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Con Órdenes sagradas de Benjamin Black, el autor da la enésima vuelta de tuerca a su complejísimo personaje Quirke, forense de profesión y detective policial quién sabe si por vocación, convicción, imperativo moral o muy persistente casualidad.

Es público y notorio (mas conviene subrayarlo como punto de partida) que Benjamin Black es el alter ego que el conocido autor John Banville (1945) emplea cuando escribe libros encuadrados en el género de la novela negra; una práctica no tan infrecuente como pudiera pensarse (ahí están los numerosos ejemplos para ponerlo de manifiesto) y que en nada altera el valor de la obra final.

Sea como Benjamin Black o como John Banville lo cierto es que estamos ante un autor que no sólo escribe bien sino que posee una de las prosas más elegantes y cuidadas ante las que es posible encontrarse en el actual panorama literario. La frase siempre precisa, el calificativo en todo momento a punto, la estructura gramatical equilibrada hasta la perfección, la conformación de personajes poderosos con apenas unas líneas de trazo en apariencia desganado, la recreación de ambientes tan verosímiles en su forma como trágicos en su fondo… forman parte inequívoca del estilo del novelista irlandés.

Aludir a Benjamin Black es, tal y como anticipábamos, referirse a Quirke, la sensacional creación surgida de su fértil pluma hace ya más de una década. En Órdenes sagradas de Benjamin Black nos encontramos ante un protagonista más desorientado que nunca, puede que por cuestiones familiares o acaso porque sea más consciente de su finitud o quizá por alguna otra circunstancia adicional que, al menos por el momento, el autor no explicita aunque el lector previamente conocedor de sus andanzas puede llegar a imaginar.

Órdenes sagradas de Benjamin Black discurre a comienzos de los años sesenta del siglo XX (así lo deja caer de pasada el escritor cuando ya ha transcurrido la mitad de la novela): una época sin personajes que consulten de manera compulsiva sus teléfonos móviles, sin una red de redes erigida en deux ex machina, sin zapatillas deportivas de última moda; pero un mundo en el que caben el crimen y la ambigüedad ética, la maldad inherente al ser humano, la constante sensación de frustración vital de unos y otros, el augurio de que lo peor está siempre por llegar…

La trama que Benjamin Black nos presenta es, en apariencia, bien sencilla: el cadáver de un periodista local (Jimmy Minor, personaje tan insignificante en su devenir en esta vida como en su aspecto físico) aparece bajo las aguas de un canal con múltiples señales de violencia. Su rápida identificación en modo alguno implica la pronta resolución del caso; es más, conforme éste se prolonga la sensación que predomina es la de que acabará en el siempre incómodo cajón de los asuntos por resolver.

Alcohol, Iglesia Católica y lluvia (no necesariamente por este mismo orden) conforman el habitual territorio en el que se desenvuelven las criaturas de Benjamin Black en general y su médico forense en particular. El presente libro no es, desde luego, una excepción a esta regla común ante la que nos hemos encontrado en todas y cada una de las anteriores novelas de esta serie y que, muy posiblemente volvamos a hallar en Las sombras de Quirke, la siguiente entrega que acaba de aparecer en el mercado castellano parlante y que me comprometo a examinar en el más breve lapso de tiempo posible.

Órdenes sagradas de Benjamin Black es una obra interesante, escrita por un autor que da toda la impresión de que no podría escribir mal ni aunque se lo propusiese. Apuntado esto, conviene precisar que no es la mejor manera de acercarse al universo creativo de Benjamin Black y que un lector que no conozca sus libros anteriores puede sentirse un tanto decepcionado o, al menos, considerar que la cosa no es para tanto. Desde luego resulta difícil comprender en toda su intensidad la deriva moral y la escora emocional de Quirke si no se ha asistido a la evolución del personaje a lo largo de estos años.

Al mismo tiempo es posible que ese mismo lector sienta que la tramoya argumental resulta en exceso endeble para un género tan transitado y marcado como el de la novela negra, como si el escritor incurriera en una cierta suerte de impericia difícil de comprender (e incluso imaginar) en alguien de su categoría literaria. En su momento tuve esa misma sensación al leer su opera prima (El secreto de Christine) y posteriormente idéntica situación se ha producido con los restantes libros del ciclo. Con la perspectiva que da el tiempo, mi conclusión es que en realidad a Benjamin Black le preocupa muy poco la verosimilitud en cuanto a técnica de deducción/inducción policial se refiere y que sus intereses como creador van por otros derroteros bien distintos.

En suma, Órdenes sagradas de Benjamin Black es una novela sólida como una capa de asfalto, sinuosa en su configuración y previsible en su desenlace, de buqué algo complejo y quizá no apta para todos los paladares pero siempre recomendable para los amantes de la buena literatura. En cualquier caso vuelvo a recomendar la previa lectura de los anteriores textos de Quirke y compañía, todos ellos publicados en español por la editorial Alfaguara.

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Benjamin Black. Órdenes sagradas. Alfaguara.

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David Parra

Especialista en nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones aplicadas al ámbito del periodismo. Ha publicado alrededor de diez libros y más de treinta artículos en revistas científicas. Le gusta leer.