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Eve Arnold fue una de las más extraordinarias profesionales de la fotografía, con una prolongadísima vida laboral. Razón de más para incluirla en la serie sobre Maestros de la fotografía.

Hija de emigrantes rusos, Eve Arnold (1912-2012) nació en Estados Unidos (en la ciudad de Filadelfia). En un principio parecía más interesada por la literatura y por el baile clásico, y bajo esas directrices transcurrió la formación recibida en su infancia y juventud. No obstante la llama de la vocación gráfica poco a poco se abre camino en su personalidad.

Sus comienzos en el ámbito de la fotografía se producen en la segunda mitad de la década de los cuarenta. En 1948 estudia en la New School sor Social Research, una entidad de Filadelfia regida por Alexei Brodovitch, que asimismo dirigía la revista Harper’s Bazaar. Entra a formar parte de la plantilla de la famosa agencia Magnum en 1951, convirtiéndose así en la primera fotógrafa de dicha mítica institución.

A partir de ese momento Eve Arnold inicia una carrera fotográfica que le granjea la admiración de buena parte de la profesión. Particularmente destacados son sus retratos sobre dignatarios y actores (Marlene Dietrich,  Joan Crawford, Clark Gable, James Cagney, Paul Newman…), acaso los de Marilyn Monroe sean los más famosos de todos ellos, pero también son muy relevantes sus reportajes sobre Afganistán, China y la Unión Soviética.

Sus trabajos aparecen en revistas como LifeParis MatchSternSunday Times o Vogue. En los años ochenta llegan los reconocimientos adicionales en forma de exposiciones, homenajes y adquisición de su obra por parte de entidades como el Museo Ludwig de Colonia o el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, entre otras. En su página web puede verse una muestra considerable de algunos de sus trabajos.

La serie sobre Maestros de la fotografía se compone de las siguientes entradas publicadas en Cincuentopía:

Cincuentopía

«Dejadme aprovechar -escribió- el afecto que todavía hay en mí, para contar los aspectos de una vida atribulada y sin reposo, en la que la infelicidad acaso no se debió a los acontecimientos por todos conocidos sino a los secretos pesares que sólo Dios conoce».