La batalla de Trafalgar del pintor británico Joseph Turner se incorpora a la serie Mirar un cuadro de Cincuentopía, que analiza algunas de las obras más relevantes de la historia de la pintura universal.

La batalla de Trafalgar sirve, como punto de partida, para desmentir un tópico en ocasiones atribuido a Turner: que se trata de un notable acuarelista y de un correcto pintor de óleos, sin más. Nada más lejos de la realidad, como lo prueba esta obra (óleo sobre lienzo de más que notable tamaño, nos referimos a más de tres metros y medio de ancho y por encima de los dos y medio de alto).

Dada su notable precocidad (con quince años ya estudiaba en la Royal Academy of Art y con apenas 23 era un reputado académico) cuando Joseph Turner (1775-1851) pinta la obra en 1822 se encuentra en la cima de su reconocimiento artístico, encumbrado como una figura señera de la pintura británica (es cierto, tan aclamado y valorado por algunos como denostado y menospreciado por otros) que hacía cuanto le venía en gana en aspectos como experimentación con el color y con la forma (todavía no había entrado en esa espiral dramática que concluyó con su acendrada misantropía).

El cuadro es un encargo realizado por el rey Jorge IV para que formara parte del Painted Hall de Greenwich. Desde luego si la aspiración del monarca era conseguir un testimonio histórico de aquel momento (una de las batallas que terminó por consolidar el dominio naval británico durante todo el siglo y una parte significativa de la siguiente centuria) fracasó por completo dado que el artista optó por potenciar el enfoque simbólico (no en vano en 1806 ya había pintado un lienzo de naturaleza similar).

Qué fuerza estremecedora al contemplar en su conjunto el prodigioso cuadro: cada uno de sus rincones parece contener un subespacio que combina lo trágico con lo épico, muy en la línea del romanticismo de la época. No nos importa que las últimas letras del celebérrimo mensaje que Horatio Nelson envió a sus naves figure en el palo mayor cuando en realidad debería hacerlo en el de mesana ni que algunos de los barcos que figuran como ya hundidos en la vida real aguantaran con bastante mayor capacidad los embates de la contienda.

Pocas veces a lo largo de la historia de la pintura universal alcanzamos a vislumbrar esa singular capacidad para combinar la luz con los elementos atmosféricos, para integrar al ser humano en el espacio natural, para reflejar el miedo y la ira y la abnegación al unísono, para aunar la sutileza en la selección de la paleta cromática con la rotundidad en el trazo del artista. Algo solamente al alcance de los más grandes maestros.

Mirando con atención La batalla de Trafalgar nos damos cuenta de la razón que tienen quienes ligan a Turner con esa corriente de los pintores de la luz, como Vermeer o como Sorolla, entre otros. Porque únicamente desde ese excepcional dominio de la luminosidad es posible otorgar a la obra esa trascendencia epistemológica que supera barreras ideológicas o geográficas.

El cuadro se alberga hoy en día en el National Maritime Museum de Londres.

Forman parte de la serie Mirar un cuadro las siguientes entradas publicadas en Cincuentopía:

Cincuentopía

«Dejadme aprovechar -escribió- el afecto que todavía hay en mí, para contar los aspectos de una vida atribulada y sin reposo, en la que la infelicidad acaso no se debió a los acontecimientos por todos conocidos sino a los secretos pesares que sólo Dios conoce».