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Para un considerable número de especialistas en la materia los conocidos como Encuentros de Pamplona marcan un antes y un después en la historia del arte español. Coincidiendo con la celebración de su cincuenta aniversario, profundizamos más en ellos para comprender su verdadero alcance.

Desarrollados entre el 26 de junio y el 3 de julio de 1972, los Encuentros de Pamplona contribuyen a marcar el final del dominio del arte tal y como era utilizado por la política cultural oficial de la época, haciendo particular hincapié en las facetas relativas a la música y la pintura (por ejemplo, se busca cercenar el dominio de la pintura informalista y la abstracción vigente en aquellos momentos).

En un primer momento la iniciativa se centraba en el apoyo a la creación musical contemporánea patrocinada por la familia Huarte con un evento impulsado por el músico Luis de Pablo y el artista plástico José Luis Alexanco aunque bien pronto el proyecto adquiere dimensiones de un gran festival internacional en el que tienen cabida toda clase de nuevas manifestaciones artísticas.

Música concreta y electroacústica, videoarte y arte de acción, fluxus y happening… irrumpieron en las calles de Pamplona, convertida en un gigantesco escenario siguiendo la fórmula francesa del “arte en la calle”, activando los espacios públicos y en laboratorio de ideas, donde más de trescientos cincuenta artistas presentaron sus propuestas fuera de los cánones y de las instituciones que regulan la creación, buscando involucrar al espectador y viandante.

Para los seguidores de Cincuentopía que deseen profundizar más en lo que supuso el espíritu de los Encuentros de Pamplona les ofrecemos dos documentos adicionales: el primero de ellos es la exposición que el Museo Reina Sofía dedicó al evento con motivo del 25 aniversario; y en segundo término la entrevista que el periodista Pablo Lizcano realizó a Luis de Pablo en el programa Autorretrato de RTVE en 1985 en la que, entre otras cuestiones, se alude directamente a este evento.

Cincuentopía

«Dejadme aprovechar -escribió- el afecto que todavía hay en mí, para contar los aspectos de una vida atribulada y sin reposo, en la que la infelicidad acaso no se debió a los acontecimientos por todos conocidos sino a los secretos pesares que sólo Dios conoce».

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