Vieja friendo huevos de Diego de Velázquez se incorpora a la sección de Mirar un cuadro puesta en marcha por Cincuentopía.

¿Qué es lo que más nos impresiona cuando nos ponemos delante de este lienzo? ¿Que cada objeto tenga distintas texturas y matices, la interrelación entre las dos figuras humanas, la distorsión de la perspectiva puesta al servicio de una mejor comprensión de la obra? ¿O acaso lo más increíble de todo es que Diego de Velázquez lo pintara cuanto tenía diecinueve años?

Se mire por donde se mire nos encontramos ante un cuadro prodigioso. Es cierto que lo de Vieja friendo huevos daría lugar para el debate porque los huevos prodigiosos reflejados en la obra lo mismo pudieran estar fritos que escalfados o incluso cocidos.

¡Qué manera de gestionar el fondo con penumbra (la influencia de Caravaggio resulta evidente)! ¡Qué forma de cincelar todos y cada uno de los elementos que conforman la obra, individualizándolos y al tiempo integrándolos entre sí! ¡Qué modo tan sutil de transmitirnos la psicología de quienes quedan reflejados en el lienzo! Y ¡qué suerte la nuestra de poder ver el cuadro de uno de los más grandes genios de la pintura de todos los tiempos y de todos los países!

Desde el punto de vista técnico todo es espectacular en el cuadro: el uso de los tonos ocres y pardos que contrasta con el blanco, reafirmando ese contraste la utilización de tonalidades negras; la minuciosidad de la pincelada, a base de pequeños toques que apenas son apreciables; o la capacidad de combinar tenebrismo con quietud compositiva.

Con Vieja friendo huevos Diego de Velázquez eleva un género aparentemente menor e infravalorado, el del bodegón, a las más altas cotas de virtuosismo y deja constancia por enésima ocasión de su portentoso talento.

En la actualidad podemos ver la obra en la National Gallery de Escocia, ubicada en Edimburgo, donde llegó tras un proceso tan pintoresco como azaroso.

Forman parte de la serie Mirar un cuadro las siguientes entradas:

Cincuentopía

«Dejadme aprovechar -escribió- el afecto que todavía hay en mí, para contar los aspectos de una vida atribulada y sin reposo, en la que la infelicidad acaso no se debió a los acontecimientos por todos conocidos sino a los secretos pesares que sólo Dios conoce».

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