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Tal vez Max Beckmann no sea un pintor con la fama de algunos de los grandes maestros que han pasado hasta la fecha por la sección Mirar un cuadro de Cincuentopía pero su obra Hombre cayendo al vacío resulta lo suficientemente impactante para merecer un análisis.

Max Beckmann (1984-1950) no sólo es uno de los grandes pintores alemanes del siglo XX sino que se trata de un artista cuya influencia sobre las generaciones venideras crece con el transcurso del tiempo y traspasa barreras geográficas y propuestas conceptuales.

A lo largo de su nada fácil vida se mantuvo al margen de movimientos artísticos. Su obra es un magnífico ejemplo de una voluntaria indiferencia hacia realidades tan en boga en aquellos años como el cubismo, la nueva objetividad, el surrealismo o la abstracción. Para él, la práctica de la pintura se sintetizaba en una confrontación con el color, en la lucha por dominarlo.

En su autobiografía se definía como un hombre no muy simpático, que «tiene la mala suerte de que la naturaleza le haya dotado del talento de pintor, no del de hombre de banca», laborioso, que sentía pasión por Mozart, que usualmente dormía bien y que se resentía «de una invencible preferencia por esa deficiente invención que es «la vida». La nueva teoría de que la atmósfera terrestre está recubierta de una gigantesca envoltura de nitrógeno helado le pone melancólico».

Apenas se supo nada sobre Hombre cayendo al vacío en vida del autor, de hecho se trata de uno de sus últimos trabajos. Fue su viuda quien, un año después del fallecimiento del pintor, proporcionó algunas de las claves que facilitan su interpretación: el cuadro representa la condena del ser humano, moldeado por toda clase de tragedias acaecidas a lo largo de esa primera mitad del siglo XX, a no vivir con armonía en el planeta Tierra sino a ser arrojado del mismo, a precipitarse a un abismo que es al mismo tiempo material y moral.

A primera vista, la obra incorpora un planteamiento simplificador en cuanto a su configuración se refiere: el cuerpo musculoso de un individuo apenas vestido con un andrajo que se precipita de cabeza hacia el abismo, el semblante oculto al espectador por lo que no podemos adivinar si en él se advierte horror, resignación o complacencia; y en torno a esa figura central se alzan con una indiferencia que tiene mucho de sobrecogedora el resto de elementos mezcla de naturaleza urbana y seráfica.

Desde luego el óleo sobre lienzo sintetiza bien el devenir vital del autor: la desastrosa experiencia durante la Primera Guerra Mundial, la desconsideración hasta caer en la animadversión que le mostró el régimen nazi quien lo encuadró entre los denominados «artistas degenerados», la huida de su país (donde ya jamás regresó) en un primer momento a Holanda donde pasa la Segunda Guerra Mundial y con posterioridad a Estados Unidos. Muerte, horror, vacío por doquier…

Beckmann no colorea sino que pinta con colores y nos muestra un lenguaje iconográfico de una excepcional riqueza y una más que notable singularidad. El cuadro es una excelente muestra de la capacidad para combinar su acreditado virtuosismo técnico, la liberación del dibujo, el uso metonímico del cloisonné…

En una época en que un movimiento como el expresionismo abstracto norteamericano comenzaba a apoderarse del escenario artístico internacional, Max Beckmann apuesta por esta portentosa muestra de arte figurativo, en apariencia ajeno a modas y tendencias, centrado en su universo creativo y siempre presto a ofrecernos un pedazo de su talento. Quizá por todo ello el cuadro continúa impresionándonos como el primer día cuando han pasado ya más de siete décadas desde el instante en que fue creado. Al fin y al cabo, de eso trata el arte.

Hombre cayendo al vacío es propiedad de la National Gallery of Art de Washington, si bien el cuadro ha sido expuesto en diferentes museos y salas de otros países. Por ejemplo, la obra formó parte de la primera exposición dedicada a Max Beckmann en España organizada por la Fundación Juan March de Madrid en 1997.

Hasta el momento la serie Mirar un cuadro de Cincuentopía está compuesta por las siguientes entradas:

Cincuentopía

«Dejadme aprovechar -escribió- el afecto que todavía hay en mí, para contar los aspectos de una vida atribulada y sin reposo, en la que la infelicidad acaso no se debió a los acontecimientos por todos conocidos sino a los secretos pesares que sólo Dios conoce».