La familia Becquerel representa un caso único en cuanto a grado de genialidad científica se refiere, particularmente en el ámbito de la física. Realicemos una semblanza de esta saga francesa que duró alrededor de ciento cincuenta años.

La historia de los Becquerel se inicia en 1788, año de nacimiento de Antoine César (1788-1878), pionero en el estudio del fenómeno de la luminiscencia e investigador de la piezoelectricidad. Tras servir en el ejército de su país, consagró su vida a la actividad científica logrando un notable reconocimiento.

Su hijo, Alexandre-Edmond Becquerel (1820-1891) tomó el testigo del padre. A lo largo de su trayectoria estudió el espectro solar, el magnetismo, la electricidad y la óptica. Son particularmente valorados sus trabajos sobre luminiscencia y fosforescencia. Además, se le atribuye el descubrimiento del efecto fotovoltaico.

El tercero de la dinastía Becquerel es Henri (1852-1908), acaso el que obtuvo mayores éxitos, incluyendo el Premio Nobel de Física 1993 compartido con los esposos Curie. ¡Casi nada! Su bagaje intelectual es formidable: se graduó como ingeniero y aunque sus primeros trabajos se centraron en la óptica bien pronto inició sus investigaciones acerca de la polarización electromagnética.

Sus estudios sobre fluorescencia sentaron las bases para el hallazgo de lo que con posterioridad se denominó la radiactividad natural, que marca un antes y un después en la historia de la humanidad.

Y la familia Becquerel se cierra con el cuarto de sus componentes, Jean (1878-1953), quien trabajó en las propiedades ópticas y magnéticas de los cristales, descubriendo la rotación del plano de polarización producida por un campo magnético.

El caso de los Becquerel es casi único por la amplio y duradero. Es verdad que ha habido otras familias famosas de científicos, y en Cincuentopía hemos aludido, por ejemplo, a la familia Bragg, pero ninguna alcanza la longevidad de esta saga francesa.

Cincuentopía

«Dejadme aprovechar -escribió- el afecto que todavía hay en mí, para contar los aspectos de una vida atribulada y sin reposo, en la que la infelicidad acaso no se debió a los acontecimientos por todos conocidos sino a los secretos pesares que sólo Dios conoce».