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Trinidad de Masaccio se incorpora a la serie Mirar un cuadro que Cincuentopía dedica a las grandes pinturas de todos los tiempos.

Aludir a Masaccio (1401-1428), cuyo nombre completo era Tommaso di ser Giovani di Mone Cassai, es referirnos a la precocidad del virtuosismo en estado extremo. Su figura continúa siendo una gran incógnita casi seis siglos después de su fallecimiento: se sabe que apenas con veinte años ya estaba inscrito en el gremio de pintores de Florencia aunque no se conoce en qué taller se formó; y también hay incógnitas sobre las verdaderas causas de su precoz desaparición (hay quien ha apuntado al envenenamiento).

Pese a la brevedad de su trayectoria Masaccio tuvo una enorme influencia en los ulteriores pintores enmarcados en el Renacimiento ya que, entre otras cosas, fue pionero en aplicar las reglas de la perspectiva científica. Acaso un fresco como Trinidad constituya la mejor síntesis de tal consideración. De qué manera el artista emplea la perspectiva para organizar y jerarquizar el cuadro, anticipándose en siglos a la manera que luego pintarían otros.

Las obra Trinidad lo tiene todo: su ya de por sí enorme valor intrínseco en el plano pictórico; el hecho de constituir, con casi completa certeza, la última creación conocida del artista; estar ubicada en el bellísmo templo florentino de Santa María Novella

Y pensar que la obra estuvo oculta a los ojos humanos durante alrededor de 300 años. Sí, porque alguien, cuyo nombre quedó desvanecido en el tiempo, puso delante del fresco un retablo del gran Giorgio Vasari y un altar en piedra y borró intencionadamente todo vestigio de esta maravilla.

No es fácil permanecer impasible ante la demostración técnica de Masaccio: la forma de confrontar lo piadoso con lo laico (no debe olvidarse que al pie de la obra aparecen los patrocinadores de la misma, el matrimonio Lenzi), la manera en que aparece la figura de Cristo dentro del entorno arquitectónico, la gama cromática y el contraste entre estatismo y vaporosidad… El silencio que habitualmente reina en torno a la pintura no hace sino acrecentar tales sentimientos.

Nos parece portentoso el nivel de detalle al representar los diferentes elementos arquitectónicos: las pilastras acanaladas de orden corintio, la bóveda de cañón decorada con casetones, los ladrillos de los capiteles y los mármoles de las columnas…; y no menos pasmosa es la precisión en el dibujo de cada una de las figuras que aparecen donde no sobra ni un solo detalle.

Su contemplación nos deja la incógnita de lo que hubiera podido dar de sí Masaccio si la muerte no hubiera truncado su devenir; y tal consideración se refuerza al recordar algunos de sus escasos cuadros, de tan acusada genialidad: desde su primera obra documentada, el Tríptico de San Juvenal, que supera el gótico y abre paso a una concepción pictórica más moderna basada en la masa y el volumen de las figuras y en una fuente de luz principal, hasta sus portentosos frescos para la capilla Brancacci con el célebre La expulsión del Paraíso Terrenal de Adán y Eva.

Las entradas que conforman la serie Mirar un cuadro de Cincuentopía son las siguientes:

Cincuentopía

«Dejadme aprovechar -escribió- el afecto que todavía hay en mí, para contar los aspectos de una vida atribulada y sin reposo, en la que la infelicidad acaso no se debió a los acontecimientos por todos conocidos sino a los secretos pesares que sólo Dios conoce».