En Cincuentopía comenzamos la nueva serie Mirar un cuadro, con la que pretendemos acercarnos a aquellas muestras artísticas que más nos han impresionado. Hoy es el turno del Bar del Folies-Bergère de Èdouard Manet.

Aunque Èdouard Manet (1832-1883) ha sido tradicionalmente integrado dentro del grupo de los impresionistas jamás expuso con ellos y nunca dejó de acudir a los salones oficiales que éstos denigraban. Incluso su técnica, analizada hasta la saciedad, se aleja en buena medida de los cauces básicos del impresionismo.

Cuando pintó la obra el artista se encontraba ya muy enfermo. Sus problemas circulatorios, que provocaron la amputación de una pierna, se habían agravado y meses después lo conducirían a la muerte.

El Bar del Folies-Bergère de Èdouard Manet puede considerarse el legado final al mundo del arte, una composición que integra el conjunto de su hermética propuesta artística, no siempre fácil de descifrar pero no por ello menos apasionante.

El pintor no se limita a recoger el ambiente de la celebérrima sala de espectáculos de París sino que va mucho más allá y realiza un portentoso ejercicio de funambulismo compositivo hasta conseguir que todos los elementos del cuadro se refuercen entre sí hasta conseguir una obra de una brillantez cautivadora.

La camarera del local marca el cuadro con su aplastante presencia. El artista muestra su audacia al situar su reflejo levemente inclinado, reforzando así el atractivo, así como al ubicar al hombre del sombrero de copa compartiendo el punto de vista del observador.

Es preciso tener en cuenta que, debido a su precario estado de salud, Manet no podía acudir a la sala por lo que ordenó instalar una reproducción en su estudio. De esta manera pudo pintar los detalles del primer plano con suma precisión (incluso añadió su firma en la botella de vino situada a la izquierda).

Esta misma situación hacía que tuviera que pintar de memoria el resto del bar. Resolvió el reto de manera magistral, centrando su perspicaz mirada en la particular iluminación de la luz eléctrica (en aquella época sumamente novedosa) y en las piernas de una trapecista que puede verse justo en el extremo superior izquierdo.

Nuestra mirada recorre una y otra vez el Bar del Folies-Bèrgere de Èdouard Manet. Parece increíble que alguien consiga una obra de este calibre en las que condiciones en las que se encontraba el pintor. Admiración y asombro son acaso las dos palabras que mejor sintetizan esta formidable demostración de virtuosismo compositivo.

El Bar del Folies-Bèrgere de Èdouard Manet se conserva actualmente en el Courtauld Institute of Art de Londres.

Cincuentopía

«Dejadme aprovechar -escribió- el afecto que todavía hay en mí, para contar los aspectos de una vida atribulada y sin reposo, en la que la infelicidad acaso no se debió a los acontecimientos por todos conocidos sino a los secretos pesares que sólo Dios conoce».