Los descargadores en Arlés de Van Gogh constituye la más reciente incorporación a la serie Mirar un cuadro puesta en marcha por Cincuentopía.

Resulta sumamente difícil indicar lo que más nos impresiona cuando contemplamos Los descargadores de Arlés: la particular iluminación de la obra, su pincelada alargada y de trazo grueso que apuesta por los grandes contrastes cromáticos, la singular hondura compositiva, la acusada emoción vital que parece latir en cada centímetro cuadrado del lienzo…

Vincent van Gogh (1853-1890) llegó a la localidad francesa de Arlés en el invierno de 1888. ¿Qué buscaba el pintor de los Países Bajos, la atmósfera luminosa del Mediodía francés, la visión in situ del río Ródano, una tranquilidad que no encontraba en otros lugares, facilitar un cambio en su técnica?

Tal vez sea imposible saberlo más de ciento treinta años después. Lo cierto es que durante su estancia en la localidad de la Costa Azul el pintor llegó a plasmar ese paisaje hasta en tres cuadros diferentes. Barcas con arena (el primero de todos ellos), Barcas de carbón y, por supuesto, Los descargadores en Arlés.

¡Qué conmovedora es la pintura de van Gogh que recoge una barca cargada de carbón en el Ródano! Impresiona la gama de colores que inunda la obra: los blancos amarillentos y los grises perla del agua, los lilas y naranjas del cielo, los violetas de la ciudad, los azules y blancos de la barca y los obreros.

Y no menos asombrosa es la perspectiva que adopta, de una sutil frontalidad y una composición más cercana al suelo, o el juego de los contraluces que parecen escaparse del lienzo o el profundo uso de la oscuridad como elemento semántico con significado propio.

Los descargadores en Arlés se expuso por vez primera en 1905 con motivo de una retrospectiva dedicada al pintor en el Stedelijk Museum de Amsterdam. En la actualidad la obra forma parte del Museo Thyssen de Madrid.

Hasta el momento forman parte de la serie Mirar un cuadro de Cincuentopía las siguientes entradas:

Cincuentopía

«Dejadme aprovechar -escribió- el afecto que todavía hay en mí, para contar los aspectos de una vida atribulada y sin reposo, en la que la infelicidad acaso no se debió a los acontecimientos por todos conocidos sino a los secretos pesares que sólo Dios conoce».