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Con este Crucifijo del gran artista italiano Cimabue damos un paso hacia delante dentro de la apuesta de Cincuentopía por analizar pinturas particularmente bellas y significativas.

Hay ocasiones en que todo converge para realzar el valor de una pintura: la calidad en sí de la obra, la representatividad del momento histórico en que se produjo, el entorno en el que se ubica… y todos estos atributos son aplicables al presente Crucifijo creado por Cimabue en torno a 1287-88.

Crucifijo se encuentra en la Santa Croce de Florencia, acaso una de las iglesias con una mayor concentración de obras de arte de todo el mundo. Cada vez que los pasos del visitante penetran en sus muros tienen la oportunidades de deleitarse con las aportaciones en forma de frescos, sepulcros, esculturas o cuadros de genios como Bronzino, Brunelleschi, Canova, Donatello, Ghiberti, Giotto, Vasari… y por supuesto con esta maravilla que nos ocupa. Acaso no sea de extrañar el vahído que sufrió el escritor francés Stendhal al contemplar tal cantidad de talento.

Cimabue (1240-1302), cuyo verdadero nombre era Cenni di Pepo, está considerado como el último gran pintor que trabajó conforme al conocido como estilo bizantino, combinando las facetas de pintor y mosaísta. Poco sabemos sobre su vida, más allá de que fue uno de quienes más temprano supo reconocer el genio de su coetáneo Giotto, o de que buena parte de su obra se ha perdido debido a diversas catástrofes tanto naturales como provocadas por la mano del ser humano. Suyos son el Crucifijo de la iglesia de Santo Domingo de Arezzo, La Majestad del Louvre, las pinturas de Asís…

Nuestra mirada se detiene sobre este óleo sobre tabla de grandes dimensiones (estamos hablando de más de 16 metros cuadrados en total) en el que no sabemos si nos sorprende más la sutileza a la hora de plasmar la contorsión en el cuerpo de Cristo o el uso del sombreado como elemento de proyección hacia el visitante que lo contempla, en el que gozamos con el minucioso detallismo cromático de los paneles que constituyen la cruz o con el empleo del halo como elemento dramático que va más allá de la faceta meramente estética.

A poco que nos acerquemos advertimos la portentosa técnica del artista: su capacidad para la modelación del cuerpo mediante la utilización del claroscuro, la habilidad mediante la que incorpora el paño que cubre la figura…

No ha sido fácil la vida para esta obra de Cimabue que ha debido sobreponerse a los embates del tiempo. Uno de los sucesos más desgraciados ocurrió en 1966, cuando el desbordamiento del río Arno provocó que parte de su pintura se desprendiera ocasionando graves daños; una minuciosa restauración, que duró más de una década, le devolvió su poder expresivo aunque ya no fue posible recuperar todo su esplendor técnico (nos quedan fotografías como la que acompaña esta entrada). Tal vez su observación nos permita esos minutos de tranquilidad que facilitan que su imagen permanezca por siempre en nuestras retinas.

Hasta el momento forman parte del conjunto de entradas incluidas en la sección Mirar un cuadro de Cincuentopía:

Cincuentopía

«Dejadme aprovechar -escribió- el afecto que todavía hay en mí, para contar los aspectos de una vida atribulada y sin reposo, en la que la infelicidad acaso no se debió a los acontecimientos por todos conocidos sino a los secretos pesares que sólo Dios conoce».

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