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Edward Lewis Wallant corrigió por última vez su novela Los inquilinos de Moonbloom apenas unos meses antes de fallecer. La obra se presentó en Estados Unidos (ya a título póstumo) en 1963 y tardó más de cuarenta años en llegar al mercado castellano parlante.

Al igual que sucedió con El prestamista, un libro reseñado en Cincuentopía hace apenas unos meses, tras la lectura de Los inquilinos de Moonbloom tenemos la certeza de que la prematura desaparición de Edward Lewis Wallant (1926-1962) fue una gran desgracia para la literatura y nos privó de un excelente autor, cuyas mejores páginas estaban todavía por ser escritas. Hoy apenas nos quedan cuatro de sus novelas, incluyendo su opera prima The human season y la inconclusa The children at the gate (ninguna de ellas traducida al castellano), además de algunos cuentos y ensayos, pero la calidad de tan exigua producción es extraordinaria.

Los inquilinos de Moonbloom relata la historia de Norman Moonbloom, el inaudito recaudador de alquileres de cuatro edificios al borde de la ruina (no sólo física sino también moral) situados en Manhattan (concretamente en las calles 13 y 70, Mott Street y Segunda Avenida). Bajo dicho pretexto el autor introduce un magistral calidoscopio de los habitantes de la ciudad de Nueva York (y, por ende, de dicha urbe) durante la década de los cincuenta, cuando los ecos de la Segunda Guerra Mundial todavía resuenan en los oídos de la opinión pública estadounidense.

Encontramos unas cuantas similitudes entre Los inquilinos de Moonbloom y El prestamista. De nuevo Edward Lewis Wallant recurre a un protagonista que ejerce de héroe epopéyico en un entorno tan desangelado como hostil, si bien en este caso Norman Moonbloom transmita la sensación de alinearse más en el bando de Sísifo que en el de Ulises. La gran diferencia es que lo que en aquél era drama bajo un fondo trágico en este libro se troca en farsa aunque sin perder dicho basamento de tragedia.

Norman Moonbloom tiene ya 33 años (la cifra no es en absoluto casual como comprobará el lector que avance por las páginas del libro) y en su aspecto, comportamiento, pautas de relación con el prójimo e incluso lugar de trabajo (resulta impagable la evolución del rótulo de su oficina) advertimos las trazas del retrato robot de un perdedor de manual. Hasta hace unos meses toda su vida ha consistido en estudiar las más variopintas materias (contabilidad, arte, literatura, ortodoncia, rabino, podología) en distintos centros de medio pelo. Es ahora cuando ha comenzado su relación con el mercado laboral gracias a la intermediación de su hermano Irwin, la otra cara de la moneda (rico, poderoso, enérgico, con dotes de mando y proyectos de futuro, en suma, un ganador).

Junto al protagonista Edward Lewis Wallant presenta en Los inquilinos de Moonbloom a un remarcable conjunto de personajes, todos ellos atribulados, zaheridos por la vida, grises en su existencia, apocados ante la realidad que los rodea, supervivientes (y en ocasiones ni siquiera eso) a duras penas y con un futuro que nunca será mejor que su actual y deslucido presente.

La magistral y elegante prosa del escritor de New Haven nos permite hacernos una precisa idea de esta anodina gama de personalidades con apenas unas cuantas líneas. Y así nos adentramos en las vicisitudes y miserias de Eva y Minna Bailey, Arnold y Betty Jacoby, Marvin Schoebrun, Katz y Sidone, Sherman y Carol Hauser, Aaron y Sarah Lublin, Jim y Jane Sprague, Basellecci, Jerry Wung, los Beeler, Kram, Wade Johnson, Leni, J.T. y Milly Leopold, Ilse Moeller, Karloff, Sugarman, Joe Paxton, Del Rio, Louie… y sin olvidarnos del superintendente Gaylord Knight o el fontanero Bodien.

Hay quien ha querido establecer cierta clase de paralelismo entre Los inquilinos de Moonbloom y El hombre del traje de gris, la también excelente novela de Sloan Wilson. Es verdad que ambas se centran en los años cincuenta y que presentan un conjunto de existencias fútiles aunque no exentas de considerables dosis de angustia vital. Pero mientras que en la obra de Wilson la urdimbre de tales devenires se fundamenta en la familia en el texto de Wallant tiene su base en la más completa de las soledades. Desde tal punto de vista Norman Moonbloom entronca menos con los agobios de Thomas Rath que con el espíritu libertario de Ignatius Reilly de La conjura de los necios o incluso con el descaro desinhibido del soldado Svejk de Jaroslav Hasek.

Desde aquí damos las gracias a la editorial Libros del Asteroide por el proceso de recuperación del autor. Y ya puestos a pedir nos gustaría que tradujera The human season e incluso que también valorara la posibilidad de editar The children at the gate si considera que las revisiones que en su momento realizó Dan Wickenden no desacreditan la autoría final de Edward Lewis Wallant. Mientras tanto disfrutemos como se merece de Los inquilinos de Moonbloom.

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Edward Lewis Wallant. Los inquilinos de Moonbloom. Libros del Asteroide.

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David Parra

Especialista en nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones aplicadas al ámbito del periodismo. Ha publicado alrededor de diez libros y más de treinta artículos en revistas científicas. Le gusta leer.