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A lo largo de este año se han celebrado distintos actos conmemorativos del ciento cincuenta aniversario del nacimiento de Ramón María del Valle-Inclán. De todas sus facetas quizá la de poeta sea la menos conocida, lo que me ha llevado a centrar la atención en un poemario cuyo título es La pipa de kif.

La biografía y obra de Valle-Inclán (1866-1936) ha sido tan profusamente analizada que bien poco podríamos añadir desde Cincuentopía; si acaso realizar la precisión del extraordinario talento del autor, sin parangón en la literatura española (quizá con la excepción de Francisco de Quevedo) por su capacidad para resultar sumamente brillante tanto en el teatro como en la novela, la poesía, el cuento, el artículo periodístico, la crónica de guerra, el ensayo… ¡hasta la ópera!

La pipa de kif constituye la culminación de la producción lírica de Valle-Inclán. Aunque desde el punto cronológico se publicó en 1919, un año antes que El pasajero, existe cierta unanimidad entre los especialistas a la hora de considerar esta obra como la que recoge los últimos versos fijados por el autor (más allá del Réquiem o de algún otro poema aparecido en publicaciones periodísticas hoy casi imposibles de localizar). Si alguien se pregunta por qué no publicó más poesía durante las dos últimas décadas de su vida, confieso que desconozco la respuesta (no sé si el acreditado espíritu crítico del autor y la constante depuración de su producción literaria son motivos de suficiente peso específico para explicar esta situación).

En La pipa de kif persiste parte de la estética modernista de Valle-Inclán (no en vano el autor fue un declarado admirador de Rubén Darío), tanto en la selección de algunos temas como en la musicalidad de determinados poemas. Sin embargo es perceptible que el escritor ha asimilado ya la pertinente dosis de este movimiento artístico y se encuentra en vías de consolidar una propuesta lírica propia en su lenguaje y temática.

A lo largo de los distintos poemas que conforman La pipa de kif percibimos el peso específico del disparate y el esperpento, la inmisericorde crítica de la pazguata y mediocre sociedad de la época, las constantes referencias a los bajos fondos y al inframundo que lo conforma (en forma de prostitutas y rufianes, homicidas y verdugos, carteristas y alcahuetas…).

Los poemas se van sucediendo como aldabonazos sobre el cerebro del lector: “El preso”,  “Garrote vil”, “El crimen de Medinica”… nos sitúan ante esa España negra que había sido retratada en su momento por Francisco de Goya o que en ese mismo periodo histórico estaba cincelando su contemporáneo José Gutiérrez Solana. El comienzo de “Garrote vil” resulta suficientemente significativo del genio creador y de la capacidad de crítica de Valle-Inclán: “¡Tan! ¡Tan! ¡Tan! / Canta el martillo, / el garrote alzando están, / canta en el campo un cuclillo, / y las estrellas se van al compás del estribillo / con que repica el martillo: / ¡Tan! ¡Tan! ¡Tan!”.

Las dotes sarcásticas de Valle-Inclán son más que notables: se burla de todo y de casi todos (¿a alguien le extraña que con la llegada de la dictadura de Miguel Primo de Rivera en 1923 tardara bien poco en pasar por la cárcel ante uno de sus habituales chistecillos en contra de la autoridad vigente?). Véase, por ejemplo, lo que escribe en su poema “Vista madrileña”: “Por colgar el ramo / de laurel, el amo / y un municipal / hay un zapatero / que silba a un jilguero / la Internacional. / Sucia la camisa, / agria la sonrisa. / ¡Tienda de portal!”.

En este examen nada amable de la realidad española llama la atención el peculiar (y constante) tratamiento de las drogas, los efectos de su consumo, la enfática y apologética ponderación de las distintas sustancias psicotrópicas… En este sentido la lectura de La pipa de kif transmite la sensación de estar contemplando el trabajo de alguno de los autores de la generación beat de Estados Unidos sólo que con casi cuatro décadas de adelanto.

Los recursos estilísticos de Valle-Inclán son prácticamente inagotables: la variedad de su vocabulario, el uso excelso del encabalgamiento como figura retórica que remarca el discurso irónico-crítico del entorno que lo rodea, la apropiación del arte menor al servicio de su propuesta estética… No hay poema que no sea conceptualmente poderoso; algunas de las letras nos son familiares, como la del personaje de doña Estefaldina en “La infanzona de Medinica”, recogida en su momento por la cantante Cecilia y nos transmiten la idea de que están a la espera de ser adaptadas por algún cantautor que sepa apreciar su belleza y atemporalidad.

Como ya ha ocurrido alguna vez en las críticas que realizo para Cincuentopía (El gran galeoto de José Echegaray o Cervantes de Joaquín Tomeo y Benedicto), esta reseña sobre La pipa de kif se basa en un texto de libre acceso habilitado por la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, entidad que cuenta con miles de textos en español ya digitalizados por completo. Como advertí en anteriores ocasiones, este hipervínculo es por completo legal y permite descargar la obra en distintos formatos (entre ellos se incluyen PDF, Kindle, ePub…). El poemario consultado procede de una edición de la Sociedad General Española de Librería (por aquel entonces ubicada en la calle Ferraz 21 de Madrid) correspondiente al año 1919.

Puede que tras la lectura de La pipa de kif algún seguidor de Cincuentopía sienta la necesidad de acceder a los restantes poemarios de Ramón María del Valle-Inclán (Aromas de Leyenda y El pasajero), todos ellos reunidos en 1930 en un único tomo titulado Claves líricas. Si es así, que se prepare para disfrutar del talento de uno de esos genios que muy de vez en cuando aparecen en la literatura de una lengua.

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Ramón María del Valle Inclán. La pipa de kif.

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David Parra

Especialista en nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones aplicadas al ámbito del periodismo. Ha publicado alrededor de diez libros y más de treinta artículos en revistas científicas. Le gusta leer.