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La sección Mirar un cuadro de Cincuentopía se enriquece con El grito de Edvard Munch, una de las obras emblemáticas de la pintura de todos los tiempos.

Pocas veces en la historia del arte una obra ha representado con tamaña intensidad una época, un sentimiento colectivo e individual. Ahí lo tenemos delante de nuestros ojos: la desesperación y el horror ante el presente que nos rodea, ante esa cotidianidad cargada de mediocridad y futilidad; pero también el espanto ante lo que nos aguarda, frente al incierto futuro.

Edvard Munch (1863-1944) pintó El grito en reiteradas ocasiones. Acaso la versión más conocida sea la que se halla en la Galería Nacional de Noruega o Nasjonalgalleriet; otras dos versiones se albergan en el Museo Munch o Munchmuseet de Oslo y existe una cuarta en manos de un coleccionista privado de identidad desconocida que en 2012 adquirió el cuadro en pública subasta a la familia Olsen quien ostentaba su propiedad desde hacía siete décadas por la cifra record de 120 millones de dólares. Además, el artista realizó al menos dos litografías de la obra.

No obstante en todos los casos existen algunos puntos de coincidencia: el de representar una figura ligeramente andrógina enmarcada en el paisaje que corresponde a la ciudad de Oslo vista desde la colina de Ekeberg, el de emplear una paleta cromática a base de colores cálidos de fondo y una luz semioscura, el de dibujar un sendero vallado del que no conocemos su principio ni su final, el de pergeñar dos individuos cuyos contornos permanecen indefinidos, el de presentar un cielo arremolinado…

¿Qué es lo que movió a Munch a pintar esa figura que aparece gritando en actitud que para algunos es de honda angustia y para otros de no menos marcado pavor? ¿Hasta qué punto fueron determinantes esos supuestos problemas psíquicos del autor derivados de una infancia desdichada y una educación sumamente rígida?

Esto es lo que el propio artista escribió al respecto: «Una tarde estaba paseando por un sendero con dos amigos. A un lado se extendía la ciudad, bajo mis pies el fiordo. Me sentí cansado y enfermo. El sol se estaba poniendo y las nubes se tiñeron de un rojo parecido al de la sangre. Sentí que un chillido se abría paso entre la naturaleza. Experimenté la sensación de que estaba oyendo el grito. Pinté este cuadro, pinté las nubes como sangre real. Los colores chillaban».

Al observar las numerosas líneas onduladas que ejercen presión sobre la figura principal comprobamos hasta qué punto Munch concentró esa variedad de sentimientos. En efecto, los colores nos chillan, nos gritan, tal vez nos advierten sobre lo que está por llegar. Pocas veces, quizá con la excepción de Vincent van Gogh, se ha visto tal capacidad de concentración de impresiones y sensaciones en un cuadro de pequeñas dimensiones (ninguna de las versiones supera el metro de longitud).

El artista trabajó con intensidad en las diferentes versiones de El grito a lo largo de la última década del siglo XIX. De hecho, el cuadro fue presentado en 1893 bajo la denominación La desesperación, logrando una buena acogida por parte de crítica. No obstante, junto a la valoración positiva de la obra se destacaba su carácter desasosegador y se advertía del riesgo de su contemplación para determinados espíritus débiles o poco formados. La reacción del público fue variada: hubo a quien encantó pero tal vez fueron mayoría los que mostraron reticencias o simplemente rechazo ante la obra.

El grito tiene una historia particularmente accidentada. En 1994 una banda de ladrones robó la versión de la Galería Nacional de Noruega (tardaron menos de un minuto en hacerlo) y solicitó un rescate a las autoridades del país; el cuadro pudo recuperarse tres meses después. En 2004 se produjo un nuevo robo, en esta ocasión de una de las versiones alojada en el Museo Much; el cuadro se recuperó dos años después con muy graves desperfectos.

La obra de Much se ha convertido hoy en día en un icono, acaso uno de los más reconocidos a escala internacional. Es habitual verlo representado en toda clase de soportes: tazas, camisetas, imanes, colchonetas, llaveros, muñecas hinchables… No está mal para una obra que fue acogida con tantas reticencias por parte del público.

La serie Mirar un cuadro de Cincuentopía está compuesta por las siguientes entradas:

Cincuentopía

«Dejadme aprovechar -escribió- el afecto que todavía hay en mí, para contar los aspectos de una vida atribulada y sin reposo, en la que la infelicidad acaso no se debió a los acontecimientos por todos conocidos sino a los secretos pesares que sólo Dios conoce».