tal punto de que cuando se entregaba en cuerpo y alma a dicha tarea necesitaba parar cada diez minutos para acudir al cuarto de baño porque, según afirmaba, se meaba de la risa. Años más tarde descubrimos que en realidad sus problemas de próstata coadyuvaban indiscutiblemente a la descrita necesidad de escanciar intermitentemente su vejiga en el sanitario Roca (azul celeste) de mis abuelos.

Antes de acometer el relato de lo sucedido en aquella Nochevieja inolvidable, considero oportuno describir a grandes trazos y someramente al resto de los componentes de la unidad familiar, sin descender a mis primos pues ello me abocaría a escribir durante largas horas y confieso que la pereza es una tela de araña en la que me dejo atrapar subyugado por la impagable serenidad que conlleva…, o sea que soy demasiado vago para eso. Mi madre encabezaba la prole que completaban dos hombres y dos mujeres más. Mi tío Tomás (se ve que lo de los diminutivos sólo se aplicaba a las féminas en este ámbito) era el segundo, nacido dos años después de la primogénita. Hoy en día se le habría podido catalogar como un ejemplo de emprendedor, que entonces era una palabra que aún no había adquirido protagonismo, aplicándose otras menos adaptadas al moderno y estúpido diccionario de lo política y socialmente correcto o conveniente, tales como empresario u hombre de negocios. Y a fe que lo había sido, pues acometió con notable ímpetu al menos quince o veinte aventuras en el proceloso e inhóspito mundo del emprendimiento, siendo el resultado de todas ella el mismo: Un fracaso absoluto. Él achacaba su infortunio a la incomprensión ajena, a la confabulación de los astros en su contra (no reprochaba nada a Dios, porque no quería ser tachado de ateo ingrato), o a que la Diosa Fortuna jamás le mostró su rostro; mientras que los demás argumentaban que más bien era su falta absoluta de inteligencia y talento la que le lastraba impíamente. La tercera de los hermanos era Soledad (Sole para la familia, claro), de quien nada puedo destacar pues era insulsa, desabrida, simple, avariciosa y antipática hacia todos, salvo con su marido Manolo, al que adoraba incluso cuando cantaba “Que bonito es Badalona”, y al que le depilaba pacientemente los pelos de las orejas todos los sábados antes de la hora del aperitivo con el inútil afán de mejorar su imagen, constituyéndose sin saberlo en una precursora desconocida del potenciamiento del varón metrosexual. No entraré en más detalles sobre cómo eran los pelos de las orejas de mi tío Manolo, mas no me resisto a añadir que hoy, anciano y sin la Sole con sus pinzas, apenas posee capacidad auditiva por las selvas enmarañadas que le adornan ambos flancos, no obstante lo cual aún canta alegre y desafinadamente “Que bonito es Badalona” cuando las monjas de la Residencia organizan algún festejo con botellas de sidra o vino dulce de por medio.

La cuarta de los hermanos era Remedios (…, claro que sí, Reme), conocida como la intelectual de la familia pues había conseguido estudiar una carrera y servirse de ella para ganarse la vida con notable suficiencia, concretamente regentando una farmacia en un barrio medio alto de la capital de las Españas. Además de ello era la que más agraciada había resultado en el caprichoso reparto de los genes, pues poseía junto con su inteligencia y férrea voluntad una belleza, si no deslumbrante, sí al menos insultante con respecto al resto de la prole, y eso lo sabía ver hasta yo siendo consciente de que mi madre, resultona y graciosa, estaba a años luz de su hermana menor. Se había casado con el tío Fermín, dueño de dos zapaterías prósperas, y ello había acabado de granjearle la envidia más insana posible del resto de la familia, si bien siempre les quedaba el consuelo de criticar lo mal educados que estaban los seis hijos que había parido la boticaria perfecta y que no habían conseguido estropear la figura de ésta.

Para concluir me referiré al pequeño de los hermanos, mi tío Francisco (nunca fue Paco), trabajador de banca desde que entrara de botones, sin jamás aspirar seriamente a llegar mucho más lejos, pues su incuestionable voluntad de servicio e interés por agradar a sus superiores, siempre debió de chocar con sus parcas aptitudes laborales y sociales, ya que no sólo era bastante torpe para digerir información y aplicarla a sus tareas, sino que contaba con una deficiencia comunicacional irreparable, pues era incapaz de hilar sus pensamientos (tampoco demasiado brillantes) con la capacidad de exteriorizarlos dignamente, lo cual le había inhabilitado siempre para la atención al público, y consecuentemente, para asumir responsabilidades ni siquiera medianas. A cambio de su mediocridad, mi tío Francisco era generoso, bondadoso e incapaz de generar conflicto alguno, lo que le procuraba muchos afectos y algunos desprecios.

El mayor problema que se presentaba con aquellas celebraciones familiares era el concerniente no tanto a la organización previa de la que se encargaba diligentemente mi madre, con la desapegada colaboración de su hermana Reme, como el que atañía a la infraestructura e intendencia que era necesario desplegar. La casa de mis abuelos era grande, y afortunadamente el salón era un espacio que en cualquier otro momento se antojaba desahogado y abierto, pero ante la irrupción de los 28 comensales presentes parecía convertirse en una covacha asfixiante. En un alarde de ingeniería práctica y de adaptación a las circunstancias, mediante la correspondiente distribución en la cocina de los 10 primos menores, y el reparto ajustadísimo de las dos mesas habilitadas en el comedor y las sillas propias y prestadas para la ocasión, se conseguía aprovechar cada milímetro exhaustivamente, si bien resultaba a veces complicado utilizar ambos brazos, sobre todo para los niños y jóvenes a los que nos regalaban un espacio aún más restringido, como si nuestras anatomías fueran moldeables a nuestro antojo y como si el hecho de colocarnos de medio lado no nos procurara inconveniente alguno. De esta manera, con el paso de los años habíamos adquirido todos, menos mi tío Francisco, una mediana habilidad para utilizar los cubiertos con una sola mano, permaneciendo la izquierda semioculta a la expectativa de algún hueco tan inesperado como fugaz que era aprovechado de inmediato, más que nada para evitar que se durmiera tal extremidad constreñida en su forzada inmovilidad.

Aquella noche todo parecía ir bien. Habíamos dado buena cuenta de los numerosos aperitivos de toda índole y mediocre calidad, salvo los incorporados por Reme la boticaria, a la que, según comentaba su hermana Sole, le encantaba restregar su poderío cruelmente en familia, y en esta ocasión había aportado unos excelentes langostinos, sabrosos y frescos a no más poder, olvidando como cada año las tremendas dificultades que implicaba proceder a su pelado con una sola mano sin que los churretes rosáceos adornaran más de una camisa y algún discreto escote. Este detalle tampoco escondía mayor importancia pues todos habíamos asumido con el peso de la experiencia que los tíos Manolo y Francisco acababan las Nocheviejas, y cualquier otro festejo, con sus ropas moteadas graciosamente con infinitas manchas de heterogéneas procedencias. Tampoco sobrevivió resto gastronómico alguno del cordero asado y las patatas panaderas que completaron el menú, elaborados paciente y eficazmente por la abuela Merceditas, con el inestimable apoyo de mi maravillosa madre.

Conforme al programa tantas veces ensayado y repetido con el paso de las sucesivas Nocheviejas, después de degustar los típicos productos navideños como postre y culminación al festival del yantar desmesurado, cerca de las doce de la noche, tras retirar entre las mujeres y los niños (por entonces buena parte de los hombres aún actuaban como una casta ajena a labor doméstica alguna) todos los restos apiñados tras la cena, y después de apartar las mesas, los participantes en aquel ritual de excesos se apresuraban a ocupar cada uno su porción de sofá o su silla, lo cual siempre generaba conflictos pues los menores pretendían obstinadamente situarse a escasos centímetros de la pantalla de televisión año tras año, sin caer en la cuenta de que al final jamás obtenían el fruto perseguido, resultando relegados inevitablemente a los rincones menos atractivos del apiñado salón.

He repasado durante años las imágenes archivadas en mi memoria de aquel evento que marcaría de algún modo nuestras vidas, y merced a ello he logrado recordar que mi abuelo Tomás parecía particularmente desatado esa Nochevieja del 87. Posteriormente atribuí tal actitud a una especie de premonición que habría alertado sus sentidos y quizás le compeliera a actuar en manera ciertamente desmesurada, pues lo cierto es que un hombre de discretas actitudes, parco en el comer, en el beber y en la alegría, en aquella ocasión había engullido como si su estómago se hubiera dilatado monstruosamente, había bebido como si el alcohol fuera su combustible vital, había reído bobamente cada uno de los chistes del tío Manolo, había intentado decir “Pamplona” en tres ocasiones con la cavidad bucal atestada de mantecados de la Estepeña, había estallado en carcajadas ciertamente escandalosas mostrando repetidamente su muela de oro, y había intentado bailar con su mujer Merceditas infructuosamente, pues tal actividad no estaba programada hasta después de las campanadas, y “cada cosa a su tiempo y más vale que dejes de empinar el codo que te va a sentar mal”.

En la tele ya se había terminado con los insufribles resúmenes informativos de los acontecimientos del año, y que para variar había inundado de desasosiego los hogares patrios rescatando imágenes de terribles desastres naturales, masacres terroristas en territorio español, descollamientos de futuros grandes líderes políticos como Hernández Mancha, constataciones de venideros desastres naturales ocasionados por un agujero en la capa de ozono que se acababa de descubrir, o la aún recordada subasta en la que se vendió el cuadro de Van Gogh “Los Girasoles” por una suma inmoral y paradójica, teniendo en cuenta además que el autor había muerto arruinado y desorejado, lo que sin duda había ayudado a forjar el mito y a enriquecer a gentes que no habían creado nada interesante en la vida.

El abuelo Tomás chasqueaba sus dedos con un sentido del ritmo cuando menos discutible, al tiempo que tarareaba “trilolilo, trilolilo, tralarí”, sin que ninguno de los presentes reconociera, no ya la letra evidentemente, sino la melodía en que basaba su espontáneo concierto adornado con ojillos brillantes, a juego con su muela de oro, de tal manera que resplandecía y se había convertido, para pesar del tío Manolo, en el foco de la atención, entre atónita y condescendiente, de los presentes. Llegaron las campanadas, y no hubo incidentes reseñables en el acto de ingerir las 336 uvas pacientemente distribuidas en los 28 receptáculos al efecto, salvo los habituales e inevitables tales como las risillas flojas de los más jóvenes que siempre afloraban en ese singular trance sin motivo aparente, así como los comentarios entrecortados de la abuela Merceditas a la que cada año le parecía que sonaban más rápidas dichas campanadas acumulando un retraso que crecía en franca progresión según avanzaba en edad.

Con la llegada de 1988 se repitieron los abrazos de cada año, asfixiantes o con elegante desmayo según sus protagonistas, y los besos sonoros en las mejillas o al aire (muass, muass), así como el siempre agradecido sonido del descorche de las tres botellas de cava y las otras tres de sidra (“a mí donde esté la sidra que se quite el champán” repetía inflexiblemente mi tía Sole en cada celebración) recién extraídas del rebosante frigorífico de los abuelos. Los más niños botaban desenfrenadamente aprovechando al máximo aquellos instantes de laxitud en la vigilancia paterna, aquel paréntesis en el parecía abrirse la veda a comportamientos normalmente reprobados, mientras todos se repetían “¡Feliz año nuevo!” con un entusiasmo y sentimientos irreprochables, y hasta el parco tío Francisco parecía poseído por una inagotable alegría, si bien es cierto que diez minutos más tarde ya estaba agotada.

Habría sido una Nochevieja más. Quizás incluso de las más redondas, pues ningún niño había llorado ni sorprendentemente se habían generado peleas estúpidas entre los menores sudorosos y con la faz enrojecida. Tampoco habían aflorado comentarios desafortunados o hirientes entre los mayores. No se produjo problema gastrointestinal de relevancia, salvo los inevitables gases que cada uno sobrellevó o expulsó con la mayor dignidad y discreción posibles, y hasta el tío Manolo había colaborado en la medida de lo posible ya que aún no había empezado a cantar “Que bonito es Badalona”… Pero no iba a ser una Nochevieja más, hasta tal punto que se nos marcaría a todos ineludiblemente en la memoria sin poder evitar recordarla aún hoy cuando se repiten las campanadas de final de año.

Concluida la efervescencia propia de las felicitaciones, así como de las burbujas de las bebidas asociadas a la celebración, una vez muertas de éxito ambas, se pasó sin dilación al siguiente estadio conocido en la ceremonia de la ingenua celebración del nuevo año, que no era otro que el de la calma, el agotamiento por faena y festejo, y la breve concesión a la pequeña pantalla para atisbar alguna de las estelares actuaciones enlatadas que regaban aquellos entrañables especiales plagados de grandes figuras que alternaban viejas glorias con fulgurantes estrellas de entonces. Nadie podía imaginar hasta qué punto se alargaría la noche cuando parecía que languidecía como cada año y que poco después de la una cada mochuelo regresaría a su olivo, para consuelo de mi abuela Merceditas, con la excepción de los jóvenes mayores de edad que acudiríamos en principio a algún atestado local en el que no se podría bailar, no se podría hablar y no se podría … Nada, no se podría nada.

El abuelo Tomás y el tío Manolo habían confraternizado a aquellas alturas como nunca antes lo habían hecho, pues en realidad al anciano su yerno le había parecido siempre un soplagaitas, mientras que para éste su suegro era un erial de seriedad amarga incapaz de sonreír ante sus chascarrillos inconmensurablemente divertidos. Pero aquella noche iba a ser diferente hasta para eso, y ambos bailaban con sus manos entrelazadas firmemente al son de las melodías machaconas que nacían del televisor, entre lentejuelas, ombligos al aire y sonrisas acartonadas. Mi abuela Merceditas observaba la escena con una evidente preocupación que exteriorizaba con comentarios destinados a socavar la moral inquietantemente marchosa del abuelo en aquel día, tales como “Para ya, que te vas a hacer daño, y no nos faltaba más que eso”, o “¡Ay Tomás!, haz el favor, que menudo ejemplo le estás dando a tus nietos”. Sin embargo eran sus nietos, incluido el mayor que es quien les habla, los que más encantados se mostraban con la inédita vena juerguista desatada aquella noche por el normalmente adusto patriarca, de tal manera que jaleábamos su impericia bailarina entre divertidos y burlones gritos de ánimo, hasta tal punto que el tío Manolo, consciente de su subyugación ante el protagonista, intentaba recuperar la ansiada atención realizando piruetas y contorsiones tan inútiles como carentes de garbo.

El espectáculo se alargó durante al menos veinte minutos, para asombro de los presentes hasta que al fin la endeble resistencia del abuelo capituló ante el agotamiento y optó por abandonarse a su sillón orejero, donde nadie por supuesto había osado sentarse mientras duró la exhibición bailona. El tío Manolo, fatigado y frustrado, también se había retirado a la pequeña silla de mimbre desvencijada, última opción para tomar asiento por la poca seguridad que ofrecía en su bamboleo irregular.

Las mujeres prestaban menos atención a lo que ofrecía la caja tonta y realizaban interesantes consideraciones sobre lo jugoso que había salido el cordero o la brillante idea adoptada desde hacía años de cambiar estos días las servilletas de hilo por las de papel.  “Acabaremos bebiendo en vaso de plástico, ya lo veréis”, afirmaba, visionaria como siempre, la simpática Sole. Alguna boca comenzaba a abrirse y se intuía ya el final de la velada. Incluso me pareció que mi tía Reme, siempre la primera por aquello de los niños chicos, iniciaba un lánguido movimiento destinado a ponerse en pie y reclamar la atención de sus criaturas con la intención de emprender la retirada. Pero entonces sucedió.

Es verdad que yo apenas fui consciente durante los primeros segundos pues me hallaba abducido justamente en aquel momento por la actuación televisiva correspondiente, pero enseguida salí de mi burbuja para realizar una inmersión brusca en la cruel realidad. El abuelo Tomás, justo ahora que estaba por fin tranquilo, apaciblemente sentado en su sofá, e incluso próximo a dormitar en breve según había constatado yo hacía unos minutos, acababa de desplomarse cuan enjuto era sobre la alfombra de simpáticos trazos geométricos que aislaba del frío de las baldosas de terrazo moteado de grises.

Varios ¡Ay Dios Mío! y ¡Ay, el abuelo, el abuelo…! sirvieron de acompañamiento coral y compungido a tan dramática situación. Mi pobre abuelo Tomás seguía vivo pues, lejos de permanecer inmóvil, era víctima de unos espasmos no demasiado violentos pero evidentes y que conseguían hacer temblar cada músculo de su cuerpo incontrolado. Habían transcurrido apenas unos segundos desde la caída del sofá a la alfombra, desde el declive de la celebración al apogeo de la tragedia, y ahora la abuela Merceditas sollozaba “¡Ay, que se me muere, que se me muere!”. Mientras mi madre agarraba el teléfono y pedía una ambulancia, mi tía Reme, con la autoridad moral propia de su vinculación al sector sanitario, procuraba atender en lo posible al moribundo, desabrochando el cuello de su camisa, dándole aire, vigilando que no se tragara o mordiera la lengua (pobre, él que se arrepentía de haberse mordido demasiado la lengua a lo largo de su vida…), y dándole masajes cardíacos pese a que parecía respirar, eso sí con dificultad, pero aquellos ojos perdidos y el sudor frío que acompañaban a sus movimientos eléctricos, hacían presagiar lo peor.

Con el paso de los larguísimos minutos de tensión insoportable, el abuelo Tomás cesó en sus espasmos, pero no en sus sudores y en su fatiga respiratoria. Las miradas entre la madre y los hermanos no escondían la desesperanza, rogando porque cuando llegara la ambulancia, mal día para morir, no fuera demasiado tarde. Y no lo fue. El sonido de la luz llegó a través del telefonillo pulsado por el tío Fermín que había bajado a controlar cuando llegaban los refuerzos médicos, a los que orientaría para llegar cuanto antes al domicilio. Fue entonces cuando yo, que me hallaba junto a mi abuelo, noté que me quería decir algo, más que nada por sus ojos implorantes y la acción de su mano derecha invitándome a acercarme a sus oídos. Apenas pude escucharle, entre la fatiga que le condenaba y el jaleo circundante, pero adiviné algo parecido a una letanía pues consistía en únicamente una palabra que en ese momento no pude traducir, repetida absurdamente hasta el paroxismo.

Pues no. Mi abuelo Tomás no murió aquella noche, sino tres años y medio después víctima de su ancianidad y de una neumonía que se adueño calmosa e implacablemente de él. Simplemente necesitó permanecer unos días en el hospital, tras los que le dieron el alta después de confirmar que no había sufrido daños cardíacos y que debió de ser un ataque de origen nervioso provocado por los excesos, el alcohol y la situación de estrés. Con todo ello, en la familia jamás olvidamos tan amargo día, si bien es cierto que ya a la Nochevieja siguiente mi tío Manolo volvió a interpretar tan desafortunadamente como siempre “Que bonito es Badalona”.

Para terminar desvelaré el secreto que durante largos años he mantenido a buen recaudo en el interior de mi conciencia y vergüenza torera, pues aunque es cierto que anduve seguro de que jamás lo descubriría, hoy en día, una vez entrado en la cincuentena, vacunado de espantos y mucho más comprensivo con las debilidades propias y ajenas, considero que no hay pretexto que ampare una autocensura tan burda. Comenzaré confesando que cuando el abuelo cayó a tierra fulminado, como ya adelanté líneas atrás, yo tardé en reaccionar porque me hallaba subyugado por las imágenes impactantes que emanaban del televisor alemán a color de 28 pulgadas, orgullo tecnológico y signo de prosperidad de mis mayores. Ante mis ojos atónitos de veinteañero revolucionado hormonalmente se sucedían los brincos salvajes y bamboleantes de una joven italiana llamada Sabrina, que interpretaba, auxiliada por el playback, una machacona canción en inglés a cuya calidad artística nadie prestaba la menor atención porque, como es archisabido, en medio de aquel fragor coreográfico de la morena y bella transalpina, sus escuetas ropas cedieron ante el ímpetu irrefrenable de aquellos pechos rebosantes, hasta tal punto que parte de sus pezones quedaron al aire ante el general asombro y el parcial y callado aplauso. Justo cuando se desencadenaba tal espectáculo confluyó en el culmen de aquella singular noche el catacrok del enjuto patriarca contra la alfombra moteada de migas y pequeños restos alimenticios.

Cuando los sanitarios desaparecían por la puerta llevando al abuelo Tomás hacia el hospital, entre las carreras de los hijos que discutían atropelladamente sobre quienes debían acompañar a la ambulancia y aquellos a los que correspondería hacerse cargo de los más jóvenes, y antes de asumir mi condición de primo mayor y presuntamente responsable, una luz se encendió súbitamente en mi interior, por lo general acostumbrado a las tinieblas, consiguiendo identificar aquella palabra que mi abuelo había repetido en una letanía monocorde y aparentemente absurda. Era un vocablo inglés y la dificultad comprensiva me vino dada, aparte de por mi natural torpeza, por la nefasta pronunciación del doliente. “Boys, boys, boys,…, boys, boys, boys,…, boys, boys, boys, … ).

Con la aclaración del mensaje proveniente del padre de mi madre, también obtuve el premio de la comprensión a lo que le había sucedido al mismo. Probablemente en directa relación con los abusos irreflexivos de aquella noche, la visión de la despampanante anatomía de la joven y altamente atractiva artista había ocasionado un shock, afortunadamente reparable, al arrollar impetuosamente la fina sensibilidad de mi abuelo, el cual sólo había visto carne fresca femenina de soslayo en las películas emitidas en los últimos años, antes de que mi abuela Merceditas, decentísima y que jamás se quitó el largo camisón, tuviera tiempo de cambiar el canal rezongando ante la inmundicia moral de aquellos demoníacos tiempos.

En los tres años y medio posteriores que aún le restaban de vida, el anciano Tomás jamás me hizo mención alguna de lo sucedido aquella noche, salvo su afirmación repetida de “que malito me puse…, me vi muerto y enterrado”. No sé si no lo recordaba o no quería recordarlo, y nadie más en la familia pareció alcanzar la clave de tan angustioso trance. Yo respeté lo que en el fondo consideré una debilidad que me inspiraba ternura y hasta simpatía, si bien reconozco que en un acto de leve perversidad propio de mi insultante juventud de entonces, disfruté insanamente al comprobar cómo se ruborizaba mi abuelo unos meses después cuando, sin testigos de por medio, canturreé distraídamente el Boys, boys, boys, mientras me contoneaba con escaso arte pero muy burlona intención…

Y confesaré para finalizar que aún hoy, muchos años después, y con las canas adornando mis cabellos algo escasos, todavía me estremezco cuando, con el auxilio del YouTube, revivo aquellas imágenes que marcaron a muchas gentes de distintas procedencias y generaciones, y yo sonrío placenteramente y pienso con alegría en mi abuelo y en aquellas noches tan insoportables como únicas.

FIN

Nota del Autor: Un 6,5. (Siempre he sido muy autocondescendiente).

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