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La soledad de los perdidos, de Luis Mateo DíezLuis Mateo Díez tiene nuevo libro, La soledad de los perdidos, lo que sin duda es una buena noticia para los aficionados a la literatura en general y para sus lectores en particular.

Como punto de partida conviene advertir que con La soledad de los perdidos ocurre algo similar a lo que pasa con determinadas medicinas que tienen la capacidad de curar extraños males pero también cuentan con tantas contraindicaciones (suelen ser enumeradas mediante un aparatoso prospecto) que al paciente le entran serias dudas sobre la conveniencia de ingerirlas.

Porque, en efecto, la nueva obra de Luis Mateo Díez (1942) constituye un ejemplo paradigmático del estilo de este excelente autor: una técnica narrativa exquisita capaz de alumbrar una escritura que de tan pespunteada parece inconsútil; una anécdota somera pero no por ello exenta de relevancia; o un formidable conjunto de personajes concebidos, por emplear algunas de las palabras utilizadas por el propio literato, como sombras, hormigas, ánimas, individuos “secuestrados de sí mismos”, que trapichean, subsisten, conspiran o se zahieren en una interminable sinfonía de desconcierto.

A la cabeza del elenco se sitúa Ambrosio Leda, quien (mal)vive escondido entre las calles de Balma, la Ciudad de Sombra, desde hace quince años. Leda es un moderno Sísifo que en vez de acarrear una piedra porta un saco, quizá más liviano que el del mito griego pero no por eso menos enojoso. También tienen particular protagonismo el menesteroso pícaro Carpo Expósito (y su alter ego niño) escapado del correccional o el poeta vergonzante y gacetillero del Vespertino Lepo Corada.

Y junto a ellos una formidable pléyade que muestra la solidez creativa de Luis Mateo Díez: el Cojo, tan misterioso como escurridizo; Lila, hija del protagonista; Limo Baro, Ceno Maceda, Balto Peña y el pasante Pereda; y la vidente niña Lucina, el esotérico Ariel Volado, Armil Llovera, Telva Romero, Marcial Mansarda, Gildo y Cornelia, Donato y Corvino… Hay personajes para todos los gustos: atribulados, como el obispo Galar y el gobernador Devesa; enloquecidos, sin duda el guarda Coto Marallo o el clérigo Cornelio se llevan la palma; patéticos, como las sempiternas novias Cala (con sus padres Casimiro y Doradía) y Egira (junto a su tía Benilde); e inquietantes como Rufián Glauco, Valdesamario y Capirote o incluso Colindres y Maroto.

Por si todo lo dicho fuera poco tenemos la participación, en un estudiado contracampo narrativo, de un conjunto de anónimos personajes que actúan a la manera de un coro griego, así como de distintos animales (con lobos y zorros y gatos a la cabeza) que hablan, actúan y piensan como seres humanos.

No menos relevante es la propia ciudad de Balma, entre ruinas reales y escombros morales, cercada por los ríos Nega y Margo, el bosque de Alcidia y los valles de Murales y Venero. Luis Mateo Díez nos invita a un apasionante recorrido por sus distritos (Colominas, Condonación, Ejido, Manchuria, Simiente, Temblor), barrios (Conveniencia, Firmamento, Registro), calles (Aranciles, Arquitecto Mestalla, Capitán Cavieda, Capitán Guisasola, Comandante Artesa, Confecciones, Contenedores, Cuenco, Cuesta del Racimo, Cuesta Vestales, Lamela, Prisma) y plazas (Alzamiento, Lindero, Mirto). En compañía de sus personajes visitamos bares, bodegas, tabernas y cafeterías (Barandales, Buenos Aires, Corvo, Galpón, Lucerna), cines, teatros o confiterías y también nos adentramos en las iglesias de Escapulario y San Tilde o en la misteriosa estación del tren.

El tercer gran elemento de la novela es su peculiar atmósfera, tan gélida como brumosa. Luis Mateo Díez vuelve a demostrar su maestría a la hora de utilizar el frío como elemento integrado en su discurso narrativo (pocos escritores hay en lengua castellana capaces de hacerlo con su sutileza y pericia); la niebla envuelve Balma y atrapa de manera indefectible a todos y cada uno de quienes allí se encuentran.

Si afirmamos que en La soledad de los perdidos advertimos reminiscencias de Pedro Páramo de Rulfo y de Otra vuelta de tuerca de James muy posiblemente el lector avezado creerá entender por dónde van los tiros. Pero que nadie se llame a engaño porque Luis Mateo Díez va mucho más allá: por supuesto nos encontramos ante su habitual territorialidad (en la línea de Faulkner o Benet) pero también con un devenir peripatético (en el triple sentido del diccionario de la RAE) que lo aproxima a Ulises de Joyce.

Hay episodios de la novela que recuerdan al Pynchon más psicodélico de El arco iris de gravedad (sí, ese extraño libro acerca de las erecciones del militar Tyrone Slothrop cada vez que cae una bomba alemana V-2 o de la susceptible bombilla llamada Byron que cree ser perseguida): la aparición del Papa Pío XII como preservador de los valores vaticanos y de la institución del matrimonio o la de la santina Colunga con su palmatoria liberadora; la peripecia del pollo descabezado y sin embargo inusitadamente vivaz; aunque posiblemente el colofón lo constituya el sucedido en el que aparece Francisco Franco (ese Francisco Franco, en efecto) mientras es curado de un perdigonazo en las nalgas. Y también hallamos ecos de Lovecraft o Wells  en las sorprendentes referencias a los extraterrestres que en su momento hollaron (y profanaron) Balma.

En suma, La soledad de los perdidos no es una novela que deje indiferente. Es muy recomendable para los seguidores (y hay unos cuantos, entre los que me incluyo) de Luis Mateo Díez, para quienes tienen particular aprecio por la prosa poética de Juan Ramón Jiménez, para aquéllos que entienden que hay un tipo de literatura que no precisa de anécdota narrativa para emocionar. Pero quizá no sea la mejor obra para quien desee pasar el rato o incluso adentrarse en el universo literario de uno de los grandes creadores españoles de estas últimas tres décadas (es posible que uno de sus primeros libros, La fuente de la edad, constituya un punto de partida más amable y digerible).

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Luis Mateo Díez. La soledad de los perdidos. Alfaguara.

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