La Lamentación de Anton Van Dyck se incorpora al conjunto de obras maestras que conforman la serie Mirar un cuadro propuesta por Cincuentopía a lo largo de estos últimos meses.

La pintura no sólo es un excepcional trabajo de un excepcional artista; constituye también la mejor muestra de cómo el arte nos puede maravillar y al mismo tiempo causar la más inmensa emoción hasta llegar a la congoja e incluso, a poco sensible que resulte el espectador, al ligero e incontenible humedecimiento de ojos.

¡Qué completa desolación, qué profundísima zozobra, qué honda tristeza sin consuelo posible nos produce la detenida contemplación de La Lamentación!

El lienzo nos presenta a Jesucristo, dispuesto sobre la mortaja que en breve cubrirá su cuerpo, rodeado por la Virgen María, María Magdalena y San Juan Evangelista. Con certeza pocas veces en la historia de la pintura se ha alcanzado tal nivel de equilibrada perfección entre las figuras cinceladas con trazo tan sutil como firme por Van Dyck y sus muy expresivos rostros.

Imposible no sobrecogerse ante la languidez del cuerpo desprovisto de vida de Cristo, ante el tembloroso gesto implorante de su madre mientras sujeta la exánime cabeza, ante la formidable aflicción de María Magadalena, ante la honda pesadumbre contenida de su discípulo Juan.

Siempre es triste esa inevitable indiferencia que aguarda a los cuadros generados por los grandes maestros en una pinacoteca de las dimensiones del Museo del Prado, lugar donde se encuentra la obra de Van Dyck procedente del Monasterio del Escorial, donde está documentada desde 1657.

Pero tal vez en esta ocasión resulte todavía más lacerante el escaso interés que la obra despierta en el tráfago habitual del museo, semiescondida en una sala como es la 16B no siempre fácil de localizar ni siquiera con la ayuda del pertinente plano.

Pero de vez en cuando surge el pequeño prodigio: un visitante se para, la mira con detenimiento, en su rostro se atisba algo parecido al asombro o acaso a la tribulación, cambia ligeramente de posición para verla con mayor precisión eludiendo los siempre molestos brillos, incluso hace un breve comentario a un compañero que en ese momento le alcanza en ese fatigoso recorrido por tal cantidad de salas y pasillos.

Resulta asombroso pero cuando Van Dyck (1599-1641) pintó el cuadro, al que dedicó alrededor de cuatro años, apenas había entrado en la veintena. ¡Qué dominio magistral del color, de las formas, de la composición, de la luz! ¡Qué manera tan prodigiosa de tratar los ropajes, de mostrar la corona de espinas, de presentar al observador los clavos casi recién extraídos de la carne del torturado! A eso se la llama virtuosismo, no hay otra posible palabra para describirlo.

No es de extrañar que el pintor flamenco abandonara pronto el taller de su maestro, el también excepcional Pedro Pablo Rubens (a quien durante algún tiempo se le atribuyó esta obra), para legar a la Humanidad un puñado de excepcionales trabajos pese a fallecer cuando apenas contaba con cuarenta y dos años y muy posiblemente lo mejor estaba todavía por salir de su mente y de sus pinceles.

Nuestros ojos se resisten a dejar de mirar el cuadro, nuestras piernas se niegan a abandonar la estancia que acoge esta obra admirable de la pintura universal. La dejamos ya en la casi penumbra que nos anuncia la conclusión de una nueva jornada y el inicio de la larga noche donde podrá descansar junto al resto de sus compañeros de ubicación.

Hasta el momento la serie Mirar un cuadro de Cincuentopía se compone de las siguientes entradas:

Cincuentopía

«Dejadme aprovechar -escribió- el afecto que todavía hay en mí, para contar los aspectos de una vida atribulada y sin reposo, en la que la infelicidad acaso no se debió a los acontecimientos por todos conocidos sino a los secretos pesares que sólo Dios conoce».