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Una obra clásica como Las tres Gracias de Pedro Pablo Rubens se incorpora a la sección Mirar un cuadro de Cincuentopía, desde la que homenajeamos a los más grandes maestros de la pintura de todos los tiempos.

Aludir a este cuadro es referirnos a Pedro Pablo Rubens (1577-1640), una personalidad que forma parte de ese privilegiado grupo de seres humanos a quien todo parece salirles bien en la vida. Poseedor de una exquisita formación que aunaba los conceptos artísticos y jurídicos con los humanistas y los idiomas (es capaz de escribir con corrección el flamenco, el latín, el francés o el italiano), a lo largo de su vida viajó por numerosos países y ejerció la diplomacia al más alto nivel, logrando un notable reconocimiento económico y social.

Y por si todo ello no fuera suficiente, desde sus comienzos logró la admiración de la crítica y del público en su faceta artística. Es decir, no sólo fue un gran pintor (además de realizar numerosos diseños para estampas, tapices, arquitectura, esculturas y objetos decorativos) sino que además fue estimado como tal, algo nada fácil en aquella época (que se lo digan a su formidable coetáneo Rembrandt), y dispuso de un taller propio a gran escala que surtía de cuadros a buena parte de los grandes coleccionistas de la época.

Aglae, Eufrosina y Talía, hijas de Jupíter y Eurymone, conocidas también como Las tres Gracias o Las tres Cariátides fueron un motivo de representación bastante habitual en el mundo del arte, no sólo en la literatura sino también en la pintura (por ejemplo, Tiziano ofreció una magnífica versión de ellas y el propio Rubens se recreó con su interpretación en más de una ocasión), convirtiéndose en sinónimos de valores como la belleza, el amor, la fertilidad y la sexualidad pero también de la generosidad y la amistad.

No obstante, más allá de su significación, lo que verdaderamente nos maravilla es el virtuosismo del planteamiento estético del artista en el cuadro que nos ocupa. ¡Qué maravilla de composición, qué portento en el tratamiento del color, qué prodigiosa pincelada, qué sutileza a la hora de dar vida a los rostros y a los cuerpos de quienes aparecen en primer plano, qué admirable la carnalidad que emana todo lo que se nos muestra ante nuestros ojos!

Nuestros sentidos quedan saturados ante tamaña demostración de sabiduría pictórica, imposible decantarse por un elemento o un aspecto en concreto, todo parece reclamar nuestra atención, todo da la impresión de ser artísticamente relevante: los contornos suaves e intensamente iluminados de las féminas que exacerban su carga sensual, las sombras envolventes que dotan al conjunto de una inusitada dulzura, el marco generado por el paisaje mediante penumbras y contraluces, las delicadísimas veladuras, la sensación de movimiento que nos invita a introducirnos en el interior del cuadro…

Son muchas las cosas que desconocemos de Las tres Gracias, ni siquiera sabemos su fecha exacta de realización (se estima que tuvo lugar en torno a la segunda mitad de la década de los treinta del siglo XVII) o los motivos que movieron a Rubens a ejecutarla sobre tabla de madera (quizá el deseo de quedársela él, máxime cuando la diosa de la izquierda corresponde a su segunda esposa, Helena Fourment).

Pero también tenemos unas cuantas certezas en torno a ella: fue adquirida por Felipe IV en 1640, cuando a la muerte del artista se liquidaron sus bienes, a lo largo de los siglos fue colocada en distintas salas de acceso muy restringido por considerarla ofensivo contra la moralidad (al cuadro únicamente tenían acceso los más allegados a la familia real española), a finales del siglo XX fue objeto de una profunda y meticulosa restauración que permitió sacar a la luz buena parte del brillo perdido como consecuencia del paso del tiempo…

Las tres Gracias puede verse y admirarse en el Museo del Prado. La pinacoteca madrileña es la propietaria de esta formidable obra al igual que sucede con una parte apreciable de la producción pictórica de Pedro Pablo Rubens.

Hasta el momento la serie Mirar un cuadro de Cincuentopía se compone de las siguientes entradas:

Cincuentopía

«Dejadme aprovechar -escribió- el afecto que todavía hay en mí, para contar los aspectos de una vida atribulada y sin reposo, en la que la infelicidad acaso no se debió a los acontecimientos por todos conocidos sino a los secretos pesares que sólo Dios conoce».

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