Los juegos en la calle eran no sólo un elemento de diversión sino también una herramienta de socialización y de aprender a compartir, entre otros aspectos a considerar.

Porque quizá en la actualidad pueda resultar sorprendente pero para una parte apreciable de los cincuentópicos era sumamente habitual jugar en la calle a todo tipo de cosas.

Fútbol durante todo el año; y luego, los restantes que iban llegando por temporadas: la de las chapas, la de las canicas, la del clavo… Por otro lado estaban los clásicos: el balón prisionero, el escondite, el escondite inglés, el pañuelo, el telegrama, la zapatilla por detrás, el bote… Y no nos olvidemos de la comba, la goma, la rayuela, la peonza, el yoyó, el rescate, churro mediamanga…

Los juegos en la calle cumplían una triple función. Por una parte eran de lo más entretenidos y divertidos, una forma inigualable y gratuita de pasar el rato. Además, suponían también una fórmula excelente para proceder a la socialización, a compartir con los demás, a aprender a relacionarnos con el prójimo. Y también servían para dejar en paz a las madres quienes, por aquel entonces, trabajaban habitualmente la totalidad del día en la casa y bastante tenían con lo que tenían.

Hoy en día resulta difícil ver a niños jugando en la calle, ya sea porque han cambiado los usos sociales, porque no hay descampados en las ciudades o porque se considere que las calles son poco seguras para un niño.

Acaso la gran explicación es que los tiempos han cambiado y que nosotros también lo hemos hecho. Nos queda el agradable recuerdo de esos viejos juegos que practicábamos en nuestra infancia y en nuestra adolescencia antes de convertirnos en los actuales cincuentópicos.

Si eres uno de esos niños que practicaban los juegos en la calle, con seguridad te va a interesar este podcast de «Qué hay de tu vida», el programa que se emite en Radio Cincuentopía de forma semanal. “Qué hay de tu vida” es un programa elaborado por el equipo de Viva Voz para Cincuentopía.

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«Dejadme aprovechar -escribió- el afecto que todavía hay en mí, para contar los aspectos de una vida atribulada y sin reposo, en la que la infelicidad acaso no se debió a los acontecimientos por todos conocidos sino a los secretos pesares que sólo Dios conoce».

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