John Singer Sargent se incorpora a la nómina de pintores analizados en la serie Mirar un cuadro de Cincuentopía. Lady Agnew of Lochnaw es el título de la notable obra firmada por el artista estadounidense.

No descubrimos gran cosa al afirmar que Sargent (1856-1925) es un extraordinario pintor, con una habilidad técnica tan impresionante que en ocasiones le fue reprochada por una parte muy relevante de la crítica (curioso pero es así, peajes de la época que siempre es preciso pagar) pero en la faceta del retrato en general y del femenino en particular alcanza unos niveles de excelencia difícilmente igualables a lo largo de toda la historia de la pintura. Imposibles de olvidar los titulados Madame X (realizado a Virginia Gautreau), que ocasionó su huida de París ante el escándalo suscitado, o el dedicado a Isabella Stewart Gardner, fundadora del museo de Boston que lleva su nombre, entre otros muchos.

Y entre esos otros muchos se encuentra el retrato de Lady Agnew of Lochnaw, un sobresaliente compendio de todo el virtuosismo del artista, de su perspicacia a la hora de captar la personalidad del retratado, de su capacidad para recrear las atmósferas más sugerentes, de su sensibilidad para dotar a sus obras de una poderosa carnalidad.

Es imposible no quedarse boquiabierto ante la contemplación del cuadro: la joven Gertrude Vernon, Lady Agnew of Lochnaw, parece taladrarnos con su mirada entre melancólica, solemne y pícara que establece una casi ineluctable complicidad con el visitante, su figura en una postura desenfadada rodeada por vistosos objetos que no eclipsan su persona sino que resaltan sus cualidades físicas e incluso morales.

Resulta magistral la propuesta creativa de Sargent: la pincelada rápida y ligeramente empastada con ciertas reminiscencias de Velázquez, las sutiles tonalidades en rosas y turquesas, el subyugante juego de las sombras que es reforzado con los tonos malvas, el empleo vaporoso de los blancos que nos recuerda la ubérrima tradición retratística de la escuela inglesa con autores como Joshua Reynolds o Thomas Gainsborough al frente, la utilización de las casi invisibles líneas como elementos de índole semántica a la manera del gran Anton van Dyck.

¿Qué es lo más fascinante de la pintura? ¿La figura de la retratada envuelta en el lujoso vestido con una flor entre los dedos de su mano derecha, las fastuosas telas que cubren la habitación donde se encuentra en ese momento, la dorada pulsera con la que parece acariciar la tapicería del sillón rococó donde se sienta, el camafeo que da la sensación de refulgir a través del lienzo invitándonos a acariciarlo?

Es curiosa la historia del cuadro. Fue encargado a finales de 1891 por lord Andrew Noel Agnew, unos cuantos años mayor que su esposa Gertrude con quien contrajo matrimonio en 1889, muy posiblemente para celebrar la obtención de su título de barón. La obra pudo contemplarse por vez primera en la Royal Academy de Londres durante la primavera de 1893 y desde luego no pasó desapercibida.

Lo que son las cosas, décadas después Gertude Vernon hubo de vender el cuadro como consecuencia de una apurada situación económica. Fue adquirido por la National Gallery of Scotland, pinacoteca que lo exhibe en la actualidad.

Como antes se anticipaba la crítica no fue nada amable con John Singer Sargent. En un momento histórico en que predominaban el impresionismo, las distintas vanguardias y el cubismo su producción pictórica fue calificada como anacrónica, en exceso pendiente de la búsqueda de la belleza, demasiado preciosista y perfecta. Acaso esa clase de comentarios califiquen más a quienes los formulan que al sujeto receptor de los mismos.

Se dice que el tiempo pone a cada cual en su lugar (una afirmación no exenta de considerables dosis de optimismo) y tras décadas de ostracismo la figura de Singer ha vuelto a ser hondamente apreciada en los circuitos internacionales del arte. A nosotros nos basta con disfrutar de la belleza de sus cuadros, de la formidable demostración de virtuosismo que supone una obra como Lady Agnew of Lochnaw.

Forman parte de la serie Mirar un cuadro las siguientes entradas publicadas en Cincuentopía:

Cincuentopía

«Dejadme aprovechar -escribió- el afecto que todavía hay en mí, para contar los aspectos de una vida atribulada y sin reposo, en la que la infelicidad acaso no se debió a los acontecimientos por todos conocidos sino a los secretos pesares que sólo Dios conoce».