De cuando en cuando en Cincuentopía reivindicamos el talento de artistas que por distintas circunstancias han caído en el olvido. La generación decapitada, un conjunto de poetas nacidos en Ecuador, se encuadra en dicha categoría.

Forman parte de la generación decapitada cuatro poetas ecuatorianos: Medardo Ángel Silva, Ernesto Noboa y Caamaño, Arturo Borja y Humberto Fierro (los dos primeros de ellos nacidos en Guayaquil y los dos restantes en Quito).

Todos ellos coinciden con una serie de rasgos artísticos y personales. Desde el punto de vista poético, incorporaron el modernismo en Ecuador, renovando su lírica de manera considerable. En estos artistas se advierte la evidente influencia de Rubén Darío, pero también la de Baudelaire, Victor Hugo, Samain, Rimbaud o Verlaine.

Desde una perspectiva personal, llama la atención que ninguno de ellos sobrepasó los cuarenta años, suicidándose en al menos tres de los casos: Medardo Ángel Silva (1898-1919) se disparó un tiro en el pecho delante de su amada; Ernesto Noboa y Caamaño (1891-1927) ingirió una combinación letal de alcohol y barbitúricos; y Arturo Borja (1892-1912) a partir de una sobredosis voluntaria de morfina. En lo que atañe a Humberto Fierro (1890-1929) murió en circunstancias extrañas, para algunos accidentales para otros producto de un suicidio como sus restantes compañeros de generación.

La producción poética de la generación decapitada se caracteriza por una enorme calidad lírica. Abundan las cuestiones que tienen que ver con el hastío vital, con el desengaño amoroso, con la incomprensión ante la deriva de una sociedad sin alma que los relegaba… En este vídeo se pueden ver algunos aspectos adicionales sobre todos ellos.

Hace apenas diez días en Cincuentopía dedicamos nuestra atención a Medardo Ángel Silva, cuyo poema Divagaciones sentimentales quedó recogido en la sección dedicada a la poesía y cuyo contenido puede consultarse desde este enlace. En el futuro, prometemos incluir nuevos poemas de estos excelentes literatos.

Cincuentopía

«Dejadme aprovechar -escribió- el afecto que todavía hay en mí, para contar los aspectos de una vida atribulada y sin reposo, en la que la infelicidad acaso no se debió a los acontecimientos por todos conocidos sino a los secretos pesares que sólo Dios conoce».