Luis Felipe Vivanco Canto de resurrección

Luis Felipe Vivanco Canto de resurrección

«Hoy quiero cantar mi amor sobre todas las cosas
y que mi voz llegue a tu oído con su tristeza verdadera.
Hoy quiero decirte lo que soy, para que tú comprendas
 la soledad del hombre.

Quiero huir de todas mis palabras antiguas, para volar a ellas.
A través del mar, y de las montañas, y de los días de
                    ilusión y de encendimiento,
a través del sueño, y del pensamiento, y de los amigos verdaderos,
a través de todo te amo y te llevo en mi corazón con
                    una llama purísima ensalzada.

Quiero cantar mi amor sobre todas las cosas
porque llevo dentro de mí el dolor de todo lo que he callado
                    en tu presencia!

Y  hoy, Viernes Santo, con los altares desnudos, como torres sin campanas,
con el cuerpo blanco de Cristo muerto y la soledad de María,
con el corazón fortalecido por ese dolor que procede de la esperanza,
hoy quiero que mi voz ahonde en su propia miseria de criatura.
Quiero cantar mi amor con el recuerdo de tu nombre.

Tú sabes que la mano de Dios es un consuelo y que no se puede pedir otro.
Tú sabes que la raíz del hombre está en su clara voluntad divina.
Y yo quiero que la prueba más alta de mi fe preceda a mi canto:
¡Señor, hágase tu Voluntad y no la mía!

En el silencio de la tierra y en el silencio de los cielos
                     una dulce flor ha nacido para mi locura.
Todo calla, y mi alma aspira el aroma de su viva presencia sensible.
La distancia, y el silencio, y el misterio se encienden,
para que su hermosura se aposente en mis ojos.
Nuestras palabras se juntan en el aire sereno,
        nuestros labios se sienten humildes como capullos entreabiertos.
Tú estás a mi lado, y yo siento el principio de tu confianza.
Tú eres una mujer que derramas el llanto sobre el paisaje,
        atraes a tu cintura flexible el fino resplandor de la lejanía.
Y yo soy un hombre que estoy a tu lado,
y pierdo tus sonrisas porque estoy soñando contigo.

Yo me levanto en mí con el nombre del Señor en mis labios,
decidido a estar siempre como al alcance de su voz humana.

Tú eres una criatura nada más, pero tengo fe en ti.
Yo te veo desde la altura de mis días y desde mis ensueños terminados.
Yo quiero levantar sencillamente tu alegría para después residir en ella,
pero pierdo mis ilusiones con la misma ternura, con el mismo
                  temblor en el alma.
Ya que no tu alegría levantada por mí, aquí están el temblor y la ternura.
Ya que no tus ojos profundos acariciando mi vida,
aquí está mi voluntad que todo puede quererlo.

¡Mi amor sobre todas las cosas!
Mi amor en las palabras para hablar lentamente contigo,
mi amor en las miradas para ver contigo los árboles y en
 ellos la primavera y el otoño,
mi amor en los libros para envolver tu juventud con sus páginas preferidas,
mi amor en las penas para sufrir contigo como dos niños solos,
mi amor en la alegría para ser a tu lado la encarnación del sueño.

Frente a ti he llegado al límite de mí mismo.
Me conozco en mi oscuridad, me conozco en la pura intensidad de mi anhelo.
Todo está consumado en mis ojos y en mi sangre.
Tú estás sola, presidiendo el sereno dolor que reina en mi locura.
Tú estás en mí como amor: amor preciso, loco, verdadero, triste y desierto.
Mi amor es un desierto que busca su horizonte sencillo
 en tu débil voluntad silenciosa.
Mi amor nada te pide, pero atiende al silencio de tu sombra profunda.

Tú profunda, tú incierta y misteriosa.
¿Dónde está nuestra alegría? ¿Dónde está nuestra dicha?
 ¿Dónde está nuestro gozo?
Mi alegría y mi gozo están en mis ojos cuando te miran y te ven cercana,
y descubren tu abierta intimidad, como la lumbre excelsa de los cielos.

Mañana será día de gloria y de resurrección.
¡Que mi amor resucite en tu pecho dulcísimo!
¡Que tus ojos me miren, renovando la gloria de otros días azules!
¡Mañana, con el aire engalanado! Pero no he de decir siempre: mañana.
¡Que la esperanza se cumpla en la alegría!
¡Que la gloria descienda al corazón!
Un cuerpo luminoso sube a los cielos.
Los hombres estamos obligados a la sangre más alta.
Todo nuestro misterio reside en la luz.
Oh amor, somos criaturas y la luz nos ensalza!
Yo siempre me sentiré unido a ti en la luz!
¡Por encima del aire y del silencio mi amor solo en la luz resucitada!
Mi amor que eres tú, y tu nombre pequeño, preferido en mis labios.
Y tú también llevas la luz en tus ojos, la claridad más sola, el misterio
 la gracia de la esposa,
la obediencia en la luz, la mano del Señor, el consuelo perfecto
 de su voz humana.

Hoy quiero cantar mi amor que eres tú, y mañana serás
 toda la luz del cielo!»

Otros poemas de Luis Felipe Vivanco (1907-1975) publicados en Cincuentopía:

Cincuentopía

«Dejadme aprovechar -escribió- el afecto que todavía hay en mí, para contar los aspectos de una vida atribulada y sin reposo, en la que la infelicidad acaso no se debió a los acontecimientos por todos conocidos sino a los secretos pesares que sólo Dios conoce».

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