El pasado 11 de julio se cumplió el primer centenario del fallecimiento de Eugenia de Montijo, muy posiblemente una de las personalidades españolas más fascinantes e influyentes de todos los tiempos.

Eugenia de Montijo, cuyo nombre completo era María Eugenia Ignacia Agustina de Palafox-Portocarrero de Guzmán y Kirkpatrick, nació en Granada el 5 de mayo de 1826, casi al unísono con el terremoto que sufrió esta ciudad y que anticipó su parto.

Durante su infancia y juventud recibió una formación sumamente esmerada para lo que eran los cánones de la época, incluyendo una larga estancia en Francia que marcaría su ulterior devenir personal. En compañía de su madre y de su hermana Viaja de manera constante por países como Italia, Reino Unido y Alemania hasta fijar su residencia en París en 1850.

Durante el transcurso de una de las reuniones que congregaban a la alta sociedad francesa y parisina de la época conoce al sobrino de Napoleón Bonaparte, quien cuando ascendiera al trono pasaría a la historia como Luis Napoleón o Napoleón III tras ejercer previamente como presidente de la Segunda República.

Eugenia de Montijo y Napoleón III contraen matrimonio en 1853. Tres años después da a luz a un hijo varón, que recibió el título de príncipe imperial y heredero al trono. A lo largo de la siguiente década y media ejerce una notable influencia sobre la vida política, tanto de Francia como de la práctica totalidad de Europa, con abundantes misiones diplomáticas y de mecenazgo y caridad.

Como consecuencia de la derrota de Francia ante Prusia en 1870 se produce el final del Imperio. Eugenia de Montijo marcha al exilio en el Reino Unido. Allí acaece la muerte de su marido en 1873. Seis años después tiene lugar el fallecimiento de su único hijo y se produce su retirada del mundo durante los siguientes cuarenta años hasta su muerte en el Palacio de Liria de Madrid el 11 de julio de 1920.

Sus restos fueron trasladados en tren a París y allí desplazados al Reino Unido en medio de grandes honores oficiales y muestras de condolencia. Fue enterrada en la cripta imperial de la abadía de Saint Michel en Farnborough, en la compañía de su marido e hijo.

Cincuentopía

«Dejadme aprovechar -escribió- el afecto que todavía hay en mí, para contar los aspectos de una vida atribulada y sin reposo, en la que la infelicidad acaso no se debió a los acontecimientos por todos conocidos sino a los secretos pesares que sólo Dios conoce».