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El beso, cuadro de Gustav Klimt, se incorpora al conjunto de entradas que forman parte de la sección Mirar un cuadro de Cincuentopía.

En el mundo de la PINTURA, expresado en letras mayúsculas cuando aludimos a alguna de las grandes obras maestras del ser humano, uno se encuentra ante muy distintos tipos de fascinación: la de esa obra colosal cuya contemplación nos sumerge en una combinación de admiración y empequeñecimiento, la producida por la candorosa belleza que esconde una escena en apariencia trivial que nos traslada décadas atrás en nuestra propia existencia, la que ejerce el horror ante determinadas situaciones que se reflejan ante el lienzo que tenemos delante de nuestros ojos…

Ante El beso de Klimt sentimos una admiración, ¡sí!, pero de naturaleza distinta, ni mejor ni peor pero sí diferente: acaso tenga que ver con la aplicación del óleo mezclado con laminillas oro y estaño sobre la tela cuadrada de 180 por 180 centímetros o con la emotividad de esa pareja que permanece ajena a ese cerco que la rodea o con cualquier otra circunstancia de la que no somos conscientes pero que impacta en nuestro cerebro con idéntica contundencia a como lo haría el fucilazo de un rayo que restalla delante de nosotros.

Gustav Klimt (1862-1918) realizó esta pintura entre 1907 y 1908 siguiendo en buena medida los cánones por aquel entonces marcados por el simbolismo apostando por una concepción de mosaico en la que se advierten influencias del arte bizantino con el que había entrado en contacto tras una viaje efectuado a Rávena pero también del oriental en general y del japonés en particular (por ejemplo en el diseño global de la composición de las dos figuras humanos y su interrelación con el entorno que las rodea).

El beso se aparta de la concepción artística de su creador en aquellos años, caracterizada por la búsqueda de temáticas y técnicas que escandalizaban a la pacata sociedad de la época. Situado a caballo entre el simbolismo y el modernismo y paladín del movimiento conocido como Secesión Vienesa, una tendencia que pretendía una radical renovación artística a partir de la sobriedad formal y la búsqueda de la elegancia estética, apostaba por aspectos como una notable energía sensual en sus dibujos, la minuciosidad en su producción (era habitual que consumiera largos periodos meditando sobre una obra antes de acometerla) o el empleo de composiciones en las que se alternan planos verticales y cortes atípicos que anticipan el posterior movimiento expresionista.

Sin renunciar a algunos de esos atributos inherentes a su propuesta creativa, Klimt ahora opta por aligerar la carga erótica y suavizar el trazado de la composición, logrando que el cuadro no sólo tuviera una excelente aceptación inicial sino que incluso fuese vendido con rapidez (hay quien dice que incluso antes de concluirlo aunque no existe unanimidad a tal respecto). Acaso fuera la obra que marcó la ruptura con un pasado denostado por la crítica y poco apreciado por el público en general hasta lograr el reconocimiento en vida convirtiéndose en uno de los pintores más valorados de su época. Su éxito comercial pervive hasta nuestros días hasta el punto de que en 2006 uno de sus cuadros fue vendido por 135 millones de dólares, la cifra más elevada pagada hasta ese momento en una subasta.

La atenta observación del cuadro nos llena de ternura ante la pareja de amantes que se besa entre esa lluvia áurea y esa naturaleza tan exuberante como multicolor pero también de pasmo ante la destreza técnica del artista que es capaz de presentarnos dos figuras humanas sin necesidad de dibujarlas como si más que de pinceles dispusiera de una varita mágica entre los dedos de la mano. Con esta obra se inicia el conocido como «periodo dorado» del artista, tanto por los materiales empleados como por el rédito económico obtenido de su producción.

El beso forma parte de la colección permanente de la Österreichische Galerie Belvedere de Viena (Austria), de la que constituye una de sus grandes atracciones. Como curiosidad, en 2003 Austria emitió una moneda conmemorativa de 100 euros que tenía su grabado por una cara y el retrato de Klimt trabajando en su estudio en la otra.

La serie Mirar un cuadro de Cincuentopía se compone de las siguientes entradas:

Cincuentopía

«Dejadme aprovechar -escribió- el afecto que todavía hay en mí, para contar los aspectos de una vida atribulada y sin reposo, en la que la infelicidad acaso no se debió a los acontecimientos por todos conocidos sino a los secretos pesares que sólo Dios conoce».

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