Guillermo Marco Remón es una excelente demostración del actual vigor de la poesía española. En Cincuentopía no sólo nos centramos en las cuestiones que más afectan a quienes ya han cumplido los cincuenta años, también disfrutamos con los logros profesionales y artísticos de las generaciones que nos siguen.

Asistimos en La Casa Encendida de Madrid a la lectura de algunos de los poemas de quien hace apenas unas semanas ha conseguido un accésit del prestigioso Premio Adonáis «por su capacidad de introspección, la destreza para transmitir experiencias sensoriales y la variedad y riqueza de sus planteamientos poéticos». Sigue así el camino hollado por otros autores que obtuvieron idéntico galardón años atrás: Concha Zardoya, José Manuel Caballero Bonald, José Agustín Goytisolo, Ángel González, Fernando Quiñones, Antonio Gala, Justo Jorge Padrón…

Guillermo Marco Remón nació en 1997 y ante su juventud surge la eterna reflexión sobre los motivos que hacen posible que la poesía, como la música o la pintura, conozca tantos casos de precoz genialidad. ¡Qué cabría decir ante los versos de Rimbaud, de Tasso, de Schiller, de Körner, de Keats, de Bryon, de Shelley, de Moore…, producidos antes de los veinticinco años!

Otras nubes es el título de su primer libro de poemas impreso, la obra que le ha permitido conseguir este accésit al Adonáis, el primer peldaño que acaso en el futuro guíe sus pasos hacia la gloria literaria. El título está tomado de una cita de Ramón Gómez de la Serna y aunque únicamente fuera por ello ya hace que lo contemplemos con simpatía, incluso con un punto de asombro.

¿Quién ha dicho que no gusta la poesía, que nadie acude a los eventos donde los poetas leen las composiciones cinceladas en soledad? La biblioteca de La Casa Encendida aparece casi repleta de un auditorio variopinto: jóvenes que tal vez sean compañeros de estudios del poeta, quien en la actualidad cursa ingeniería de computadores en la Universidad Politécnica de Madrid y lengua y literatura españolas en la UNED, treintañeros, unos cuantos cincuentópicos circundados por quienes se adentran ya en la séptima década de su existencia…

Es presentado por un antiguo profesor de su instituto, quien no puede disimular la satisfacción por el éxito alcanzado por el otrora alumno, el orgullo ante el trabajo bien hecho. Cuando contemplamos la faz del maestro nos vienen a la memoria los versos compuestos por Gerardo Diego en su celebérrimo Brindis: «Y ahora os digo: / amigos, / brindemos por ese niño, / por ese predilecto discípulo, / por que mis dedos rígidos / acierten a moldear su espíritu, / y mi llama lírica prenda en su corazón virgíneo, / y por que siga su camino / intacto y limpio, / y por que este mi discípulo, / que inmortalice mi nombre y mi apellido, / … sea el hijo, / el hijo / de uno de vosotros, amigos”.

Guillermo Marco Remón cuenta cuál fue su proceso de introducción al arte poético, las influencias de autores como Lorca, Neruda, su ensimismamiento ante la obra de Claudio Rodríguez, el descubrimiento de la Generación del 50… incluso nos explica la identificación entre lenguaje y código software.

Y comienza así la lectura de algunos de los poemas de Otras nubes. Comienzan a resonar los ecos de composiciones con títulos como «La tarde del paseo», «Por qué dejamos de vernos», «A la panadera de la Puerta de Arganda que da de desayunar al sureste de Madrid», «Despoblación», «Solo tengo un reloj», «La historia es injusta repartiendo eternidades», «Altura».

Conforme desgrana los poemas su voz adquiere más y más firmeza y el ambiente se va densificando, como si los mudos espectadores advirtiéramos de qué manera el joven autor nos hace partícipes de una parte de su formidable troj de emociones. «Una forma de ser paciente», «Después de un año no tenemos nada en común», «Espera», «Cartografías», «AutorRetrato», «Caracola», «Epílogo». ¡Cuánta belleza concentrada en apenas unas líneas de texto!

Notamos el espíritu henchido de emociones cuando abandonamos la sala y tornamos a las calles repletas de turistas bulliciosos que apuran los últimos momentos de ocio antes de dirigirse a las habitaciones de sus hoteles y apartamentos y de ciudadanos con el rostro cansado de quien desea llegar a su domicilio y olvidarse de otro agotador día de trabajo. Pero dejemos que sea el autor quien hable a los seguidores de Cincuentopía a través de su poema «A Guillermo para que vuelva».

NOS sentábamos en la colina / para ver el atardecer / (crepúsculo tiene las mismas sílabas / pero el peso de un lector afectado). / El cielo se manchaba del color de las amapolas / y ellas cabeceaban asintiendo la primavera. / No me extraña que los griegos pensaran / en las nubes como el apartamento de los dioses: / parecen el mobiliario del cielo. / Y seguíamos hablando y hablando / sobre cuál era la probabilidad / de que un funcionario se traspapelase a sí mismo / o sobre las dos eternidades / (el fuego del infierno y el olor a mandarina en las manos). / Y como si tu voz meciese un visillo, terminabas: / Me has malinterpretado correctamente. / Tus comentarios eran mi compañía, Guillermo; / las sillas nos dejaban marcas en las piernas / y hubiera preferido un indicio / –quizá en la manera en la que te reías con cara de llorar– / que anunciara tu mudez antes de que desaparecieras / para hundirte en el espejo».

Cincuentopía

«Dejadme aprovechar -escribió- el afecto que todavía hay en mí, para contar los aspectos de una vida atribulada y sin reposo, en la que la infelicidad acaso no se debió a los acontecimientos por todos conocidos sino a los secretos pesares que sólo Dios conoce».