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El retrato

El retrato de Mar Andrade

A mi querida amiga Mercedes Martínez.

Por estos treintaytantos años de extraordinaria amistad. Con el deseo de que sigamos compartiendo tantos estupendos momentos otros treintaytantos años más… por lo menos)

Con todo mi cariño,

Mar

EL RETRATO

  • “Buenos días”-saludó en el pasillo.
  • “Buenos días”-contesté casi cuando había pasado.

 

Aranzadi Repertorio Cronológico de Legislación (Fuente: Todocoleccion.net)

Me volví a mirarle antes de entrar en mi despacho. Inexplicablemente, había desaparecido en un pasillo tan largo. Vi que entraba una compañera.

  • “¿Has visto a ese hombre tan estrafalario?”-pregunté.
  • “¿Qué hombre?”- respondió.
  • “Te has tenido que cruzar con él” -comenté extrañada.
  • “Yo no he visto a nadie”,-zanjó la cuestión dándome con la puerta en las narices. Siempre tan amable, pensé.

Supuse que sería una visita de algún asesor del Bufete. No obstante, pasé el día trabajando sin volver a acordarme de él.
A la mañana siguiente, volví a encontrármelo en el mismo lugar, en el lugar exacto donde nos habíamos cruzado el día anterior. Volvió a saludarme correcto, amable. Devolví su saludo con una sonrisa y un “buenos días, ¿qué tal está?”. Me volví, una vez más, con intención de mirarle detenidamente; miento, más bien, de fisgarle a mi antojo, pero desapareció igual que llegó. “¡Caray! –exclamé- ¡pues sí que es extraño!” –volví a exclamar. No me molesté en preguntar a la misma compañera que justo llegaba en ese momento, sabiendo su respuesta y su cariñosa reacción.
Del poco tiempo que mi retina pudo verlo, observé en él a un hombre peculiar; alto, con buena presencia; ¡qué digo buena!, ¡estupenda!; muy aseado, de barba blanca y luenga que se enredaba en el alfiler de su corbata. Iba vestido muy elegante, al uso del siglo pasado; lucía monóculo en el ojo izquierdo que, a duras penas, sostenía frunciendo el ceño y colgaba de una cadena de oro sujeta al bolsillo de su chaqueta.

  • “Maite, ¿quiere pasar, por favor?”-llamó el jefe por teléfono.
Man with Monocle, de Alice Pike Barney (Smithsonian American Art Museum (United States)

Es siempre exquisito en el trato. Gracias a Dios no me ha tocado un tarugo sobreactuado, porque me pagan muy bien y me tendría que haber marchado. Tenía que dictarme los extremos de una demanda que no viene al caso comentar. Fue entonces cuando vi por primera vez su retrato. Estaba sentado en una silla de época, no sé de cuál; ni soy anticuaria ni historiadora, y tampoco me preocupan unos siglos más allá que acá. Llevaba algo más de cinco años entrando y saliendo de su despacho y no reparé hasta aquel mismo instante; la verdad, no me había fijado.. y esto es también muy extraño…

  • “¿Quién es?”-pregunté anonadada, señalando con la mano, por no indicar con el dedo.
  • “El fundador del bufete: mi bisabuelo”-contestó mi jefe.
  • “¡Santo Cielo!” -no pude contenerme y exclamé. Era idéntico al señor que me encontré en el pasillo las dos últimas mañanas.
  • “Maite, ¿se encuentra bien?”.
  • “Sí, jefe, perdóneme”.
  • “Hoy, está Vd. muy rara” -comentó mirándome con recelo. “Bueno, comencemos”, continuó.

Después de largo tiempo dictando, vi al bisabuelo guiñándome un ojo. “No puede ser”, pensé.  Me concentré en la libreta y en prestar mayor atención a su dictado.

Al rato, fue peor. La curiosidad, en contra de mi voluntad, hizo que volviera mi cabeza hacia el cuadro. Esta vez, el fundador se incorporó; poniéndose en pié, de un salto, muy ágil, fue a caer sobre la alfombra del despacho.
Miré encogida, aterida, asustada, sorprendida…; no sé cómo explicarlo. Mi jefe, mientras tanto, continuaba sentado, como si nada hubiera pasado. Su antepasado se acercaba; llegó hasta mi lado; me miró sonriendo y comentó:

  • “No te asustes. Es un riesgo calculado. Nunca me he hecho daño. ¡Claro!, ¡como soy un retrato!… Suelo hacerlo. A menudo, bajo a estirar las piernas, aunque, hasta ahora, no hayas podido verlo. Toda la vida sentado, ¡no veas!, ¡es un coñazo!”.

Yo, ni siquiera pude dar crédito, no sólo a lo que estaba pasando; me preguntaba si aquello era real, si verdaderamente me estaba hablando.
Por un momento creí …; no creí; de un desmayo, cual peso muerto, me desplomé en el suelo. Me despertaron las tortas que mi jefe propinaba a mis mejillas…, a ambas; primero a la una, luego a la otra, y, así, sucesivamente, se tornaron coloradas tirando a moradas.

  • “¿Se encuentra bien?; ¿qué le ha pasado?”,-preguntó asustado el biznieto.

“Su bisabuelo”… iba a decir cuando callé a tiempo.

  • “Tómese un respiro”-comentó preocupado.
  • “Descuide, estoy bien”.
  • “No –insistió- no vaya a ser…”.
  • “No se apure, que no es nada” –comenté levantándome rauda y veloz, a la par que un poco avergonzada.
  • “¿No estará embarazada?” -inquirió con cara…, no sé…, entre preocupado y horrorizado.
Fuente: Óscar Feik (Flickr)
Fuente: Óscar Feik (Flickr)

Negué rápidamente en un gesto. Le leí el último párrafo que había tomado justo antes del percance…, para situarle, y continuó declamando.
¡Uff!, pensé, mientras tanto. ¡Qué mal rato!… Y yo que creí que el retrato… ¡Qué tontería!… Tiene razón. Algo raro me está pasando.
Cuando creí que ya lo había olvidado, miré de nuevo; … no por nada, …sólo para asegurarme; …aún temía; …por si acaso volvía a saltar el del retrato. No se movió. Al poco, mucho más calmada, volví a mirar. Le ví sonriéndome; después volvió a guiñar el ojo, y, al tiempo que divertido, prometía: “no lo volveré a hacer. Te lo juro. No te asustaré de nuevo saltando”.
Desde entonces me lo encuentro muchas veces paseando. Algunas, me toma del brazo; otras, tan sólo, saluda sonriendo, muy educado.
Cuando estoy dentro y miro al cuadro, su boca dibuja la mueca de la ironía, o, a lo sumo, sonríe a la par que me dedica algún ligero guiño.
Dice que a mi lado se encuentra a gusto. Y a mí, ¡qué quieres que te diga!, ¡le he tomado cariño!; me da tanta pena verle tan solo colgando de la viga.

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