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Hay libros tan buenos que todo lo que se diga sobre ellos parece estar de más. Tal es el caso de El hijo de César, del escritor estadounidense John Williams. Publicado originalmente en 1972, llegó al mercado castellano parlante en 2008. Visto el nivel del texto la espera de casi cuatro décadas ha merecido la pena.

¡Qué delicia es poder reseñar una obra como El hijo de César (en su original, simplemente Augustus)! John Williams holla desde la primera hasta la última página de la novela la senda de la excelencia literaria con este portentoso análisis del ser humano.

Porque, en efecto, este libro no es una biografía al uso sobre el emperador Octavio ni siquiera un sucinto relato sobre una etapa del Imperio Romano. El autor toma como pretexto un determinado momento histórico (junto a un apasionante conjunto de personajes) para realizar una honda disección del comportamiento humano, de sus temores y anhelos, de sus incertidumbres y convicciones, de sus vicios y virtudes…

El hijo de César adopta la forma de novela epistolar, una fórmula de tremenda complejidad que sólo pueden llevar a buen puerto escritores que aúnen una técnica exquisita con una singular perspicacia (son abundantes los casos de enormes fiascos como consecuencia de una deficiente utilización de estas posibilidades).

John Williams posee ambos atributos (una acreditada sabiduría narrativa y un hondo conocimiento del género humano) y ofrece muestras de su magistral prosa en el conjunto de cartas donde asoman personalidades como Julio César, Octavio Augusto, Marco Antonio, Tiberio, Bruto, Marco Agripa, Mecenas, Horacio, Virgilio, Cicerón, Julia, Livia, Estrabón de Amasia, Nicolás de Damasco, Cleopatra, Epímaco…

Partiendo de un listón muy elevado, el libro va in crescendo conforme pasan las páginas. John Williams se embarca en un muy arriesgado ejercicio de funambulismo literario y sale plenamente airoso del trance. Si las reflexiones de los comienzos de Augusto como personaje público son magníficas, las páginas finales en las que el emperador reflexiona sobre su indefectible decadencia vital e institucional resultan portentosas. Y qué decir de las cuitas familiares, de los dimes y diretes oficiales, del fulgor presente en las mil y una batallas narradas.

La estructura formal de El hijo de César es fabulosa. Cada retazo de texto seleccionado por Williams engarza con el siguiente de manera irreprochable, todas las piezas del rompecabezas encajan a la perfección. El conjunto de su engranaje está tan bien engrasado que la lectura se hace fácil y cómoda pese a la notable complejidad de las ideas vertidas.

John Williams (1922-1994) supone una prueba fehaciente de que cantidad y calidad son dos magnitudes completamente distintas en el ámbito de la literatura. Hasta donde conozco, su obra se compone tan sólo de dos libros de poemas (The Broken Landscape y The Necessary Lie, ninguno de ellos traducido al castellano) y cuatro novelas (la quinta, The Sleep of Reason, quedó inconclusa debido a su fallecimiento aunque algunos de sus fragmentos se publicaron a comienzos de los años ochenta): El hijo de César, Stoner (ya reseñada en Cincuentopía), Butcher’s Crossing (sobre la que prometo publicar un análisis antes de fin de año) y Nothing But the Night (su opera prima que, hasta el momento, tampoco ha sido traducida al español).

John Williams dedicó cinco años a la escritura de El hijo de César. Cuando concluyó el libro había entrado ya en plena edad cincuentópica, un motivo adicional para leer con detenimiento esta portentosa novela por la que obtuvo el National Book Award. ¡Bienvenidos a su excelso universo literario del que todos podemos formar parte!

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John Williams. El hijo de César. Ediciones Pàmies.

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David Parra

Especialista en nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones aplicadas al ámbito del periodismo. Ha publicado alrededor de diez libros y más de treinta artículos en revistas científicas. Le gusta leer.